Así como Sigfrido, en la ópera homónima de Richard Wagner, conoce el miedo no al enfrentarse al dragón Fafner sino a partir de los pechos de Brunilda, cuando le quita la armadura pensando que se encontrará con un amigo, del mismo modo el miedo, y su proceso de mengua a partir de la rabia o de la sexualidad pura y abierta, se abre paso ante la contemplación de una mujer que le responde como si fuera su madre, pero que simultáneamente es el primer paso hacia el conocimiento carnal. Incluso va más allá: se trata de un sucedáneo materno, una walkiria haciendo las veces de madre de Sigfrido y llegando a decirle: “Tierno hijo, tu madre no volverá más, pero si para dicha mía me amas, yo seré esa madre para ti”.
Andrés de Luna, como Sigfrido, en realidad lo único que está buscando es un amigo, un cómplice, porque al igual que su padre Wotan, quien reconoce que su soledad deriva de haber matado a todos aquellos a quienes amaba o haber perdido la confianza de quienes amó, Andrés y el wolsungo quieren dejar de estar solos, de la misma manera en que los personajes del primero en su más reciente libro El bibliotecario de la isla se van desdoblando desde esa idea de la “pére-version”, mencionada por Julia Kristeva, y que suena igual, en francés, a la palabra “perversión”.
Dicha pére-versión o paterversion se vuelve gradualmente matriversión, un desdibujarse continuo, “impropio” si se quiere, en el sentido también de “sucio”, como lo consigna la lengua francesa, con doble acepción de “suciedad” e “impropiedad”. El más lejano ancestro en la novela de Andrés funciona como un Wotan confrontado con su esposa Fricka. De hecho, el conflicto que se desata a partir de que se enamoran los hermanos Sigmund y Seglinde, Wagner lo lleva, en su Valquiria, a un terreno más profundo. Heilund, el esposo original de Seglinde, se queja con Fricka, pues ella es la diosa del matrimonio y debe defender esa unión, vengándose en Sigmund.
Fricka le reclama a su timorato y blandengue marido Wotan por qué permite que dos hermanos tengan sexo a costa de la destrucción de un matrimonio. Este punto es tan escalofriante que basta recordar el solo de tenor, uno de los más complicados en términos de técnica vocal, que aparece cuando Sigmund le grita tres veces “¡Wälse!” a su padre, para que le ayude a matar al esposo de Sieglund y quedarse con ella.
El sostenido es impresionante y con él Wagner intenta reproducir la fuerza sexual salvaje que encarna Wotan. La etimología misma de Wälse conjuga los términos “lobo” y “bosque profundo”, como la fuerza que anima a los personajes de Andrés, desde el obsesionado por el sudor femenino, una excrecencia que por lo general siempre se trata de ocultar mediante polvos o aerosoles, hasta el zooerasta que folla con una mujer caimán. En este punto vuelve otra vez el mito, pero mexica. El paralelismo, sin embargo, se mantiene, pues en Sigfrido, la pieza complementaria de La valquiria, al menos en lo que corresponde a los procesos de perversión y salvajismo sexual que van tejiendo la tetralogía o canon de Bayreuth es justamente “Siegfred” y el “Götterdämmerung”, donde asistimos ya al cataclismo divino a raíz del arrepentimiento del propio Wotan, con lo que se despoja a las fuerzas primigenias, como el sexo, a una extinción definitiva.
También con la madre tierra, Erda, tuvo descendencia Wotan: precisamente de ahí nacieron las nueve valquirias, una de las cuales, Brunilda, es expulsada del Walhalla por su padre debido a su moralidad, pues fue ella quien salvó a Sieglund embarazada de su propio hermano Sigmund, lo que hizo rabiar a Fricka y dio origen al conflicto entre las leyes del hogar, del matrimonio, de la vida estable, y esas otras llamadas impulsos, emociones, que la propia Kristeva entiende como “lo abyecto”, ese “objeto caído, que es radicalmente un excluido, y que me atrae hacia allí donde el sentido se desploma”.
El caimán en Andrés, además de representar a Cipactli y todos los beneficios y oscuridades de la tierra, repentinamente reencarnados en un apareamiento con tintes universalmente incestuosos, aparece cuando viene la duda y la desesperación propios de un sueño, donde no hay modo de asirse ni a un tiempo ni a un espacio. Erda le reclama a Wotan, quien está furioso con la valquiria Brunilda por haber salvado a Sieglund, madre de Sigfrido, y le dice: “¿Pues no fuiste tú quien la enseñó a ser brava y combativa y a seguir sus impulsos; por qué entonces ahora la exilias?”
Así, esa “paterversión” en El bibliotecario de la isla, inicia en 1867 y termina, aparentemente, en 2008, con Edmundo, que paradójicamente tiene un nombre nórdico, con fuertes resonancias a los personajes de Wagner. Pero no solo eso: Wotan ha perdido un ojo debido a que ese fue el tributo por tener conocimiento del pasado, el presente y el futuro, es decir, el mismo conocimiento que nos brinda una biblioteca, que de manera concéntrica nos va dando más emblemas. Por ejemplo, el hecho de estar en una isla, que puede ser la isla del Purgatorio, donde hay un árbol en que se purga la lujuria, nacido a su vez de una semilla del árbol del Edén. Al menos eso es lo que le comenta uno de los condenados a Estacio, Virgilio y al propio Dante, quienes caminan juntos rumbo al Paraíso. Estacio, es decir, el poeta que vivió bajo el atroz emperador Domiciano, y ese otro desastre de quienes purgan el delito de la lujuria no en el infierno con fuertes vientos y girando en círculos, sino en el Purgatorio, de donde sólo podrán salir si alguien, en el mundo de los vivos, reza por ellos.
La idea que tenemos de las islas es esa: están rodeadas por algo que no pueden controlar, en este caso el deseo, como se confirma con las bacanales que allí se organizan, en la novela de De Luna. Dice un estudio reciente de la revista Vice que una de las imágenes que más excitan a una mujer es ver a un hombre leyendo un libro, lo que confirma que el libro, por lo general, y más quienes los administran en un solo espacio, como los bibliotecarios, es ese “galeote”. Así lo llamó también Dante, al referirse a la historia de Francesca y Paolo, quienes se besuquearon, y algo más, cuando leían juntos la historia de Ginebra y Lancelot.
Dante no profundiza, pero el adulterio es aquí insondable y espejeante, como lo dice Borges, al bautizar a los mismos Paolo y Francesca como “todos los amantes que han sido desde aquel Adán y Eva en el pasto del Paraíso”. Y al igual que los amantes reconociéndose en el otro a través de un libro, El bibliotecario de la isla admite un sinnúmero de acomodos: puede contarse linealmente la vida de cada personaje, o se pueden alternar bloques temporales entre 1913 y 2008. Como se trata de fragmentos, diríamos también que es una suerte de archipiélago, una palabra en archipiélago, como apuntaba Michaux, pero es también la historia de una paterversión que empieza en el siglo XIX y termina en el XXI.
Hacia la parte final del Sigfrido, Brunilda titubea al darse cuenta de que el muchacho es literalmente su hijo y trata de dormir otra vez, para no enfrentarse a la realidad, para huir de la posibilidad de la endogamia salvaje y wotánica, pero su lengua y sus deseos la traicionan: “¿No me ves? ¿No te ciega mi ardiente mirada? ¿No te quema mi abrazo? ¿No temes, Sigfrido, a la mujer furiosa y salvaje?” Lo que empezó con tres sirenas perseguidas por Alberich, un ser espantoso, incapaz de ser amado por nadie, termina con tres nornias, que van tejiendo el destino del hombre, pasando por las valquirias, cuya excrecencia central, como dije, es el sudor, pues nunca dejan de recoger héroes del campo de batalla que todos los días se forma en todas partes del mundo, un mundo lleno de la viscosidad de las sirenas y del sudor de las valquirias. Los dioses, ya en su ocaso, o Götterdämmerung, serán víctimas del proceso inverso: una mujer, Gudrún, querrá conquistar a Sigfrido y todo volverá a empezar.
Esta novela de Andrés de Luna termina funcionando como una extensa ópera con numerosas arias, intercambiables todas ellas y poseedoras en algún momento de esa carga emotiva que Richard Wagner tradujo a través de la sección de metales, cuadrafónicos en varios de sus segmentos, como hizo también Andrés, en cuya pieza narrativa escuchamos provenir, desde distintas fuentes sonoras, esa voz que nos empuja a incurrir en lo impropio o en lo perverso sin pausa, sin cesar, para no permitir que los dioses abandonen el mundo.
AQ / MCB