¿Es la visión un rasgo de carácter? ¿Una manera de concebir el mundo, incluso cuando esa visión está distorsionada? En El brillo intermitente (Sauvage Atelier, 2025), Ana Reza nos cuenta la historia de Ana, una joven escritora que a los 17 años emprende un periplo largo y agotador que la lleva de Guanajuato a la Ciudad de México en varias ocasiones. Está tramitando una cirugía debido a una catarata con forma de diamante en el centro de su pupila. Lo que debía ser un procedimiento rutinario se convierte en el punto de quiebre de su vida: el lente intraocular implantado no le restituye la visión, sino que la transforma de manera permanente e irreversible. La joven debe aprender a vivir con su discapacidad. Las letras se convierten en insectos, las distancias se vuelven incalculables, el mundo al lado derecho de su nariz es desde entonces una bruma indiferenciada.
Ana queda con la visión distorsionada y débil, lo que le cambia la vida y todos sus planes, pues siempre soñó con dedicarse a las letras. Pese a los obstáculos, decide estudiar literatura, decisión que genera repercusiones en su familia: Santiago, su hermano, brillante y silencioso, debe renunciar a una oportunidad de estudiar en el extranjero para que sus padres puedan costear una operación más de su hermana.
Ana se muda a la Ciudad de México y debe forzar sus ojos a leer durante horas en la madrugada para mantener el ritmo de sus compañeros de universidad, a corregir textos ajenos con una vista que apenas le alcanza, a calcular cuántos pares de lentes de contacto puede costear antes de la próxima consulta que lleva tres años postergando. La discapacidad se convierte en una realidad económica, temporal y corporal que se mide en páginas leídas por hora, en pesos gastados, en galletas quemadas mientras trabaja frente a la computadora.
Su madre, que la inició en el amor por las palabras y luego le sugirió dedicarse a la repostería, la mira desde la operación con unos ojos de culpa que Ana no soporta y no puede ignorar. Ana comienza entonces a explorar otros caminos: se le aparece la danza, y empieza a practicarla con un grupo de jóvenes que padecen lo mismo que ella. Ahí conoce a Laura, una mujer ciega con quien camina todas las tardes al salir de clase, describiéndole el trayecto hacia el metro. Laura le devuelve una pregunta inesperada: ¿quién guía a quién cuando la propia visión es deficiente?
La novela se construye en fragmentos, como la percepción de su narradora, alternando escenas autobiográficas con digresiones sobre pintores impresionistas —cuya obra fue moldeada por sus propias condiciones visuales— y con reflexiones sobre el oculocentrismo de la cultura occidental. Al final, escribir este libro se revela como el único acto que permite a Ana ver con claridad lo que sus ojos no alcanzan: los mecanismos de su propia mirada.
AQ / MCB