Contra el doblaje

Los paisajes invisibles

El doblaje en las películas impone voces ajenas y modifica el tono original. ¿Qué se pierde con esas transformaciones?

La serie ‘Don Gato y su pandilla’ cobró popularidad en México gracias a su doblaje. (IMDb)
Iván Ríos Gascón
Ciudad de México /

Detesto las películas dobladas al español. En el cine prefiero las proyecciones en su idioma original: la banda sonora intacta (los scores o música de fondo, el ruido ambiente de la escena, los efectos auditivos) y el performance vocal de los actores. La entonación, el acento, las pausas o susurros que, regularmente, el doblaje no alcanza a replicar con exactitud.

No sobra incluir en dichas ventajas que si se tiene cierto conocimiento del idioma nativo del filme el oído se entrena en comprensión, y es fácil detectar las incongruencias en que suelen incurrir los traductores, lo que a veces altera el auténtico sentido del diálogo y la esencia de los personajes.

​El idioma y el sonido original preservan la intensidad del relato. Un ejemplo elemental es El exorcista. La experiencia de quienes vieron la obra de William Friedkin en una sala oscura y versión subtitulada, es radicalmente distinta a la de los que la miraron en la pantalla de un televisor o la escucharon en voces distintas a las de Ellen Burstyn, Jason Miller, Linda Blair y Max von Sydow, principalmente la estupenda, terrorífica caracterización de Mercedes McCambridge, quien dio lengua al demonio en el cuerpo de la niña Reagan. La de McCambridge era una voz agrietada por años de alcoholismo, que ella resquebrajó aún más con la ingesta de huevos crudos e incontables fumarolas de cigarro a la hora de grabar sus parlamentos.

Lo mismo sucede con otras cintas del género a las que el doblaje reduce calorías espeluznantes porque la fidelidad al tono y el estilo, sumado a la sincronía, la mezcla y la caracterización echan por tierra todo el empeño de los productores. Y si añadimos que al adaptar el diálogo es necesario recurrir a localismos, el resultado es deplorable. El paradigma ibérico es extremo. Si en un libro aborrecemos las traducciones plagadas de “hostias”, “chungos” o “gilipollas”, la deformación se triplica en una peli al escuchar, digamos, a Keanu Reeves en Matrix exclamando “¡dime de una puñetera vez dónde encontrar a Morpheus!”, con la dicción de un hincha renegado del Atleti de Madrid. (Por cierto, en Madrid los cines Verdi son de los pocos que proyectan subtituladas y gozan de buena clientela).

La calidad del doblaje mexicano es innegable. Muchas voces se hicieron legendarias en series televisivas. Figuras como Jorge Arviziu El Tata, que caracterizó a seres entrañables como Cucho y Benito de Don Gato y su pandilla, Pedro de Los Picapiedra, Scooby Doo o el Tío Lucas de Los locos Addams y una larga lista de personajes, o Humberto Vélez, el insuperable Homero Simpson en español latinoamericano e incluso Víctor El güero Castro, que hizo parlar al Pato Lucas en las caricaturas de Looney Tunes de los años 1960. Ellos, junto con una pléyade de actores de su época, dieron forma a una tradición que en la actualidad es, quizá, la más sólida y profesional de todo el continente. Sin embargo, una serie televisiva es divertimento puro mientras que un filme es un concepto, y me sigue incordiando que en las salas las versiones originales disminuyen como opción en cartelera. Los complejos programan corridas de estrenos con doblaje, comprensible si se trata de largometrajes para niños, pero absurdo con respecto a títulos con clasificación C.

En un país con déficit de lectura, quizá la mejor campaña sería fomentar en los adultos el penoso esfuerzo por leer, al menos, un par de párrafos desde la comodidad de su butaca.

​AQ / MCB

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