• Cora Flores: “Mi vida ha sido la danza”

  • En portada

Cora Flores, quien recién cumplió 90 años, es no solo una figura relevante de la danza en México, sino un raro modelo de versatilidad en los escenarios.

Beatriz Zalce
Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

La bailarina Cora Flores insiste en que la danza le ha dado absolutamente todo. Lo dirá una y otra vez a lo largo de esta conversación. Lo repetirá con gratitud. Es un amor bien correspondido pues ella, a cambio, le entregó sus sueños y su alma al baile clásico, folklórico, moderno e incluso aéreo.

Cuando vuelve de su trabajo, en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de la Danza José Limón (Cenidid) donde realiza una reconstrucción de la historia de la danza de la que ella misma es un pilar en movimiento, abre la puerta de su casa y la recibe un póster enorme de los Beatles. John, Paul, George y Ringo se empeñaron en dedicárselo. El equipo de tramoyistas de Bellas Artes lo montó en un bastidor.

Da unos pasos, carga un bastón. De pronto, se acuerda de apoyarse en este, algo natural en una persona que acaba de cumplir noventa años, y que en su caso es casi un milagro. Así lo ve y así lo ven también sus médicos quienes, tras una fractura de cadera, le dijeron que no volvería a caminar. “Van a ver si no”, respondió ella y tan se repuso que, con prótesis y todo, bailó —por última vez— con Cecilia Lugo y Cecilia Appleton. Una nueva caída, con una nueva fractura de cadera, los puso a todos en jaque.

—Con no sé qué me arreglaron —explica para no entrar en detalles y añade orgullosa—, mi operación está enmarcada en el consultorio del doctor. Me tienen ahí como ejemplo. Él les dice a todos: “Miren cómo está caminando”. Sin embargo, le pesa no seguir bailando.

Parafraseando a la poeta Pita Amor, su casa es ella. Los premios, que son muchos, los reconocimientos, que son más, adornan las paredes de la entrada, la sala y el comedor. Un curriculum vitae convertido en exquisita decoración. Las fotografías la muestran bailando el Zapata de Guillermo Arriaga, el ballet Las Sílfides donde Cora encarnó el espíritu del viento. Las fotos son de autor. Fraternizan en la pared Christa Cowrie y Luis Spota con José Luis Arreguín, el primer fotógrafo en subirse a los escenarios a retratar el instante de un movimiento, en captar no la pose de una bailarina en el estudio, sino el giro, el aleteo de un hada, la agonía de un cisne.

—Walter Reuter tenía más de cuatrocientos fotografías mías interpretando la Bernarda Alba de la coreógrafa costarricense Cristina Yiyidé. Decía que quería hacer un libro. Pero murió y ahí el proyecto se acabó. Bailé de todo; solo me faltó el tubo. Mi vida ha sido la danza: en los escenarios, en la televisión, en el cine, en las pirámides de Teotihuacan, durante la Olimpiada Cultural de 1968.

Pasa un gatito atigrado y nos mira. Cora lo observa divertida. Dice que entra y sale, se va y regresa, que tiene dos o tres casas, pues a veces llega de suéter.

Cora Edna Flores González nació en San Luis Potosí el 2 de agosto de 1936. Fue la tercera de cuatro hermanos. Su papá era médico. Vivían en una casa grande, con un patio enorme que ella no disfrutaba porque era asmática. No podía correr ni andar en bicicleta. Algo pasó. No sabe qué. Se fueron a vivir a una farmacia en la Ciudad de México. Alguien recomendó que la niña tomara clases de natación en la YMCA. Ahí la conoció la maestra de ballet acuático Socorro Batista quien la encaminó al Ballet Concierto, que después sería la Compañía Nacional de Danza.

—Felipe Segura dirigía Ballet Concierto. Fue como mi papá en muchos sentidos. Me regaló los primeros libros que leí. Me aconsejaba para todo. Es y ha sido lo más maravilloso que me ha sucedido en la vida.

—Con Ballet Concierto, donde llegó a ser la primera bailarina, hizo muchas giras al interior de la República.

—Sí, mi mamá iba conmigo. Dejaba a mis hermanos con mi abuela. Venía de Saltillo y se quedaba a atender la casa y a darle de comer a mi papá a la una de la tarde porque así acostumbraba. Mi mamá nunca había salido a ningún lugar porque se casó a los 16 años. Se llamaba Edna y por eso me llamo Cora Edna. Le decían “Nena”. A las giras iban solo la mamá de Laura Urdapilleta, mi mamá y a lo mejor una más. Del diario que le daba mi papá y de lo que me pagaban en los programas que hacía para la televisión juntábamos para ir a la gira y que fuera a comprar lo que quisiera. Mi mamá fue mi hija y yo fui su mamá.

“Un día, ya estábamos por regresar a la Ciudad México. Ya todo el mundo se había subido al camión de Bellas Artes. De pronto, Felipe Segura soltó: ¿Y la Nena dónde está? Mi mamá era feliz porque salir conmigo era como empezar a vivir. Felipe me dijo: Te he dicho que no la descuides, no podemos esperarla. En eso apareció mi mamá cargada de cosas y el presidente municipal dijo: ¿Ésa es la Nena? Esperaba ver a una niña, no a la mamá de una de las bailarinas.

Cora Flores tiene la piel lisa y la sonrisa roja. El maquillaje ligero destaca sus ojos. Sus manos largas y muy blancas se mueven poco. Todo su porte es de bailarina. Lleva el pelo recogido en un chongo sobre la nuca.

—¿Cómo pasa al Ballet Folklórico de Amalia Hernández? ¿Cómo cambia las puntas y el tutú por los rebosos y el zapateado?

—Por Felipe. Amalia Hernández le pidió que la ayudara formar un ballet folklórico. Yo participaba en los dos. Era una locura, pero estaba feliz. Nunca dicen que Felipe formó el primer ballet de Amalia, por el cual la contrataron en Televisa y después para representar a México en una gira por Europa.

Cora rechazaba a sus pretendientes cuando le pedían que dejara la danza. Se casó con el arquitecto Sergio Díaz porque le gustaba que ella bailara. Cinco días después de la boda, Cora salió a Europa de gira con Amalia Hernández. Corría el año 1961. Y todos hablaban de eso: “Se acaba de casar y mírala”.

En París, el Ballet Folklórico de México se consagró con el Primer Premio a Grupos de Danza Folklórica del Mundo. Amalia le pidió a Cora que lo recibiera. Marcelo Mastroianni no solo se lo entregó sino que la abrazó y le dio un beso. De la emoción, Cora casi se desmaya.

Días después presenció lo que unos llamaron la deserción y otros el salto hacia la libertad de Rudolf Nureyev, considerado el mejor bailarín de todos los tiempos, quien pidió asilo y protección a las autoridades francesas para no volver a la Unión Soviética. Sus motivos políticos eran claros, pero había algo más. Cora Flores se dio cuenta: Nureyev había conocido a Jorge Tyler, el “Venado” de la célebre danza del Ballet Folklórico.

—Con Amalia se presentaba el mismo repertorio todos los domingos en Bellas Artes. No tenía que ensayar y eso me permitía seguir estudiando con Felipe Segura y bailar en Ballet Concierto.

—Son formaciones dancísticas muy diferentes.

Antes, lo que más contaba era la expresión que le dabas a lo que bailabas. Ahora eso se ha olvidado un poco. Se hacen cosas increíbles, con mucha técnica, pero se olvida expresar los sentimientos del personaje. Elisa Carrillo, qué bárbara, reúne interpretación y técnica. Es de las pocas en la actualidad. Claudia Lavista es una bailarina increíble. Su papá, Mario Lavista, compuso música para mí, fuimos muy amigos.

—Cuénteme de 1968, de la Olimpiada Cultural, de la coreografía Teotihuacán de Guillermo Arriaga.

—Casi dos mil bailarines, treinta mil espectadores en la Plaza de la Luna de Teotihuacán. Guillermo Arriaga organizó todo para recibir el Fuego Olímpico. Convocó a maestros de educación física y a estudiantes porque no había tantos bailarines. Nos explicaba el trabajo coreográfico para que nosotros, por grupos, lo ensayáramos con los muchachos. Luego él afinaba los detalles. Leonardo Velázquez compuso la música y Armando Zayas la dirigió. Demetrio Bilbatúa hizo la filmación. Me amarró de la cintura a una silla y me subieron veinte metros. Me movía en el aire.

“No sé cuántos camiones salían de Reforma y nos íbamos a ensayar a Teotihuacán. ¿Sabes lo que fue hacer vestuario para tantas personas? Fue un trabajo de muchos meses. Con lo ocurrido el 2 de octubre, apenas unos días antes de las Olimpiadas, Guillermo Arriaga pensó en renunciar. No sé quién le hizo ver que no podía, que no podíamos”.

Ese mismo año, Guillermo Arriaga invitó a Cora Flores a bailar Zapata, su coreografía más emblemática. Le preguntó por qué ella y no Rocío Sagaón, con quien la había estrenado en Rumania en 1953, por qué no otra bailarina pues ella no había practicado danza moderna, aunque conocía bien la obra. Él contestaba lo mismo: “Ya ni me acuerdo por qué”. Cora Flores es quien más veces ha interpretado al personaje de la Patria de Zapata.

A sabiendas de que el trabajo de una bailarina no se reduce a las barras y al espejo, Cora era asidua a Bellas Artes. Iba a los conciertos de la sinfónica, visitaba las exposiciones, acudía a ver los ensayos de las obras que se montaban. Cuántas veces no compró boleto en el tercer piso y la acomodadora, que la conocía bien, le conseguía un lugar en el primero. Hasta Pupis, su perrito french poodle, entraba con ella en una época en la cual a nadie se le ocurría cargar con un perro en la bolsa.

—Por eso siempre digo que la danza me ha dado más a mí que a nadie en el mundo.

Años atrás había estrenado el “celebérrimo”, el adjetivo es del crítico de arte Juan Hernández, Huapango de Gloria Contreras, quien, en 1972, la invitó al Taller Coreográfico de la UNAM. Cora fundó el grupo Danza Libre Universitaria. Inculcó el amor a la danza y la disciplina. La maestra Corita, como algunos la llaman, era muy estricta bajo el argumento de: “Si te exijo es porque puedes y te quiero”.

Inquieta, siempre en movimiento, se fue a Costa Rica a dirigir la Compañía Nacional de Danza. Su coreografía Bolero se presentó en Centro y Sudamérica y fue muy curioso que viniera a México de gira.

—La danza me ha dado cosas que ni soñé, ni esperé, ni creía. En Televisa, no me preguntes en qué año, querían saber cuáles eran las mejores obras que se habían hecho en esa época. Dijeron Zapata de Guillermo Arriaga, La Coronela de Waldeen, que marcó el inicio del movimiento nacionalista en la danza moderna, y La balada del venado y la luna de Ana Mérida con escenografía de Leonora Carrington. Me invitaron a bailar las tres y el productor dijo: ¿No tienen a otra, por qué la misma?”. Por qué, quién sabe. A mí me hablaban y yo decía que sí.

Cora no tiene una música favorita. En el momento en que bailaba Zapata, la música de Moncayo (Tierra de temporal) era su favorita. Lo mismo le sucedió con La Coronela de Silvestre Revueltas.

—Doy gracias por seguir trabajando. Es el colmo de la suerte que me hayan llamado del Cenidid: yo no sabía nada de computación. Aprendí y estoy pasando todo lo que hay de danza y hago la ficha.

Lo dice así, como si nada, pero su trabajo significa el rescate del acervo histórico dancístico de la segunda mitad del siglo XX.

Bailé todo lo que se pueda bailar, todo. Llevo como tres vidas bailando y me considero la más afortunada de todas las bailarinas.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite