Cuando jugué en el Azteca y el Maracaná

Doble filo

El columnista de Laberinto sí pateó un balón en el césped del Coloso de Santa Úrsula. En cuanto a la verdad histórica del otro acontecimiento, hay ciertos “asegunes”.

El Estadio Azteca, al sur de la Ciudad de México. (AFP)
Ciudad de México /
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I

A finales de los años sesenta, con mis compañeros de la secundaria jugué en los intermedios de tres o cuatro partidos oficiales de la primera división del futbol mexicano, en el estadio Azteca. Aquellas telúricas experiencias de sólo diez minutos suelen asomarse en la memoria sin previo aviso, aunque lo hacen de manera más frecuente cuando hay juegos importantes en el inmueble de Calzada de Tlalpan, tal como sucedió en días recientes con la Selección Mexicana dentro del campeonato mundial de la FIFA.

Jugar en el Azteca siendo adolescente, de noche y con público en las tribunas, difícilmente se olvida.

La gente que iba al estadio estaba atenta a esos partiditos y festejaba las buenas jugadas de los chavos. Recuerdo especialmente dos o tres exclamaciones por parte del público luego de buenas atajadas de nuestro portero, Armando Pérez, quien en aquellos tiempos era fan de Ataúlfo Sánchez, guardameta argentino del América, y lo imitaba.

En nuestro equipo también estaba Raymundo Uribe, quien luego jugó algunos partidos profesionales con los Pumas de la UNAM y, al paso del tiempo, fue médico del Atlante y de la Selección Mexicana.

Hace una semana compartí el pan y la sal con Uribe y otros compañeros de aquel entonces: Celso, Jerónimo, Jorge, Miguel, Arturo, Trinidad. Platicamos de todo, incluso de nuestras aventuras futboleras.

Por alguna extraña razón, a mi memoria regresa con más frecuencia la ocasión en que estuvimos programados para jugar en el intermedio de un partido amistoso del América contra Las Palmas, de España, pero ese día cayó un diluvio y se suspendió nuestra participación, aunque sí jugaron los profesionales.

El recuerdo de aquel juego bajo la lluvia, observado por nosotros desde las plateas, aún me trae la grata sensación de humedad del sur de la Ciudad de México de aquellos tiempos.

II

Aunque ya lo he comentado antes en este mismo espacio, alguna vez entrevisté a la Tota Carbajal, en León, Guanajuato, para MILENIO Semanal. En aquella ocasión le pedí que me hablara del partido inaugural del campeonato mundial de 1950, entre México y Brasil, el día que se estrenó el estadio Maracaná, en Río de Janeiro.

El Cinco Copas me dijo: “¡Nada más imagínate! Fue algo impresionante: 200 mil espectadores gritando ‘Bra-sil-Bra-sil’ y teniendo en la cancha a rivales como Danilo, Barbosa, Ademir, Maneca, Jair, quienes conformaron una de las mejores selecciones que ha tenido ese país. Aunque nos golearon 4-0, yo tuve una buen actuación; paré como diez tiros difíciles”.

Quise saber si la derrota fue muy frustrante. Esto respondió: “No tanto porque en aquel momento nosotros éramos semiprofesionales. Países como Brasil o Uruguay estaban muy adelantados”.

José Antonio Roca, quien fue campeón como técnico del América y estuvo al frente de la selección mexicana que fracasó en Argentina 78, jugó como defensa en la inauguración del Maracaná. En una entrevista para la televisión él contó que la goleada ante Brasil en Río de Janeiro “fue muy sufrida”. La fatiga física y mental le hicieron sentir a él que, por momentos, la cancha se inclinaba ligeramente.

III

Aunque nadie me lo crea, también jugué en el Maracaná.

Juro que eso es verdad, aunque no me refiero a la mítica cancha de futbol de Brasil ni a la muy popular que está en el barrio de Tepito de la Ciudad de México.

Hay otro pequeño Maracaná en la colonia Jardín Balbuena, donde hace muchos años se organizaban cascaritas callejeras de fin de semana. Antes era un estacionamiento para los vecinos y actualmente existen ahí juegos infantiles, aparatos para que la gente se ejercite, un pequeño kiosko y una canchita de futbol rápido. Se ubica a un costado del Velódromo Olímpico y se llama oficialmente Plaza Maracaná.

En ese Maracaná, donde sí jugué ya como adulto joven, nunca vi a Pelé ni a Garrincha, ni a José Antonio Roca o La Tota Carbajal. Sólo a vecinos y amigos que corrían tras el balón y luego saciaban la sed con refrescos y “agua de cebada”.

IV

Dentro del ambiente mundialista que aún se vive, ya se hizo famoso un leguleyo que conduce un programa de radio en Argentina. Debe estar feliz.

Entre otras cosas, ese personaje dijo que nos “detesta” aunque lo hayamos tratado muy bien durante los seis meses que estuvo por acá, y que le alegró mucho el triunfo de Inglaterra sobre México en la cancha del estadio Azteca.

Ya le han contestado en todos los tonos habidos y por haber. Sólo añadiría que, en la Guerra de las Malvinas, Inglaterra mató a 649 argentinos, y que México les ha abierto las puertas a miles de sus compatriotas que emigran en busca de una vida mejor.

Funes el memorioso, personaje que surgió de la pluma del escritor argentino Jorge Luis Borges, era capaz de recordar hasta el más ínfimo detalle de su vida. Feimann el desmemoriado viaja en sentido contrario, en un tiempo en que el odio vende bien.

El destino quiso que Inglaterra y Argentina se enfrentaran en semifinales del Mundial 2026, tal como sucedió en México 86, cuando Diego Armando Maradona anotó en el estadio Azteca un gol tramposo y otro que puede ser catalogado como el mejor de la historia del futbol profesional de todos los tiempos.

V

Para cerrar esta columna futbolera, otras dos breves historias de la colonia Jardín Balbuena.

Hugo Sánchez, nada menos que el Pentapichichi del futbol español, vivió en un retorno de Avenida del Taller, donde también cascareó siendo niño. Al paso de los años le anotó a la selección de Bélgica en el estadio Azteca, durante el México 86.

El delantero mexicano Raúl Jiménez, quien superó una fractura de cráneo para seguir jugando en la liga Premier de Inglaterra (me pongo de pie), estudió la primaria en el colegio Monterrosa, ubicado en la avenida Genaro García, donde hace muchos años había una cancha de frontenis que se rentaba al público.

En el Mundial 2026, Raúl Jiménez le anotó a Sudáfrica, Ecuador e Inglaterra (de penalti). También ejecutó dos cabezazos espectaculares que fueron desviados, en gran forma, por el arquero británico. Ese último par de jugadas me hicieron recordar las exclamaciones del añejo público del estadio Azteca, cuando algún chavito hacía una buena jugada, metía gol, incluso autogol o volaba para la foto imperecedera.

AQ / MCB

  • Fernando Figueroa
  • Estudió periodismo en la UNAM y es autor de El mejor oficio del mundo. 60 entrevistas, libro de charlas con personajes de la cultura, espectáculos y deportes, realizadas durante cuatro décadas.

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