“Lipoescultura”, un cuento de Carlos Martín Briceño

Cuento

Una mujer en sus cuarenta convence a su marido para que le pague una intervención estética, al regresar a su casa se desvanece, él la mira y comienza a recordar cómo ha sido su relación.

“Fue cuando caíste en la cuenta de que su vida estaba en tus manos…” (Freepik)
Carlos Martín Briceño
Ciudad de México /

Nunca estuviste de acuerdo. Solo pensar en las posibles consecuencias te acometía una súbita sensación de ahogo que te impedía rebatir sus argumentos. Y en este momento, cuando la ves debatirse entre la vida y la muerte, te das cuenta de que, tal como solía decir tu madre, el mundo tiene su propio equilibrio que provoca que las cosas caigan por su propio peso.

Transcurrían los primeros días de marzo cuando tu mujer fue a consultar a un cirujano plástico. ¿El porqué? La grasa rebelde que, a pesar de las extenuantes sesiones de pilates, los carísimos masajes reductivos y las inyecciones de carnitina, no cedía. Cuando regresó de la cita y te platicó emocionada lo que el médico le había comentado (por su edad y excelente estado físico, señora, usted es candidata ideal para hacerse una liposucción), pensaste que tu esposa no necesitaba una cirugía, sino una evaluación psiquiátrica. Cierto que en los últimos años le habían engrosado algo la cintura y las caderas, pero nada para alarmarse; seguía manteniendo los pechos hermosos, el abdomen firme y las piernas torneadas que tanto te gustaban. A punto de llegar a los cuarenta y cinco, por más que se esforzara en el gimnasio y cumpliera a cabalidad una rigurosa dieta libre de azúcares y carbohidratos, Verónica jamás podría lucir como una jovencita de veinte.

¿Por qué no era capaz de entenderlo?

Además de costosa, una intervención quirúrgica de este tipo pondría innecesariamente en riesgo su vida.

Entonces reaccionaste con indiferencia, fingiste darle poca importancia al tema y, por un momento, cupo en ti la esperanza de que, tal como había sucedido con la mamoplastia que nunca se llegó a hacer, todo quedara como un capricho pasajero. Estabas seguro de que más temprano que tarde, inmersa en las cotidianidades familiares y las exigencias del trabajo, ella desterraría esta idea de su cabeza. Pero cuando llegó el verano y te reiteró en la cama de aquel hotel de Los Cabos su deseo de someterse a la operación por no haber “entrado” en el bikini, caíste en la cuenta de que esta vez la cosa iba en serio. Estuvieras conforme o no, se haría “la lipo”.

Una mañana de sábado, poco antes de la hora del almuerzo, apareció con el rostro radiante. Entró al cuarto, donde leías el periódico en el sillón reclinable, y se levantó el vestido para enseñarte las marcas que el cirujano le había hecho en el cuerpo con un plumón indeleble de color rojo.

En todos estos lugares van a meterme una jeringa para extraer la grasa, dijo, y se miró largamente ante el espejo.

Toda esa felicidad efímera te pareció grotesca. Tenía líneas coloradas debajo de los pechos, en las caderas, en el estómago, en la parte baja de las nalgas. Verónica parecía un animal contento de haber sido seleccionado para el matadero. La imaginaste en el consultorio, excitada y sonriente, despojándose de la ropa sin ningún pudor ante ese médico que, con tal de ganar dinero fácil, de seguro ofrecía a sus desesperadas pacientes cambios milagrosos por arte de bisturí. Era demasiado. Sin hacer escándalos, con firmeza, dijiste que no ibas a pagar ni un centavo por esa pendejada. Pero como solía actuar siempre que te enojabas, lo primero que hizo Verónica fue soltarse a llorar con amargura para luego desvestirse y ofrecerte con sensualidad su cuerpo. Cuando terminaron de hacer el amor, ya te habías comprometido a obsequiarle la operación como regalo de veinticinco años de “feliz” matrimonio. Una vez más te habías dejado engatusar por ella, olvidando que este era el método por el cual solía obtener de ti cualquier capricho y dejando de lado cuánto te encabronaba la “naturalidad” con la que flirteaba con otros hombres cuando tenía unos tragos encima, así como la frecuencia con la que se ausentaba de la ciudad por motivos “profesionales”. Pero lo más indigno fue que, con conocimiento de causa, cerraste los ojos ante lo evidente: desde hacía algún tiempo te era infiel con un joven ejecutivo de su oficina.

En la cama, inconsciente, la piel roja e hinchada a causa de la intervención quirúrgica, el cuerpo parcialmente vendado, Verónica parece una caricatura de sí misma. Te acurrucas junto a ella y una libélula casi humana sobrevuela el cuarto entre brumas terracotas. El Toledo colorido que cuelga encima de la cabecera de la cama te regresa al feliz viaje que hicieron a Oaxaca para celebrar su décimo aniversario de bodas. En aquel tiempo el hartazgo era una sombra que se diluía entre las sedosas sábanas de los hoteles boutique. Aquellos días, empapados de cerveza y mezcal, gozaron de la noche de Antequera como adolescentes. Iban abrazados por las calles empedradas y se la pasaron bebiendo en media docena de bares turísticos sin ninguna prisa. Estabas seguro de su amor y esa certeza se transparentaba en cada una de tus acciones: un beso furtivo sin motivo aparente, las manos entrelazadas debajo de la mesa, la sonrisa cómplice durante una tertulia.

Si de veras me quieres tanto como dices, cómprame una de estas pinturas, te dijo, cuando al amanecer, llegaron borrachísimos al hotel y descubrió que en el lobby había una exposición temporal de lienzos de Toledo. Aquel insectario surrealista, cuyas imágenes llegaban hasta tu cerebro exacerbadas por los efectos del mezcal, te pareció repulsiva, pero era tal tu devoción por Verónica que, sin pensarlo mucho, solicitaste al concierge que apartara para ti esa maldita libélula que, en este momento, parece contenta de presenciar el ocaso de tu relación y que, en su día, te hizo regresar a casa con un boquete en tu tarjeta de crédito.

Acaricias su rostro, recorres con el índice el marco de las cejas, te regodeas en la imperfección de la nariz.

¿En qué momento se destruyó tu proyecto de familia?

El ruido monótono de una podadora de césped rompe el silencio. Imaginas la diligencia con que el dueño de la casa de al lado vigila al jardinero para que su hogar no pierda ese equilibrio vegetal, reflejo de su sólida armonía familiar. Probablemente tienen razón los gringos —the grass is always greneer on the other side of the fence— y la vida de los demás siempre nos parece mejor que la nuestra.

Todavía la quieres, imposible negarlo: adoras el olor de su cuerpo, la suave curvatura de las nalgas, los lunares que revientan como estrellas en sus hombros, esos pechos pequeños y firmes. Adoras la forma en que te aprisiona el sexo cuando hacen el amor y la libertad que tiene para susurrarte obscenidades al oído en el instante del clímax. Sin embargo, ya no puedes mentirte más: no te agrada su exacerbado individualismo, el desapego que siempre ha mostrado por tu única hija que, con tal de alejarse del egoísmo y los cambios de humor de la madre, prefirió estudiar una carrera en el extranjero. En más de una ocasión has tenido que aguantarte y hacer oídos sordos de las habladurías que circulan a tus espaldas. Pero lo que más detestas es la grosería con que corresponde a tus muestras de cariño y ese desdén inexplicable con el cual te ha venido tratando en los últimos años, como si fueras un lastre que le impidiera seguir adelante con sus sueños de grandeza.

Hace unos minutos, mientras Verónica subía las escaleras para dirigirse al cuarto, se desvaneció. Acababan de llegar del hospital. El golpe seco lo escuchaste desde la planta baja. La encontraste tendida en el suelo. Con mucho esfuerzo lograste acomodarla en la cama y, al verla inconsciente, respirando con dificultad, trataste de reanimarla. Frotaste su pecho con alcohol, le diste leves bofetadas, pusiste sus piernas en “v” como sugieren los videos caseros que pululan en la red. Todo resultó inútil.

Fue cuando caíste en la cuenta de que su vida estaba en tus manos.

¿Cómo sería tu existencia sin ella?

A tu edad, ¿serías capaz de comenzar una nueva etapa sentimental o preferías, como muchos, gozar del placer urgente de las relaciones efímeras?

Media hora antes, el cirujano plástico le había dado de alta. Que repose y tome sus antinflamatorios y antibióticos cada ocho horas, fue lo único que te recomendó ese imbécil de rostro ratonil y bíceps falsamente hinchados cuya clínica, ahora lo confirmas, no es más que un salón de belleza con pinta de hospital montado para sacarles dinero a los maridos de mujeres vanidosas como la tuya.

Coágulos de grasa, daños a estructuras internas, nervios y músculos atrofiados, trombosis, debacle en los pulmones y órganos abdominales. Todos estos riesgos, advertiste en su momento a tu mujer, se corren con una mala operación.

¿Cómo no va a darte coraje verla ahora en este estado?

Aunque, a decir verdad, se lo merece. Si quisieras salvarla, ya la hubieras llevado de vuelta a la clínica. Nada te cuesta cargarla y subirla al auto. En menos de una hora estaría otra vez en el quirófano, y tú presionando para que el tipo hiciera algo por ella. Ni hablar del escándalo que se le armaría por la muerte de una clienta. No obstante, si dejas que las cosas sigan su curso y que todo se resuelva “naturalmente”, también tú correrías riesgos. A nadie le gusta ser investigado.

La ves dormir y, como en un filme en retroceso, te vienen a la cabeza algunas escenas trascendentes de tu vida en pareja, momentos de deleite y ternura, de amor y desamor. El viaje de luna de miel a París en el que decidiste regalarle un mes de espléndida vida y gastar con ella mucho más de lo planeado; el día del nacimiento de tu única hija: los dos, más enamorados que nunca, varados en el hospital a la espera del alumbramiento; la fatídica noche en que Verónica, totalmente borracha, estrelló la camioneta nueva contra el auto compacto de un hombre mayor al que hirió, insultó y vejó, no obstante haber sido ella la culpable. ¿Quién pensaría que de una mujer tan hermosa pudiera brotar tanta inquina? Su rostro candoroso, que se mantiene resplandeciente gracias a onerosos tratamientos cosmetológicos, desdice su edad.

En mi trabajo la apariencia lo es todo, entiéndelo, suele decirte cuando le haces ver que no tiene límite, que gasta demasiado en ropa, perfumes, afeites y cosas superfluas, y le reprochas que lo firme todo con su extensión de tu tarjeta de crédito y no sea capaz de contribuir a los gastos cuando obtiene algo de dinero debido a sus conexiones con altos funcionarios. Publirrelacionista. Nunca has entendido exactamente lo que significa el término, pero así es como se autonombra en su tarjeta de presentación.

No hay otro remedio, deja de joder con tus pinches celos, me tienes harta, te echa en cara cada vez que le preguntas por qué tiene que asistir a tantas comidas, cocteles y eventos a todas horas, con quién chingados chatea durante las madrugadas y por qué no puede soltar el celular, prácticamente, ni para sentarse en el inodoro.

Miras la tranquilidad en su rostro y recuerdas, con algo de culpa, que en el último viaje que hizo a la capital fantaseaste con la idea de que su avión se cayera. Imaginaste la llamada de la aerolínea, los interminables pésames de amigos y parientes, los engorrosos trámites burocráticos para tratar de recuperar el cuerpo. Un lamentable accidente, una tragedia, diría la gente, pero, para ti, la providencial manera de liberarte de ella y salir de este círculo vicioso.

¿Habrá manera más original de eludir la joda de estar casado durante más de dos décadas con la misma mujer?

Pero mientras escuchas el ritmo de su respiración cada vez más trabajosa, te das cuenta de lo doloroso y complicado que resulta imaginar el resto de tu vida sin su presencia. Te has acostumbrado tanto a su compañía que, después de su muerte, quizá ya nada valga la pena. Afuera, el ruido de la podadora ha cesado. El césped del vecino ha de haber quedado reluciente, con ese verdor que deslumbra cuando el sol, implacable, deja caer sobre el jardín su doradura. Abrazas entonces a Verónica, acercas tu rostro al suyo, besas sus labios fríos y una inmensa angustia dentro de tu pecho te hace soltar unas lágrimas. Te incorporas y marcas desde el celular el número de emergencias.


* Este cuento forma parte del libro Los secretos vivos (Lectorum, 2025), que cuenta con 12 historias donde “el pasado nunca se apaga del todo”.

AQ / MCB

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