Tres cuentos de infancia | Por Sara Poot Herrera

Cuento

La niñez al compás de una hamaca o entre los rumores de una cocina o mirando un pequeño sillón que ahora guarda una ausencia es el motivo de estas viñetas que se mueven con extrañeza y precisión.

“Sólo queda colgada su hamaca. Las demás han sido descolgadas…” (PxHere)
Sara Poot Herrera
Ciudad de México /

Noticias en el piso

Intuye que no hay nada debajo de la hamaca pero no quiere cerciorarse de que es así. Hizo su cartita y a lo mejor ni la mandó ni siquiera la entregó. ¿A dónde? ¿A quién? Deja para el último momento que su mirada compruebe que no hay nada en el piso, Ni siquiera supo qué pedir. ¿Para qué? ¿Y qué pudo haber pedido? Lo podrían adivinar. Pero, ¿quién? En la sala, sólo queda colgada su hamaca. Las demás han sido descolgadas. Se decide y voltea a ver el suelo. Empieza a leer las noticias, viejas noticias del periódico de hace semanas. Las palabras suplen las cosas, las remontan, le abren el año, el mundo, el día. El papel le impide tener frío y las letras brincan y la consuelan. No había regalos debajo de la hamaca, nunca hubo, y la niña lo supo siempre. El fiel periódico una vez más la protegió de la fría humedad del suelo y abrió el día mientras que en las resbaladillas de mi infancia subían las letras. Se enredaban en el algodón de hilos, espejos del mapa, columpio para seguir imaginando reyes eternos de signos.

Crecer

Pensó que crecer era romperse el labio al caer de un árbol de guayaba. Que era tener un callo y dos y tres por los zapatos que nadie escogió para la niña. Que era tapar con la mano una cicatriz, casi negra de tan gris, recatrizada en el hueso delantero de la pantorrilla. Que era perder una muela. Como que era natural. Pero no golpearse al levantar la cabeza hacia atrás en la hornilla de la cocina, y todo por tomar unos tamarindos que la abuelita escondía para el agua fresca del almuerzo. Esos golpes que de pronto caen en seres aún diminutos, y despertar sorprendida sobre una mesa viendo que todos nos están viendo. Y seguir por la ruta de la vida con una nariz sinuosa que aparece en mi primera carta de identidad (así lo anotó una empleada aburrida de tanta huella digital que tomaba), signo que se perdió antes de un crecer cicatrizado.

Dos silloncitos

Me asomo al cuarto. Han quitado el pabellón y dejado la hamaca. Junto a la pared en el fondo están frente a frente dos silloncitos. El de la izquierda es de mi prima, quien me presta el de la derecha. Se mecen los silloncitos, las niñas sonríen. Arriba de ellas, la ventana, siempre medio abierta. Mi prima cuenta que con una cinta métrica yo medía sus piernas y las de quienes se dejaban. Mi madre dice que alguien no soltó la llave del agua del baño. Que yo entro y huelo desde la puerta y digo que el orín no es de mi prima. Ella no fue. Los silloncitos se siguen meciendo, fieles a su dueña, mi única prima. El silloncito prestado hace parejuras con el otro y se detiene. Por Molly, mi única prima, que una grieta de mitad de mes quebró su cuerpo. El alma sopló, meció el silloncito de la izquierda y dejó una lágrima en el mío.

AQ / MCB

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