Del ‘table’ al submarino nuclear

Bichos y parientes

La historia de un intento por vender un submarino soviético al narcotráfico sirve para explorar cómo la corrupción transforma a las instituciones en organismos parasitados, donde el poder deja de servir al Estado y comienza a alimentar su propia desc

Fotograma de ‘Operación Odessa’. (Netflix)
Julio Hubard
Ciudad de México /
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Volví a ver una película, o documental, no sé, que me produce carcajadas y desazón: Operation Odessa (está en YouTube). Es el recuento de un sujeto vulgar y muy simpático, Ludwig Fainberg, un ruso que vivía en Miami, al que llaman Tarzán, cuya primera ambición era poner un Table de encueratrices, de nombre Porky’s, y mover un poco de cocaína; y otros dos cómplices: un gringo-cubano, Juan Almeida, un playboy y mercader dedicado, en primer lugar, a los coches caros y sofisticados, pero que no le hace gestos a ningún negocio, y un cubano mafioso, que se hace llamar Tony Yester, y actúa, para sí mismo, una suerte de villano de Ian Fleming, un malo de James Bond. Son tres sujetos inconsecuentes, listos, “aventados”, que, para no hacer el cuento largo, comienzan con unos quilitos de coca y terminan vendiéndole un submarino nuclear soviético al Cártel de Cali. Y éstos, los protagonistas, son notablemente simpáticos. Estos tres personajes son el núcleo narrativo, pero no son el vector del miedo.

El terror aparece con los militares soviéticos. Todo sucede en los noventas, durante el colapso de la URSS…

La verdad es que el cuerpo del Estado está cundido de parásitos desde siempre. No hace falta esperar al cadáver; las larvas de los fóridos operan en el tejido vivo. Antes del cadáver, son funcionarios y burócratas que conservan el poder en la forma simbólica de su firma, pero prescinden de la autoridad de la institución.

El clímax de la vertiginosa película tiene una mezcla perfecta de carcajada y terror. Por supuesto, para cuando los de Miami y los de Moscú se ponen de acuerdo en la compraventa del submarino Foxtrot, la DEA y el FBI ya tienen intervenidos los teléfonos, y escuchamos una grabación del intercambio: “¿Lo quieres con o sin misiles?”

Y de aquí me viene la desazón: los militares soviéticos vendieron aquello que tenían a la mano. ¿Qué otra cosa es el huachicol mexicano? ¿Y no huele el estado mexicano a putrefacción?

Los militares rusos de los noventa no son figuras trágicas del fin del comunismo, sino una suerte de "muta sedentaria": una jauría de burócratas vestidos de gala que conservan las firmas y el poder de inventario, vendiendo un submarino militar clase Foxtrot a un cártel colombiano entre copas, cocaína y neón. En ese momento son igualmente mercancía un arma de destrucción masiva y la chatarra de un table-dance (o unos buques de petróleo y refinados). Los mafiosillos de Miami estaban en un sueño de importancia y dinero, pero los oficiales soviéticos eran los gusanos comiéndose la carne viva del Estado: sin autoridad, retuvieron el poder; mutaron en cártel criminal sin levantarse del escritorio.

Frente a aquella gris burocracia rusa, aparecieron Tarzán y Tony Yester, con toda su fanfarronería y carisma de azules moscas parasitoides, actuando para su propia película mental de espionaje y acción, que huelen la debilidad institucional y se presentan allí donde hay carne que devorar. Lo ocurrido en el club Porky’s de Miami no es una extravagancia de los noventas; es un patrón biológico de la zoología política. El huachicoleo mexicano de hoy o el casi seguro colapso de los rangos militares en Cuba responden a la misma especie de fóridos.

Los especímenes de escritorio que comercian con el arsenal y las firmas del Leviatán no son exclusivos del colapso de la URSS. El Estado mexicano ya está agusanado en sus entrañas. Un recordatorio sobrio, distanciado y sarcástico de que, tarde o temprano, también será cadáver.

Al final, los parásitos se dispersaron: Almeida quedó en libertad por tecnicismos jurídicos después de una condena de 40 años; Tarzán fue deportado, no puede poner un pie en los Estados Unidos, pero libró la prisión; Yester se volvió un fantasma en África y aquel submarino nuclear jamás llegó a las costas colombianas. La película termina, sin embargo, con una noticia posterior: otro submarino del mismo modelo fue incautado, encallado en un meandro ribereño de las montañas de Colombia, casi listo para operar.

El experimento biológico de la microhistoria dejó sus muestras de laboratorio. La descomposición estatal no es una exclusividad postsoviética ni una reliquia de los noventa en Miami. Los animales de escritorio que hoy liban de los ductos de Pemex o que esperan la orfandad militar en Cuba obedecen a la misma biología parasitaria. El Leviatán no necesita morir para poblarse de larvas; se pudre desde adentro mientras finge respirar.

AQ / MCB

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