Hay novelas que se leen como quien atraviesa una puerta y otras —las menos— como quien atraviesa un país. La derrota de los días (FCE, 2025), de Mauricio Carrera, pertenece a esa segunda estirpe: no se conforman con contar una historia, aspiran a alojar una vida entera con sus innatas contradicciones: aventura y sosiego, vértigo y contemplación, caída y redención.
La ambición de escribir una novela donde suceda la vida, eso es La derrota de los días. Ese gesto, por principio estético, es también moral. Al proponerse encarnar la existencia —y no explicarla— asume la responsabilidad de no traicionar la complejidad humana con simplificaciones complacientes.
En estas páginas realidad e invención se confunden con naturalidad. Lo que ordena no es la obediencia documental o la certeza histórica, sino la verdad de la destreza del oficio. La novela sigue a su protagonista —Joaquín Ríos— desde el mundo del cine hasta la crudeza del mundo: andanzas, guerras, trabajo, vagabundeo, frío, amor, muerte.
Uno de los personajes, Jack London, dedica estas palabras a Joaquín Ríos: “que el goce de la vida ardiente sea tu camino. Recuerda que los muertos nunca se levantan para lamentar haber desperdiciado sus días”. Ahí, en esa brújula ética y vital, se condensa la filosofía de esta novela: vivir antes de que el tiempo nos derrote, vivir con sed, vivir como quien sabe que los días son finitos, por eso mismo, sagrados. Carrera no idealiza a Jack London: lo juzga, que es una forma seria de la admiración. La novela reivindica a London —gran escritor, aunque disparejo— y lo acusa de haber desperdiciado el genio en nombre del dinero. Allí entra el contraste con Hemingway, otro personaje, tratado con una ironía punzante. Hemingway aparece como fabricante de leyenda, como “comprador de historias”, como hombre que simula vivir lo que escribe: “Se creía el mejor navegante, el mejor pescador… Hablaba como si se tratara del mejor escritor del mundo y uno tuviera que hacerle alguna forma de reverencia”. La novela sugiere: la aventura no se compra, se vive. La literatura no se pavonea, se trabaja.
La derrota de los días es una novela de formación: la historia de un personaje que se hace a sí mismo en el movimiento, en el peligro, en la intemperie. Aquí conviene precisar algo: no es una formación pedagógica, no conduce a un catecismo, a una lección moral. El aprendizaje de Joaquín Ríos es de una lucidez más amplia y amarga. Además, hay un rasgo que me parece admirable: no se nos impone un retrato físico. De Joaquín Ríos sabemos su historia, su aprendizaje, su modo de estar en el mundo; no su rostro. Ese vacío no empobrece: potencia. Lo esencial le pasa por dentro y por lo que el mundo le arranca por fuera.
Por eso, uno de los riesgos mayores de La derrota de los días —y una de sus conquistas— es la guerra. No la guerra local, no el conflicto doméstico, sino la guerra mundial en el Pacífico y la guerra de Corea, hoy tan olvidada. Pocos narradores mexicanos se han aventurado con tal determinación en la descripción de esos paisajes, en su belleza terrible, en su espanto. Lo importante es lo que el escenario produce en el personaje. La guerra funciona como laboratorio de extremos: miedo, hambre, camaradería, azar, culpa, lucidez, supervivencia. No hay épica complaciente, hay experiencia límite. Hay escenas de guerra donde la novela alcanza una intensidad dramática que, sin exageración, solo logra la gran literatura: la que conmueve y emociona profundamente.
El otro personaje tutelar es José Revueltas. Es su gran eje dialéctico. Revueltas no aparece como estatua revolucionaria sino como presencia viva, contradictoria, entrañable. Aporta un espesor ético que impide que la aventura se convierta en entretenimiento. La conciencia social, la batalla interior, la dureza luminosa: todo eso atraviesa el libro como un contrapeso a la tentación del mito.
Hay otros autores que aparecen en sus páginas, los beats, Truman Capote, Fernando del Paso. De este último hay guiños visibles con José Trigo. Aparece Joe Wheat, personaje del mundo ferroviario, y con él el aprendizaje del tren como forma de vida: subirse en movimiento, orientarse por el olfato, viajar jamás en línea recta, no saber el destino, no temer el error, porque lo importante no es llegar, sino el viaje mismo. Hay la liturgia del silbato ferroviario y las del esfuerzo humano entre las vías del tren. Mauricio Carrera lo sabe: la novela recibe una tradición y la hace circular por sus venas.
Otro personaje es Norman Mailer cuya confesión es un espejo de la ambición literaria: “Tenía en mente no una medalla o un balazo en la pierna o en la frente; más bien una novela, no cualquiera. Estaba en persecución de lo que no sin vanidad denominaba la Gran Novela Norteamericana”. Aquí, el libro y Carrera parecen hablar de sí mismos. La derrota de los días —con serenidad, sin retórica— busca esa campanada: no en la tradición norteamericana, que Carrera admira y con quien dialoga, sino en la tradición de la gran novela mexicana. No la novela “importante” por su tema; la novela importante por su ambición formal, por su riesgo, por su capacidad de ahondar en algo más grande: la condición humana. Así, este libro no embalsama el mundo: lo deja envejecer. En esa vejez —en esa derrota— Carrera encuentra una forma austera de belleza.
Hay asimismo una pasión por el cine que se manifiesta en su capacidad de crear imágenes, de montar escenas, de iluminar el mundo como si una cámara interior lo filmara. La novela inicia, precisamente, con la filmación de El despertar de una nación, basada en una noveleta —El mexicano— escrita por Jack London, con guion de José Revueltas.
Así, hay dos formas de leer La derrota de los días, y ambas son plenas. La primera: sin búsquedas ni afanes intelectuales, como una historia en sí misma, con su energía de aventura y su pulso emocional. La segunda: como una constelación de pistas, guiños, homenajes, referencias, y con esa tentación: la de buscarlas, descubrirlas. Esa segunda lectura no es requisito para la primera. Es un suplemento excitante. La novela no impone un examen; ofrece una invitación.
La derrota de los días hace suya una de sus frases: “hay que escribir mejor, con menos pereza”. Porque unir vida y literatura no es un capricho, es una disciplina.
Al final, cuando el libro ha atravesado mares, guerras, trenes, cantinas, cartas, bibliotecas, aparece un personaje femenino que reorganiza el deseo y la memoria: Olga de Zaragoza, “La Tijuana”. Cercana e inalcanzable; diosa y mundana; bella, potente, orgullosa, soberana. Su aparición no es capricho: es una culminación. El amor —en una novela que ha visto tantas formas de intemperie— no podía ser un descanso simple. Debía ser otra prueba. La prosa se permite allí pasajes sensuales, de fino erotismo, donde el cuerpo y el lenguaje alcanzan una elegancia carnal.
Hay que leer esta novela por su aventura —que la tiene—, por su mundo —que lo despliega—, por su intensidad —que la alcanza—, también por algo más raro: porque en ella la literatura no se mira al espejo; sale a la intemperie. Se mezcla con la guerra, con el trabajo, con el amor, con la pérdida, con la búsqueda de origen, y con la certeza de que el tiempo lo erosiona todo.
La derrota de los días llega a momentos de dramatismo y emoción que solo logra la gran literatura. Aun en su última página hay fuerza, se logra un gran final, sorpresivo y conmovedor. Me parece que con este libro Mauricio Carrera ha alcanzado su obra mayor: una novela que invita a leer —y a vivir— con menos pereza, con más sed, con más conciencia del tiempo, y con esa rara gratitud que solo los grandes relatos despiertan.
AQ / MCB