Dios no endereza jorobados

Bichos y parientes

Al pensar en Sartre y Aron emerge una tensión política e intelectual: elegir la pasión revolucionaria o asumir la incómoda evidencia del fracaso del modelo cubano.

Vehículos a la espera de abastecerse de combustible en La Habana. (EFE)
Julio Hubard
Ciudad de México /

En los años sesenta, el influyente periodista francés Jean Daniel, harto de la lucidez seca y “morosa” del casi único liberal Raymond Aron, le confesó a su colega Claude Roy con abatimiento: “Al final me pregunto si no es preferible equivocarme con Sartre, más ardiente, exuberante y efervescente, que tener razón tan tristemente con Aron”. Claude Roy lo publicó en Le Nouvel Observateur en 1968 y la boutade se volvió rápidamente un eslogan, casi un dogma de cierta izquierda romántica.

No es un enunciado accidental. Se han propuesto mil orígenes: Voltaire, Gustave Nadaud, Édouard Herriot y podemos ir hasta Cicerón. En las Disputationes Tusculanae (I, 39): “¡Por Hércules! Prefiero equivocarme con Platón [...] que tener razón con esos”. Y “esos” son los materialistas estoicos y epicúreos. El discípulo que habla aquí prefiere el hermoso error de la inmortalidad del alma, con Platón y los pitagóricos, que la realidad cruda de morirse y nada.

Han cambiado los ejes de trascendencia e inmortalidad. Ya no es Dios sino la Historia, el materialismo dialéctico... Recuerdo de la facultad: un profesor marxista hasta las cachas daba Filosofía de la Historia e insistía en su “método nomológico-deductivo”. La historia será tan ciencia como la física, o no será... Quizá en el Purgatorio sus predicciones sean menos imprecisas. Aquellas izquierdas acusaban un miedo secreto, una voz interna les susurra que su ámbito de eternidad y trascendencia es una mentira, que el historicismo es una miseria ideológica. El diablo en esa religión es más preciso: ¿y si Aron tiene razón?

Mejor la pasión exuberante, aunque yerre, que la razón fría y antipática. Sartre acababa de volver de Cuba embriagado por la Revolución; Aron ya olía el totalitarismo. Uno era el intelectual heroico y comprometido; el otro, el aguafiestas liberal. Y muchos eligieron —y siguen eligiendo— la pasión del primero aunque la realidad los acose con la sensatez del segundo.

Hoy, en 2026, Cuba vuelve a ser el laboratorio donde esa elección se vuelve obscena. Apagones de dieciocho horas, colas eternas para un pan que casi no existe, medicinas que se consiguen en el mercado negro o no se consiguen, un éxodo que ya supera el millón y medio de personas desde 2022, una pobreza que roza el 90 % según los pocos números que se filtran. No es “el bloqueo”. Es el modelo. Es el centralismo, la corrupción de la casta militar-empresarial, la ausencia de reformas reales. Es, en una palabra, el fracaso. Prisión y pobreza. Punto.

Y sin embargo, una parte importante de la izquierda se niega a ver lo evidente. No es que dude. Es que no puede admitir el error. Porque dentro de ese error no habita solamente una equivocación política. Adentro vive una manera completa de ver el mundo: una ética, una moral, una escatología laica. Todo lo que constituye al sujeto.

El materialista histórico no puede renunciar a la responsabilidad del saber y del conocimiento. En su religión secular no hay Dios que sepa todas las cosas y en el cual pueda uno descargar la responsabilidad de toda la verdad. Para ellos, su propia conciencia es el fin último del camino y no hay más allá. Y muchos han apostado su resto a esa militancia. De pronto, no les queda sino apechugar y seguir enderezando jorobados.

Aron lo diagnosticó desde 1955, en El opio de los intelectuales: Sartre y los suyos habían convertido el marxismo en una religión secular, un opio que los hacía indulgentes con los crímenes del comunismo real mientras condenaban sin piedad al Occidente liberal. Camus, que rompió con Sartre precisamente por esto tras El hombre rebelde, tenía su propia lectura de la mala fe: la rebelión auténtica acepta límites y rechaza justificar el terror en nombre de la Historia; el revolucionario, en cambio, cae en la deshonestidad intelectual cuando sacraliza su causa y cierra los ojos al gulag o a la prisión cubana.

Sartre lo llamó mala fe. No es simple mentira; es usar la libertad para negar la libertad. Como el camarero que se convierte en “Camarero” para no tener que elegir otra cosa, el militante ateo se convierte en “Revolucionario” para no tener que mirar el cadáver de su sueño. Sabe en el fondo que el desastre de Cuba es propio, intrínseco. Pero eso, para quien apostó todo su ser a una causa, es impronunciable.

Por eso prefieren equivocarse con Sartre. Ya no es una insurgencia del alma romántica. Es pánico existencial. O una simple bajeza: callar por truculenta conveniencia.

AQ / MCB

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