Los poemas que se ofrecen a continuación pertenecen al libro ‘Formas de estar a solas. Cartas perdidas a Edward Hopper’, de inminente aparición en un tiraje limitado de cien ejemplares en el sello Mano Santa Editores, fundado en 2011 por Emmanuel Carballo, Jorge Esquinca y Luis Fernando Ortega como una alternativa para la publicación de poesía en México. El nuevo título de Mauricio Montiel Figueiras propone una reescritura de la correspondencia de Alta Hilsdale (1884-1948), una mujer de sangre noruega cuya ambigua relación con Edward Hopper (1882-1967) se mantuvo en secreto hasta 2013, cuando se hizo público el descubrimiento de cincuenta y ocho misivas en el ático de la casa de infancia del artista estadounidense en Nyack, Nueva York.
20 de julio de 1909
Temo que lloverá si decimos Saint-Germain en voz muy alta. La lluvia es un tambor, decimos, la lluvia es un piano acariciado por manos delicadas e invisibles pero en verdad somos nosotros quienes la tocamos, intérpretes de lo que cae sin tregua desde el cielo. No hay lluvia que se pueda contemplar igual que otra lluvia, decimos, ya que la mirada cambia, la mirada se agita como un pez sacado de las simas de lo que no está decretado a permanecer y nuestros ojos han sido hechos de agua inquieta. Qué fácil es decir que amor y lluvia van siempre de la mano cuando lo difícil es dejar que nuestros cuerpos se despojen de sus ropas y se empapen tiritando hasta los huesos. Todo cabe en la lluvia si se le sabe acomodar, decimos, así que ven a mí, acércate a mi lado, encontrémonos bajo el diluvio sin tomar en cuenta el tiempo porque el tiempo es justamente eso que pasa mientras llueve. Temo que lloverá si decimos tiempo aunque sea en un suave murmullo acuático a espaldas del tifón.
1910
Me he enterado sin querer enterarme que estuvo otra vez en París, en ese estado de ánimo que nos ha dado por llamar París. Déjeme, le pido, imaginar el siguiente diálogo entre un hombre que podría ser usted y una mujer que podría ser yo. Vámonos a París, dice él. Muy bien, dice ella, pero ¿cuándo? Mañana, dice él. No, dice ella, ahora mismo porque mañana será invariablemente demasiado tarde. ¿Quieres conocer una razón por la que me gusta París?, dice él, porque allí se encuentra todo. ¿Todo?, dice ella, ¿estás seguro? Sí, dice él, hasta lo que perdiste en la infancia y creíste no recuperar jamás. Sabía que ibas a elegir París, dice ella, y no por ejemplo Berlín o Lisboa, Buenos Aires o São Paulo, Estambul o San Petersburgo. ¿Por qué?, dice él, ¿qué te hace pensar en París cuando clavas tus ojos en mis ojos? Hay ciudades que se leen en el cuerpo, dice ella, hay ciudades que definen el cuerpo de quienes las añoran aunque estén fatigando sus calles y habitando alguno de sus múltiples rincones.
AQ / MCB