El camino al oprobio: historia del fracaso de la censura

Bichos y parientes

El poder ha buscado someter la expresión a lo largo de la historia, pero la represión suele darle más fuerza a la burla y la disidencia.

Fotografía de Osip Mandelshtam tomada en 1938 por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética. (Wikimedia Commons)
Julio Hubard
Ciudad de México /
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En el prólogo a su Gramática de la lengua castellana (1492), Elio Antonio de Nebrija juega el garlito del poder: “siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caída de entrambos”. La reina entendió y arropó la iniciativa. Hoy somos 500 millones de hablantes nativos del español.

La relación entre los usos de la lengua y el poder fue vista con entusiasmo en los orígenes de la modernidad, pero con la multiplicación de los medios de comunicación comenzó a oscilar entre el miedo y la esperanza, para convertirse en el miedo puro durante el siglo XX y hasta hoy. Entre más libertad gana el uso de la lengua, menos poder puede ejercerse desde los gobiernos. Todas las tiranías han controlado los usos del lenguaje. O eso creen.

Tácito relata, en Los Anales (14, 50) el caso de Fabricio Veyentón, quien “habiendo escrito en ciertos libros cosas muy feas de senadores y de sacerdotes” desató la furia de Nerón. Tanto, que él mismo se nombró juez: desterró a Veyentón y ordenó quemar todos sus libros. El resultado: esos libros “se buscaron y leyeron con gusto y curiosidad mientras no se podían tener sin peligro, hasta que la libertad de tenerlos fue causa de que ya no se buscasen ni estimasen”.

Procopio era el historiador del general Belisario y, como tal, prácticamente vivía en las cortes de Justiniano y Teodora. Su trabajo era el del panegirista y escribió Los Edificios, una crónica encomiástica de las obras del imperio; al mismo tiempo escribía otro libro, que conocemos como Historia secreta. Inicia diciendo: “lo que ahora me dispongo a escribir revela lo que realmente sucedió en el Imperio Romano. En su momento no me fue posible escribir la verdad tal como es obligación del historiador… Si lo hubiera hecho, me habría arriesgado a la muerte más horrible en cuanto su cuadrilla de espías lo supieran. No podía ni siquiera confiar en mis parientes más cercanos. Por este motivo, en los libros anteriores, me vi obligado a ocultar muchos hechos que conocía”. El libro de Los Edificios casi ni se puede conseguir hoy. La Historia secreta circula en varias ediciones.

Para asomarnos a la Edad Media y la temprana modernidad recomiendo el libro de Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: frente al discurso oficial, monológico y embadurnado de sacralidad, la sociedad responde mediante lo carnavalesco, la parodia, la sátira.

Ya instalada la cultura de la imprenta y, después, los periódicos, la radio, la televisión, la censura debió haber perdido toda esperanza. Sin embargo, el siglo XX quedó cundido de intentos de censura y represión. Durante el nazismo, la brutalidad fue histórica. Respecto de la represión y los usos de la lengua, recomiendo dos libros: LTI. La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, y el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, de Rosa Sala Rose.

El nazismo, por supuesto, colapsó, pero la bestia vecina, el estalinismo, continuó todavía. La represión era brutal y, sin embargo, sobrevivieron muchas obras de subversión, incluido el famoso poema, de apenas 16 versos, de Ósip Mandelshtam, donde el dictador tiene “dedos gordos como gusanos” y se pitorreaba de su corte de aduladores.

Sabemos de la disidencia soviética, pero no se había documentado del todo la cultura popular. Y recomiendo el libro de Roy Medvedev, Que juzgue la historia (Destino, 1977): estima que hubo 200 mil presos por contar chistes contra el régimen, y que esos se llamaban “chistes de tres personas”: uno lo cuenta, otro se ríe y el tercero los delata. Las burlas nunca desaparecieron.

Y no existía ni internet, ni las redes.

El intento de control y censura de la expresión ha de fallar tarde o temprano. La verdad es que el poder puede ser total y brutal, pero jamás suficiente para someter a la lengua ni a sus usos. Cuando el lenguaje oficial pierde su eficacia, el poder pierde su gravedad, la sociedad se ríe; el poder entra en pánico y su acción sólo puede ser represiva o violenta. Tiene que vencer porque ya no puede convencer: quiere que nos callemos. Su agresividad será creciente e inútil. Siempre con la misma sintaxis: primero el ridículo, luego la brutalidad. Pero la represión solamente aumenta el valor de la burla: la afila. Y su ridículo no es un camino reversible sino termodinámico: una taza que se rompe no se puede “desromper”. Un gobierno que censura y castiga expresiones: sic itur ad opprobium.

AQ / MCB

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