El hallazgo de la Tlaltecuhtli

Memoria

El 2 de octubre se cumplen veinte años del descubrimiento de la diosa mexica de la Tierra; una diosa evasiva, no tenía templos y sus sacerdotes la adoraban en extraños rituales subterráneos

Monolito de Tlaltecuhtli. (Wikimedia Commons)
Sergio Briceño
Ciudad de México /
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Mi primer contacto con el monolito de la diosa terrestre Tlaltecuhtli tuvo lugar el 3 de octubre del año 2006. Vivía yo al norte de la ciudad de Colima y trabajaba como director editorial del Diario de Colima, el periódico de mayor circulación en ese entonces en todo el estado. Por eso mismo, nos entregaban la prensa nacional, El Universal, La Jornada, y otros que se imprimían en la capital del país. Hacía poco que La Jornada había inaugurado la sección “La Jornada de En medio”, que abría con una fotografía de plana completa y un largo pie de foto.

Me deslumbró ver el monolito de la diosa ocupando certero la totalidad del espacio de impresión. Su rostro agresivo pero tierno a la vez, como sufriente, como en espera del próximo sacrificio, no corporal, sino espiritual, y sobre todo la expresión de los dos ojos, que en realidad son dos lunas menguantes. A un lado, en cada uno de los pómulos, dos redondeces rojas, solares. Es como si se estuviese confirmando su carácter de “sol negro”, atribuido por Maarten Jansen a su culto, que se realizaba con la participación de ocho mujeres embarazadas y tres parejas de músicos provistos de flautas y tambores.

Este 2 de octubre, veinte años después, la Tlaltecuhtli goza de extraordinaria salud, salvo por el hecho de que requiere de un programa permanente de conservación, pues se consiguen apoyos financieros eventuales, pero nunca los suficientes para evitar la falta de humedad a la que estuvo acostumbrada durante los siglos que vivió sepultada.

En el 2024 terminé un extenso libro de poesía, que había estado escribiendo desde mi primer contacto visual con Ella, y que fui decantando hasta dejarlo solo con aquellos textos que sentí más vinculados con la diosa. Generosamente, el poeta Iván Cruz Osorio aceptó incluirlo como uno de los títulos de su editorial Dogma, y el año pasado se presentó, con una muy buena asistencia del público, en el anexo del edificio novohispano del Marqués del Apartado, justo frente a la cara principal de lo que fue el Templo Mayor, y a unos cuantos metros de donde la encontraron la pareja de arqueólogos formada por Álvaro Barrera y Alicia Islas, quienes me acompañaron en la lectura.

Álvaro contó de qué manera se suscitó el hallazgo, cómo encontraron el monolito roto en cuatro partes que un grupo de restauradoras logró ensamblar después. Pero lo más complicado fue saber cuáles eran los colores originales de la diosa. Hoy la podemos ver en la sala principal del Museo de Templo Mayor, con algunos retoques, indispensables para avivar su cromatismo, aunque en el libro “La restauración del monolito de la diosa Tlaltecuhtli”, de María Barajas Rocha, aparecen las definiciones y composiciones de los pigmentos que la vitalizaron desde su creación: blanco, rojo, azul, ocre, el tono borgoña que en realidad es un rojo oscuro y finalmente el negro.

Se trata de una paleta sencilla, pero con una profunda significación y un claro entendimiento de los mexicas y sus tribus ancestrales, dentro de las cuales están aquellas que ocuparon la zona occidental del país, en especial las que se desarrollaron durante el periodo Capacha, que Isabel Kelly tuvo el tino de datar en 2500 años antes de nuestra era.

Rescatar estos colores prácticamente desde la tumba, traerlos a la vida y darle con ellos el primer esplendor al monolito, fue un trabajo de minucia y paciencia, que se encuentra contenido en el libro de Barajas, a quien tuve la dicha de conocerla hace un par de años. Es una mujer vital y entregada a la restauración. De hablar pausado, se detiene de pronto en la reflexión sobre la dificultad para conseguir en México proveedores de consolidantes de piedras, en especial de la andesita de lamprobolita de la que está hecha la diosa, con gran propensión a disgregarse y con una alta porosidad, que hace literalmente imposible mantener los colores tal como le fueron aplicados durante algún momento del reinado de Ahuitzotl, por cuya intercesión muchos creen que tomó el aspecto feroz por el que es más conocida, pues sus manos zarpadas parecen a punto de saltar sobre su presa, sin saberse con precisión si se trata de garras de jaguar o de caimán, de codorniz, por su asociación con la tierra, o definitivamente de algún animal hoy desconocido pero con profunda ligazón a lo terrestre.

Cuando vi aquella fotografía de la Tlaltecuhtli en La Jornada en octubre de 2006, le pedí a mi hijo Álvar Emilio que me dibujara una réplica, confiando en sus habilidades con el lápiz, de las que ya había dado cuenta con una serie de obras que terminamos colgando en las paredes de mi antigua casa. La hizo en una hoja de papel bond tamaño carta que me entregó días después. Ahí estaba la piedra labrada, ahí se quedó para siempre, trazada con emoción e incertidumbre por mi hijo. Con el paso del tiempo, con los cambios de vida, esa obra en grafito se perdió, quizás para siempre.

Este 2 de octubre, como he dicho, se cumplen dos décadas de aquel hallazgo. Meses atrás, no recuerdo en qué celebración, el gobierno de la Ciudad de México hizo una réplica de varios metros de altura de la diosa. Bien por los encargados de la cultura capitalina, pues a pesar de sus colores chillantes, seguía siendo la Gran Diosa Tlaltecuhtli, a la que ahora celebro y a la que he celebrado prácticamente la mitad de mi vida. Hoy, a mis 55 años, puedo decir que todavía sigue siendo una diosa evasiva. No tenía templos en la antigüedad y sus sacerdotes la adoraban en extraños rituales subterráneos. Por eso no me sorprendió cuando el arqueólogo Barrera me dijo que en realidad Tlaltecuhtli siempre estuvo frente al primer peldaño de la escalinata principal del Templo Mayor, solo que invisible para el público, tanto el de ahora como el de hace más de 700 años.

La explicación era muy simple: fue sepultada a pocos centímetros del piso por el que caminaban nuestros ancestros y por donde caminamos hoy, cuando nos recargamos sobre el barandal que da vista al basamento principal de este templo emblemático de todos los mexicanos, en el pecho de la Ciudad de México. Por cierto, esos 20 años de mi relación con la diosa, no han sido infértiles: además del libro de poesía, que lleva el título de Monolito, Ella me inspiró otros dos textos: un ensayo que rastrea sus orígenes en el occidente del país, siguiendo lo investigado por Kelly, y una novela en la que la diosa regresa al fin a reclamar su imperio, después de haber estado en nosotros tanto tiempo, en nuestro interior, sin que nos diéramos cuenta, pero percibiendo su olor a lodo y flores.

AQ / MCB

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