El retorno

La guarida del viento

La adaptación de la Odisea reaviva un clásico que ha influido en la literatura y celebra el regreso al hogar como una experiencia profundamente humana.

‘Atenea apareciéndose a Odiseo para revelarle la isla de Ítaca’, de Giuseppe Bottani. (Wikimedia Commons)
Alonso Cueto
Ciudad de México /
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La Odisea sigue con nosotros. La película de Nolan revive una historia que siempre estuvo aquí. Si la Ilíada nos enseña que podemos realizar grandes emprendimientos, bajo la superstición del honor o la gloria, la Odisea nos recuerda algo mucho más concreto y humano: el verdadero viaje es el retorno. La ida explora lo desconocido pero la vuelta se dirige al fuego original. En el inicio, Homero llama a Odiseo el de “multiforme ingenio”. Protegido por Atenea y víctima de Poseidón, Odiseo sufre de peripecias y contratiempos. Conoce a mujeres tan distintas como Circe, Calipso y Nausicaa. Su viaje está poblado por cíclopes, sirenas y monstruos. Sin embargo, su objetivo se mantiene. Su hogar, su esposa, su hijo no forman parte de un botín. Son parte de su identidad. Calipso le ofrece la inmortalidad si se queda con ella. Ulises, hijo de dos mortales, a diferencia de otros héroes que eran semidioses, escoge ser un hombre de la tierra. Quiere envejecer con Penélope. Cuando llega a Ítaca, disfrazado de mendigo, solo lo reconoce su perro Argos que muere en el acto. Penélope, tan astuta como su esposo, ha destejido la tela que tejía de día, para poner a raya a sus pretendientes. Cuando se enfrenta a este extraño mendigo lo confronta con una prueba. En el canto 23, le ordena a una criada que mueva la cama. Odiseo monta en cólera. Él mismo talló la cama junto a un árbol y construyó el cuarto. Solo él y ella saben que la cama no se puede mover. En el hogar, en el dormitorio, en la cama, está la raíz de quienes somos. El viaje ha sido solo un aprendizaje para saber cómo volver.

Esta afirmación es la premisa de muchas de las novelas que se han escrito desde entonces. Lo mismo podemos decir de nuestras vidas. Salir y regresar, un círculo habitual. Recuerdo el relato de Simenon, que García Márquez siempre mencionaba. En “El hombre en la calle” un malhechor es seguido por el comisario Maigret y sus hombres por las calles de París. Sabe que si vuelve a su casa, se encontrarán las pruebas para acusarlo. Sigue caminando. El relato se pregunta: ¿cuánto tiempo puede pasar un hombre sin volver a su casa? En “Ithaca”, Kavafis nos ofrecía un consejo: “Ten siempre en tu mente a Ítaca. La llegada allí es tu destino. Pero no apresures tu viaje en absoluto”.

Hoy más de trescientos millones de personas en el mundo no viven en el país donde nacieron. Estados Unidos alberga a cincuenta millones de ellas. Muchas nunca volverán a su país de origen. Sin embargo, juegan en su imaginación con regresar. Sufren la pasión de la nostalgia. Nostos, en su raíz griega, es “volver al hogar” y algos es “dolor”. Eso es la nostalgia: la pena por no volver a casa. Es aquello que impulsa a Ulises y a muchos inmigrantes. La añoranza del espacio se confunde con la del tiempo. También añoramos el paraíso perdido de la infancia. La película de Nolan ha tocado una cuerda del mundo moderno. Ir, regresar. Movimientos y reposos. Una clave de lo humano.

​AQ / MCB

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