• Elena Poniatowska: “Mi mamá me dio el mejor regalo: un país”

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Diego Rivera, El Santo, David Alfaro Siqueiros desfilan por esta conversación en la que Elena Poniatowska deshilvana algunos recuerdos de su vida periodística

Beatriz Zalce
Ciudad de México /

Lilus Kikus era endiabladamente inquieta: corría a interrogar a un filósofo para saber si él era el dueño de las lagartijas que tomaban el sol afuera en su ventana; se preguntaba cómo hacerle a Dios un nido en su alma sin cometer adulterio e investigaba con su nana de qué tamaño y sabor eran los besos que le daba su novio.

Elena Poniatowska no es diferente a la protagonista de su primer libro, prologado por Juan Rulfo. Desde antes de abrir la puerta de su casa ya está preguntando: “¿Quién?” y luego: “¿Cómo estás?”. Se interesa, mira, escucha. Ofrece té de manzana con canela y jamaica. Sonrientemente, le da cauce a su curiosidad: “A ver, ¿qué me vas a preguntar?”.

“La Poni”, como le decía Carlos Fuentes, publicó su primera entrevista en mayo de 1953 y la más reciente hace una semana. En estos 73 años ha entrevistado a pintores, músicos, escritores, actores, bailarines, luchadores sociales, a todo México y a medio mundo. Sus libros recogen entrevistas y también crónicas, novelas, poemas y cuentos.

Fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo (en 1979) por sus entrevistas y la primera mexicana en obtener el Premio Cervantes. Así argumentó el jurado su fallo: “Por una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo. Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea”.

En la exposición Elena Poniatowska. Archivo personal que puede visitarse en el Museo del Estanquillo, hay fotos, decenas de fotos de Poniatowska entrevistando a la crema y nata de la cultura: a Octavio Paz y a Juan Rulfo, a Luis Buñuel, a Diego Rivera y a David Alfaro Siqueiros, a Rosario Castellanos y a Dolores del Río, a Jorge Luis Borges, a Gabriel García Márquez, a Julio Cortázar y al Subcomandante Insurgente Marcos, además del general Lázaro Cárdenas, sin faltar Juan Gabriel o la mismísima María Félix.

A fuerza de conversar con Josefina Bórquez, la convirtió en la entrañable Jesusa Palancares de Hasta no verte, Jesús mío. Las entrevistas a los participantes en el movimiento estudiantil de 1968 fueron clave para escribir La noche de Tlatelolco. Los damnificados del sismo de 1985 dieron voz al libro Nada, nadie: las voces del temblor. A Rosario Ibarra de Piedra no solo la entrevistó, la acompañó en la huelga de hambre que hizo frente a la Catedral Metropolitana para exigir la presentación con vida de los desaparecidos. Es uno de los textos más poderosos y conmovedores de Fuerte es el silencio. De su amistad con pintores como Carrington, Soriano y Covarrubias hizo Leonora, Niño de mil años y Vida y mundos.

En abril de 1954 Elena fue a entrevistar al escritor François Mauriac. Él se enojó mucho porque su entrevistadora no había leído sus libros y pretendía que él le platicara sobre ellos. Se negó a hablar.

—Ahora comprendo que tenía toda la razón. A veces me vienen a entrevistar y les tengo que decir hasta cómo se escribe mi nombre. Una entrevista es buena si uno va preparado. A partir de lo de Mauriac nunca volví a hacer una entrevista sin estar preparada. En ese entonces estaba completamente atolondrada. Hacía las cosas con una inconsciencia total. Si me hubieran dicho que tenía que entrevistar al general Charles de Gaulle hubiera dicho que sí, sin antes pensar una sola pregunta, creyendo que a la mera hora se me iba a aparecer el Espíritu Santo y me iba a ayudar.

—¿A quién no has entrevistado?

—Bueno, a miles de gentes. Se me quedaron en el tintero muchísimos. Te puedo mencionar a Frida Kahlo. Ella murió en 1954, sí podría haberla ido a buscar… Me habría gustado entrevistar a Sor Juana Inés de la Cruz…

—Si tuvieras que entrevistar a Dios, ¿qué le preguntarías?

—Le pediría que me diera una seña de su existencia. Luego le preguntaría por qué mató a mi hermano Jan en un accidente automovilístico: solo tenía 21 años… ¿Por qué le hizo eso a mi padre y a mi madre, a mi hermana y, obviamente, a mí? También le preguntaría una serie de cosas más privadas. Pero la primera pregunta se la haría con cierta indignación. Sí, con indignación, porque yo creo que todos los jóvenes deben vivir.

En febrero de 1977, la autora de Todo México entrevistó a Rodolfo Guzmán. Su llegada a casa de Poniatowska fue un acontecimiento. Todo el barrio quería ver de cerca a El Santo, el Enmascarado de Plata. Chabela Castillo, quien trabajaba con ella, en general bastante rejega con las visitas, le ofreció café, té, refresco, agua de limón, una copita. Avisó a las demás muchachas de la cuadra y hasta al señor de la tiendita. “Vengan a ver, no se van a arrepentir”. Una cargaba la cafetera, otra la taza, otra la cuchara, dos se disputaban el azucarero, alguien arrimó un mantel. Elena estaba impactadísima: “Ya quisiera un político tener el pegue de El Santo”. Él le contó de lo bonita que es la fama y de todos los sacrificios que hizo para lograrla.

Me pareció un hombre muy auténtico. Vino a la cama. ¡Mira lo que estoy diciendo! ¡Qué subconsciente! —y Elena se ríe, se ríe de su lapsus y la sonrisa se le queda un rato en la mirada. —Vino a la casa con su máscara puesta y eso me gustó mucho.

Nos caímos tan bien que cada 14 de febrero, el día del amor y la amistad, me mandaba un frasco gigantesco de perfume. Hasta que murió. Para mí era una gran ilusión. Un día nos regaló boletos de primera fila para verlo luchar. Llevé a mis hijos y ahí se me reveló su carácter. Felipe, de una bondad infinita, decía: “¡No le pegues, no lo mates, no le hagas nada!”. Estaba desolado de todo lo que estaba viendo. En cambio, Paula gritaba: “¡Sangre, sangre!” Ella tenía unos cinco añitos y Felipe, siete.

—Elena, te hiciste famosa por preguntar las cosas más tremendas con mucha frescura…

—Sí —nomás de acordarse se ríe y le da un sorbito a su té, sostiene la taza con las dos manos—. Preguntaba lo primero que se me venía a la cabeza. Te repito que no tenía preparación alguna. No estudié periodismo ni nada. Cuento fotográficamente lo que veo y oigo. Es mi manera de acercarme al entrevistado. Causó sorpresa que le dijera a Diego Rivera: “¿Por qué está usted tan gordo?”.

Poniatowska comparó al muralista con un elefante de peluche y en dos líneas hizo el retrato del pintor. Durante la entrevista se fue la luz. Ella le preguntó: “¿Y ahora qué hacemos, Maestro?” Él dijo: “Pues yo creo que se va para su casa, Elenita, porque no existe la virtud a oscuras”.

Nonagenaria, Elenísima decidió darse el gusto de tomar clases de pintura, cada sábado, con el maestro Enrique López Pacheco. Es disciplinada, como en todo. Parte de su obra está expuesta temporalmente en el Museo del Estanquillo. Su estilo tiende hacia lo naïf. Pinta sus querencias y sus paisajes favoritos: el mar, los volcanes, el Observatorio de Tonantzintla.

Elena Poniatowska junto a Enrique López Pacheco, su maestro de pintura. (Foto: Beatriz Zalce)

—¿Quién es tu pintor favorito?

—De niña descubrí a Vincent van Gogh. Me gustan mucho sus cielos, todos locos, con las esferas que giran y se te quedan girando en la cabeza. Me gustan mucho sus paisajes y la famosa silla. Leí las cartas, muy desesperadas, que le escribió a su hermano Théo, quien siempre lo ayudó mucho. Me marcó la vida de Van Gogh.

“Pude entrevistar a muchos pintores gracias a la tía Carito, Carolina Amor de Fournier. A ella le gustó mucho que yo empezara a hacer entrevistas en Excélsior. Tan le gustó que me dio un brochecito, un prendedor, que decía Excélsior, una cosa de cuando ella había sido periodista y me lo regaló. Ella fue la que más me animó a seguir en el periodismo.

“Ella iba a ser la directora de la Galería de Arte Mexicano, pero se dio cuenta de que no sabía vender y que su hermana, Inés Amor, sí: Inés platicaba mucho con el posible comprador. Le decía: ‘Esta pintura es mía, me encanta, no quisiera venderla’. Eso hacía que él se interesara aún más, que insistiera, entonces ella le subía el precio. Tenía mucho ojo para reconocer el talento y el don para hacer que los pintores de la Galería de Arte Mexicano se llevaran bien. Como su mamá los cuidaba. Soriano siempre decía que Inés le salvaba la vida; Carlos Mérida, igual”.

—¿Cómo se entrevista al que sufre?

En la cárcel de Lecumberri ya me conocían desde 1958, cuando el problema ferrocarrilero. Fui a visitar a Siqueiros y a los presos del 68. La foto conocidísima de Siqueiros con la mano así, protestando, la tomó Héctor García porque le pedí al general Martín del Campo, el director del penal, que le permitiera entrar y tomar fotografías.

“En el caso del terremoto de 1985 uno no podía añadirle nada al horror de la muerte. Tampoco se podía usar grabadora. Si la persona venía a la casa a darme su testimonio, entonces sí. Pero en la calle es difícil cargar con una grabadora y acercársela a la gente que está llorando… Platicaba con ellos y como en esos días tenía la sensibilidad a flor de piel, recordaba todo lo que me decían. Todo se me grabó”.

A la Premio Cervantes 2013 le gusta la gente que se dedica con pasión a lo que se ha propuesto: “Eso lo encontré en Guillermo Haro que era un estrellero, un observador del cielo, y que todas las noches de su vida, todas las noches que viví con él, se asomaba a ver al cielo y eso me impactaba. Escribía sus artículos, dirigía una colección muy buena: Problemas científicos y filosóficos.

—Pero has relatado que cuando lo entrevistaste la primera vez fue hostil…

Elena no deja terminar lo que iba a ser pregunta. Interrumpe.

—Por mi culpa, absolutamente. Él me miró con sospecha, con displicencia, y me dijo: ‘Apuesto que no trae usted ni papel ni lápiz’. Busqué en mi bolsa y no traía ni papel ni lápiz. Me dio muchísima pena. Pero poco después supe que él iba a estar en Tonantzintla un día. Me fui a la central de autobuses de Taxqueña para ir a verlo. Llevaba plumas, libretas y hasta una cámara fotográfica para entrevistarlo. Eso a él lo sorprendió. Después de la entrevista me preguntó:‘¿Y cómo vino usted? En camión.’ Y me fue a dejar a la terminal. Para entonces ya le caía mejor porque la primera vez le caí de la patada.

—Una de las preguntas del Cuestionario Proust, el que le aplicaste una vez a Octavio Paz y que refieres en Las palabras del árbol, es ¿cuál es la grosería que más dices?

No soy nada afecta a las groserías. Nunca me eduqué con groserías primero fui una niña católica, religiosa, y luego ya mayor yo no oía groserías. Mi mamá llegaba a decir ‘¡Merde!’ así, en francés, cuando no encontraba algo o se le caían las llaves… Pero creo que una grosería en un momento específico es pertinente. Recuerdo mucho que al día siguiente de la masacre de Tlatelolco, cuando Guillermo leyó lo que decían las primeras planas de los periódicos, dijo: ‘¡Hijos de la chingada!’ Fue la primera vez que le oí una grosería, en 1968.

“El cuestionario Proust se lo apliqué a mucha gente porque te contestan muy breve: ‘¿Qué color le gusta? Rojo ¿Qué le gusta comer? Papas.’ Y así…”.

Elenísima, entrevistadora de tiempo completo, anticipa la pregunta y contesta: “Me gustan mucho todos los colores del sol: el amarillo, el naranja”.

Hace unas semanas Poniatowska apareció retratada en la portada de la revista Vogue con su traje de tehuana, el que le hicieron unas mujeres de Juchitán, el que, orgullosamente, se ha puesto para recibir premios como el Cervantes o el Rómulo Gallegos y la Medalla Belisario Domínguez. Ese traje de satín rojo con bordado de cadenilla en color amarillo que la hace parecer un sol es de sus prendas favoritas y forma parte de la exposición Elena Poniatowska. Archivo Personal.

—¿Es tu traje de istmeña el regalo más bonito que has recibido en la vida?

—No, el regalo más bonito, el más importante, el que agradezco cada día, me lo hizo mi mamá cuando era yo niña y llegamos a México en 1942: me regaló un país. Un país que amo mucho. Aquí aprendí español, aquí me hice periodista, y haciendo entrevistas tuve a los mejores maestros que te puedas imaginar. Aquí nacieron mis hijos y mis nietos.

AQ / MCB

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