• Enrique Serna: “No me siento poseedor de la verdad histórica”

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Enrique Serna habla de los desafíos detrás de su libro ‘El dios hambriento’, recreación literaria sobre los orígenes del imperio mexica.

Ciudad de México /
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Con El dios hambriento, Enrique Serna vuelve a la novela histórica. Como leemos en el “Epílogo”, en ella “aparecen como certezas algunas hipótesis o teorías que los principales historiadores del México antiguo han formulado para explicar los enigmas de su régimen teocrático”. La verosimilitud y la ficción concurren para escenificar la pugna entre Nezahualcóyotl, el depuesto rey de Texcoco, y Tlacaélel, un iluminado, el artífice político de las campañas imperialistas del pueblo mexica, y el amor incestuoso entre Nezahualcóyotl y Chimalma, su media hermana. La corte y la alcoba son los escenarios donde los personajes son bendecidos o escarmentados por el poder.

Detrás, o debajo, de El dios hambriento hay un exhaustivo trabajo de investigación que sirve de contexto a la ficción. ¿Podrías abundar en eso?

Cuando empecé mi trabajo de investigación estaba un poco a ciegas porque no había definido de qué iba a tratar mi novela. Sencillamente, deseaba estudiar aquella época porque venía de haber escrito una teleserie sobre la Conquista que reavivó mi curiosidad por el imperio mexica. Esas lecturas me dieron ideas. Pude entonces hacer una escaleta, que siempre utilizo, aunque no sigo al pie de la letra. En esa escaleta inicial no aparecía Quilaztli, que habría de convertirse en un personaje importante.

Así que continué el trabajo de investigación con una idea más clara de lo que estaba buscando. Fue un trabajo difícil, sobre todo porque me preocupaba el estilo de la novela, y, como diría José Alfredo, hubo momentos en que quise mejor rajarme, pero perseveré. Soy Capricornio y nuestra principal virtud es la terquedad. Así que fui metiéndome cada vez más en el tema hasta sentir que ya podía emprender la escritura. Aún no me quedaba claro que arrancaría en el año 1430. Además, tenía pensada una segunda parte que ocurriría diez años después, el momento en que Izcóatl intriga para que Tlacaélel no fuera el siguiente tlatoani pues para entonces ya estaba muy desengañado de ese tipo brutal. En esa segunda parte tenía planeado que una de las hijas de Tlacaélel fuera amante de Nezahualcóyotl, pero luego abandoné esa idea porque me pareció que era mejor que la novela quedara concentrada temporalmente en ese año y medio en que transcurre la acción.

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Ofreces una versión anti idealizada del pueblo mexica, lejos de algunas visiones edificantes. Vemos la violencia, los sacrificios humanos, las traiciones y delaciones, las intrigas políticas…

Traté de reconstruir esa época con el mayor apego a la verdad histórica, aunque no me siento poseedor de la verdad histórica. Solo aspiro a que mi novela sea verosímil, y para eso tuve que mostrar lo bueno y lo malo de aquella sociedad. No creo que hayan existido las edades de oro y esta novela narra la génesis de un imperio. El imperialismo ha sido nefasto en cualquier época: el imperialismo romano, el de Napoleón, el español…

De modo que muestro cómo se va gestando ese afán de sojuzgar a todos los pueblos vecinos. Tlacaélel tiene un papel fundamental en la construcción de la ideología que le da fundamento a ese imperio pues se presenta como el portavoz de Huitzilopochtli. La gente cree que Dios le habla, Quise mostrar estos hechos como creo que pudieron ser. Es lo que hace la novela histórica: proponer conjeturas que sean verosímiles.

Ya habías explorado la Nueva España. Ya habías explorado el siglo XIX y el México que ingresa a la modernidad. ¿Sentías que el México antiguo era una deuda pendiente?

Desde luego, porque cuando era niño tenía la ilusión de transportarme a esa época, y esa ilusión renació en la edad madura. Sabía que era una idea descabellada, que me ponía a prueba.

Nezahualcóyotl y Tlacaélel representan dos visiones del mundo. Nezahualcóyotl sigue a Quetzalcóatl, el civilizador. Tlacaélel sigue a Huitzilopochtli, el dios hambriento de sacrificios humanos.

Creo que ambas figuras podrían, hasta cierto punto, ser personajes arquetípicos. Tlacaélel pudo existir en el antiguo Egipto y también en la actualidad. La lucha por el poder no ha cambiado mucho y tampoco las pasiones que hay detrás de ella. Son las mismas en todas las épocas de la historia. Nezahualcóyotl y Tlacaélel son personajes amarrados a su época. Finalmente, el espíritu de una época se convierte en atributo de la personalidad.

Tlacaélel no es un líder autoritario al estilo del siglo XXI porque utiliza a la religión como fundamento de su poder. Nezahualcóyotl representa el tránsito del idealismo al pragmatismo, que muchos políticos deben hacer y significa una serie de claudicaciones.

No hay maniqueísmo. Tlacaélel tiene momentos de flaqueza y Nezahualcóyotl comprende que debe utilizar artimañas para recuperar Texcoco.

En efecto. Nezahualcóyotl tiene que hacerse un poco canalla para reconquistar su reino. En algún momento de la novela, se da cuenta de que por las buenas no va a lograr nada. Gracias a la astucia de su hermana Chimalma, un personaje más frío y con más habilidad para la intriga política, se le va abriendo el camino para reconquistar su reino. Nezahualcóyotl tiene la personalidad temperamental heredada de su padre, Ixtlilxóchitl. Tiendo a presentarlo como un artista bohemio, como los artistas de nuestra época, incluyendo su abuso de los paraísos artificiales que, por cierto, eran de una variedad fabulosa en aquella época. Me quedé fascinado cuando descubrí el chocolate con teonanácatl, el hongo de la flor del cacao, que tenía efectos alucinógenos y los ponía muy bien, sobre todo en las sesiones de flor y canto, muy edulcoradas por la etnografía, que las presenta como algo de una gran pureza. En realidad, eran grandes bacanales y la Casa del Canto era un burdel.

Ahí está la vida pública, las intrigas palaciegas, y también la vida privada, la alcoba perfumada de copal, es decir, la pasión prohibida entre Nezahualcóyotl y Chimalma. ¿Por qué elegiste el incesto como uno de los detonantes de la acción y no el adulterio o el amor entre castas irreconciliables?

Quise establecer un paralelismo entre el incesto de Quetzalcóatl con su hermana Quetzalpétlatl, la causa de que Quetzalcóatl, el representante de la utopía civilizadora, tuviera que huir y fuera derrocado, y Nezahualcóyotl y Chimalma. Quería que se repitiera la misma historia. No es el único amor prohibido en la novela porque también está el de Chimalma y Quilaztli, lesbianas, algo bastante insólito para aquella época.

No hay testimonios de lesbianismo en los tiempos prehispánicos. Sí hay de homosexualidad masculina, muchísimos, pero estoy seguro de que el lesbianismo se practicaba, solo que las mujeres estaban tan reprimidas y relegadas que no quedó huella de esto. Hay que tomar en cuenta, además, que los evangelizadores destruían cualquier códice o documento pecaminoso. Por eso destruyeron, por ejemplo, toda la poesía erótica, que de seguro existió, a diferencia de lo que pasa, por ejemplo, entre los incas, donde hay cancioneros amorosos muy abundantes. Me parece que entre los mexicas hubo una vena picante.

Esas dos mujeres, Chimalma y Quilaztli, tienen una visión sensible de la vida frente a la brutalidad de los hombres.

Me di cuenta de que si me limitaba a narrar la pugna entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel podía resultar una novela sórdida y amarga que no iba a divertirme. Quise introducir un punto de vista femenino que contrarrestara la supremacía machista, que era aplastante en la familia, la sociedad y en todos los rituales del poder. Es algo que se reflejaba incluso en la vestimenta. Hay que ver a los nobles en las ceremonias, con esos penachos fabulosos, las narigueras, para comprobar que eran más divas que las mujeres, lo que luego se repitió con el traje de charro. O sea, hombres que quieren llamar mucho más la atención que la mujer que tienen al lado. Quise mostrar la otra cara de la moneda, con dos mujeres que además son valientes, sobre todo Quilaztli, y talentosa en el caso de Chimalma, que es poeta, tlacuilo, hace cerámica, con una educación esmerada en Texcoco, la Atenas de aquel tiempo.

Tlapáltic, el mono araña que acompaña a Quilaztli, me pareció un gran personaje. No solo es un pícaro bien hecho, sino que tiene el don de la anticipación. Es un brujo con cola. ¿De dónde te vino la idea de darle un papel crucial?

Está inspirado en mi perrita. Algunas de sus conductas, su curiosidad, su capacidad para el cariño o el miedo, son de mi perrita, que me deja observarla, Además, quería introducir en la novela el asunto del nahualismo, algo que me encanta porque me parece darle una dimensión mágica al amor que le tenemos a las mascotas. Tlapáltic es un mono inteligente, que tiene un vínculo afectivo y espiritual muy profundo con Quilaztli. El personaje de una mujer medio bigotona y con un monito en el hombro… a quién te recuerda.

Después comencé a jugar con el personaje. Me di cuenta de que podía darle más fuego para que no fuera un personaje episódico, sino que tuviera un papel importante en el desenlace de la novela.

El dios hambriento es una novela que también seduce a los sentidos. Abundan los perfumes, las descripciones de los platillos a la mesa, sus salsas, sus adobos, sus texturas, y de las ropas de cada estamento. ¿Este universo sensorial estaba entre tus propósitos iniciales?

Una vez que tuve el plan de la novela, buscaba algunos detalles en las lecturas que hacía, detectando qué podía servirme para qué momentos. Los tenía ahí reservados para cuando, por ejemplo, describiera un huipil de Chimalma, algo parecido a lo que hace un director artístico en una película.

Nunca se cae la trama. No encuentro un bache que a veces puede ser hasta lógico en una novela de la extensión de El dios hambriento. No hay un momento de respiro. ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cuál es el secreto?

Creo que el secreto es poner a los personajes en conflicto, que ese conflicto se vaya modificando, pero que nunca desaparezca. Pero creo también que otro requisito es tratar de profundizar en el alma de los personajes para que los acontecimientos se desprendan de su naturaleza profunda. O sea, no imponerles a los personajes cosas que van en contra de su carácter. Así es como pueden empezar a tener vida propia, de modo que la trama no parezca algo artificial.

¿Y para eso te sirvió toda tu experiencia como guionista de series para televisión?

Sin duda que me sirvió porque en las telenovelas, en las que trabajé en la época de los culebrones de 160 capítulos, debíamos incluir efectos de suspenso, no solo al final de cada capítulo, sino al final de las entradas a comerciales: había que integrar las subtramas con el núcleo argumental. Esa escuela me sirvió ahora y también en Ángeles del abismo, otra de mis novelas folletinescas.

Hay muchas interpretaciones artísticas de la caída de Tenochtitlan. Pienso en Tu sueño imperios han sido, la novela Álvaro Enrigue, y en un cuento de Donald Barthelme, “Cortés y Moctezuma”, y en Sofía Guadarrama y su Tlatoque. Desde la escena teatral, pienso en Moctezuma II de Sergio Magaña y en 1521: La caída, de David Olguín, sobre la rendición de Tenochtitlan. No recuerdo, sin embargo, una pieza ficcional del México antiguo.

Creo que es un territorio aún inexplorado. La atención de los escritores se ha centrado en la época de la Conquista, como si no hubiera ningún acontecimiento novelable en los dos mil años del México prehispánico, Nadie puede lanzarse a escribir una novela sobre los olmecas, por lo poco que se sabe de esa cultura. Pero en este caso me pareció que había suficiente información para escribir cómo nació el imperio mexica.

Portada de ‘El dios hambriento’, de Enrique Serna. (Alfaguara)

Hay voces que te acusan de hacerle el juego a la Corona española. ¿Qué opinas de eso?

Me da mucha risa, porque escribí una novela, que es Ángeles del abismo, en la que hay una crítica muy fuerte a las autoridades coloniales, a las órdenes religiosas, a la Inquisición. De modo que no me pueden acusar de españolista o monárquico. Lo que pasa es que hay gente que cree que la historia debe utilizarse con fines de propaganda. Cuando uno escribe algo como El dios hambriento ya está metido en esa lógica de la propaganda, pero creo que la literatura tiene un espacio autónomo, al margen de las pugnas ideológicas. Hay quienes quieren imponer como un dogma que no hubo sacrificios humanos en el México prehispánico. ¿O sea que todos los historiadores de la época, Miguel León-Portilla, Alfredo López Austin, vendrían siendo monárquicos españoles? Todos están de acuerdo en que hubo sacrificios humanos.

AQ / MCB

  • Roberto Pliego
  • (1961) Cursó Letras Hispánicas en la UNAM. Fue subdirector de la revista Nexos. Autor de La estrella de Jorge Campos y 101 preguntas para ser culto, es editor de Laberinto.

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