Escondo mi tristeza
en un campo de ortigas.
No la alcanzan ahí
las voces, estas voces
insistentes, constantes,
ecos infinitos de otras tristezas.
Solo los insectos pueden rastrearla
patas, ojos, antenas
olfatos de otro mundo
cenizas de otras vidas.
Guardan, no obstante, silencio conmigo.
Si desvelan su escondite se arriesgan
a olvidar la suerte de su ignorancia.
Este poema forma parte de un libro en preparación.
AQ / MCB