Federico García Lorca: muerte en Granada

Literatura

‘Poeta en Nueva York’ no es solo un referente obligado de la obra poética de Lorca: es una abertura definitiva en la historia de nuestra lírica, una obra cuya vigencia sigue interpelándonos.

Joven muestra un retrato de Federico García Lorca en Alfacar, cerca de donde se cree que está enterrado el cuerpo del poeta. (AFP/Jorge Guerrero)
Miguel Cansino Assens
Ciudad de México /
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Reviso fechas y acontecimientos para no perder de vista la memoria que los textos y hechos encierran y que nos han marcado. En este 2026, se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca a manos de un grupo franquista. Hay que repetirlo cuantas veces sea necesario: asesinaron al poeta, pero la poesía permanece inalcanzable para las balas. En un mundo obsesionado con el beneficio material, la poesía no genera ingresos económicos, razón por la cual algunos son incapaces de entenderla o apreciarla, en contraste con el beneficio espiritual de quien la lee y explora. La poesía genera algo infinitamente mayor: edifica un país, otorga sustancia e identidad al idioma que habitamos. Mientras la lengua española siga viva en la memoria, una obra como Poeta en Nueva York continuará como lectura indispensable de nuestra libertad, afianzada en la cultura contemporánea.

Conservo, con la nitidez de lo que nos constituye, la certeza de que Poeta en Nueva York fue para mí una obsesión temprana: una lectura difícil, sí, pero necesaria y ejemplar. Recuerdo la búsqueda paciente hasta dar con la edición adecuada, que fuera al mismo tiempo deslumbrante al tacto y rigurosa con el texto. Por eso suelo afirmar que la versión que considero definitiva es la que cuidó el poeta y traductor Jordi Doce y apareció en 2013 bajo el sello Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, respaldada por la fijación textual y las anotaciones de Andrew A. Anderson.

Acompaña a esta edición, para una primera aproximación a la obra, el juicio certero de Conrad Aiken (1940), que sintetiza el milagro de sus páginas: “Nada podría ser más notable, en esta nueva colección, que la fertilidad aparentemente inagotable de la imaginación de Lorca. Una imaginación pródiga y fantástica que estaba en todas partes a la vez: los mundos subjetivos y objetivos combinados e inflamados en una sola bola; lo cotidiano desposado singularmente con lo clásico; la canción popular cruzada con el barroco”.

Inaccesibles, eso sí, las ediciones ya míticas de 1940 —publicadas por primera vez en México y Nueva York— habitan hoy en el ámbito de lo imposible: resguardadas en bibliotecas y colecciones particulares para el goce de bibliófilos. Pero más allá de la nostalgia del papel que las vuelve inalcanzables, importa señalar cómo la obra trascendió para volverse un territorio fundacional de la poesía en lengua española. Poeta en Nueva York no es solo un referente obligado de la obra poética de Lorca: es una abertura definitiva en la historia de nuestra lírica, una obra cuya vigencia sigue interpelándonos con la misma ferocidad que el primer día y que su autor no alcanzó a ver impresa, pues salió a la luz de manera póstuma. Para suerte de la poesía, el manuscrito ya estaba en manos de los editores.

Cuando afirmo que asesinaron al hombre pero no a la palabra, me refiero a que su poesía le otorgó una dignidad inalienable al idioma y la identidad republicana a España. Aunque a menudo se encasilla a Poeta en Nueva York bajo el influjo del surrealismo (y algo fuerte y determinante conserva en sus poemas), es mucho más que una obra de vanguardia. Las verdaderas raíces de este libro medular se hunden en un diálogo vivo con los clásicos castellanos y los trasciende para ponerse a su par. De esa forma tradicional, Lorca extrajo el aliento para erigir una voz irrepetible. Por eso, cuando se propagó la noticia de su ejecución, el estupor y la indignación movilizaron a la comunidad creadora. Frente al crimen, los poetas del mundo alzaron la voz: el testimonio en su defensa se convirtió en una legión inquebrantable.

Al leer uno de los poemas de Antonio Machado, quise sumarlo a las voces que denunciaron quién era el caído y a quiénes habían servido sus asesinos. En esos cantos erigidos contra la guerra y la derrota se elevaron las voces de Machado, Rafael Alberti, Luis Cernuda y Pedro Garfias. Para dimensionar esa respuesta lírica hubo que esperar hasta 2016, cuando el historiador y agudo lector Gerardo Sánchez Díaz reunió esos textos. Al rescatar de sus fuentes originales los poemas dedicados a la gloria de Lorca, publicó Federico García Lorca en la memoria de los universitarios nicolaítas, para constituir una de las entregas más sólidamente documentadas de la bibliografía de homenaje, tan excepcional como determinante en la recepción de la obra lorquiana. Esos poemas representan el primer umbral frente al poeta y registran el inicio de una dolorosa constelación: tras la caída de Lorca, Machado hallaría la muerte en los senderos del éxodo hacia Francia; Miguel Hernández sucumbiría bajo las privaciones del presidio; poco antes, Miguel de Unamuno apagaría su voz en el confinamiento salmantino. Los sobrevivientes de la generación del 27 partieron al exilio, algunos sin retorno, como Garfias y Cernuda, quienes murieron en México.

Con rigor y placer, hay que leer no una ni dos sino varias veces Poeta en Nueva York como una obra de transición: al publicarse de manera póstuma, cierra ese círculo de la trayectoria del poeta. Esta obra representa la cumbre de su nombre. Aunque en los años inmediatos a su muerte se conocía la existencia del manuscrito y por momentos pareció perderse su paradero entre noticias inciertas, sobrevivió al horror de la guerra y a la dispersión de su propia generación literaria —causa principal por la cual sus editores no emprendieron la publicación de inmediato—. Prevaleció, en suma, a la infamia del desenlace que tuvo lugar, como dejó escrito Machado en su poema inmortal, en su Granada.

AQ / MCB

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