Clásicos tóxicos: Goethe, de Werther a Fausto

Bichos y parientes

Goethe transformó la literatura europea con obras que exploran el tormento, el deseo y la modernidad.

Anton Kaulbach, ‘Fausto y Mefistófeles’ (detalle), c. 1900. (Wikimedia Commons)
Julio Hubard
Ciudad de México /

Hay clásicos tóxicos. Obras que se vuelven espantosas, equivocadas y hasta perversas. Sin más vueltas, Los sufrimientos del joven Werther, con ese título, en vez de simplemente Werther, que no pasó de joven, porque a los 24 años se pegó un tiro en la cabeza.

Cundió una “fiebre Werther”: jóvenes por toda Europa vestían de frac azul, chaleco amarillo, botas altas. Se tradujo en meses a casi todas las lenguas europeas. Fue el primer best seller moderno, incluso más que La nueva Eloísa, de Rousseau. De dos cosas presumía Goethe: Napoleón la llevaba en la mochila en sus campañas y decía que la había leído siete veces, y el obispo de Milán hizo comprar todo el tiraje, para sacar de la tentación a su grey, y Goethe entiende: “me sentí complacido por la inteligencia de aquel señor… Werther era un mal libro para los católicos” (Eckermann, 3 de abril, 1829). Malo para católicos y malvado para quienes lo leyeron y hallaron el espejo de su alma sufriente: hubo una epidemia de suicidios juveniles.

Goethe comenzó a escribir aquel veneno en 1774, al mismo tiempo que el Fausto. Uno fluyó y en unas pocas semanas quedó listo el joven insoportable; el otro, Fausto, le llevó toda la vida. Destinos cruzados: Werther sigue en las lecturas de preparatoria, quién sabe por qué, y Fausto se posterga cuando cada vez se vuelve más importante, como cifra de una modernidad que ha pactado con el diablo.

No faltó quien lamentara la sabia decisión de poner punto final al joven incontinente y continuar bregando con Fausto. Todavía Alfonso Reyes los juzga juntos: “El Werther y el primer Fausto son la historia de una catástrofe de la persona”, dice en uno de los mejores libros que se hayan escrito sobre Goethe: Trayectoria de Goethe.

Werther es culpable de poner a la ética patas arriba. No el único: Rousseau empezó con llevar las tablas de la ley al calor interno del vientre, cuando decide ignorar la ética de las virtudes (donde conocimiento y virtud operan como pierna izquierda y derecha, y para andar se necesitan ambas) por una ética de la congruencia con uno mismo, que no es sino lucha, tormenta y pasión: Sturm und Drang, en alemán, y ya tenemos Romanticismo. Cosa insólita en la tradición cristiana, el suicidio comienza a verse como acto virtuoso y confirmatorio de la congruencia de algún atribulado yo. Al llegar al acmé, Werther no halló mejor camino que su hipertrófica sensibilidad, moralizada en el almíbar de su corazón, tan frágil. Ha nacido el adolescente como centro de la reflexión ética; con éste, la burguesía de las “tiernas pasiones”, como la llamó Peter Gay. Y con los sufrimientos de “las almas bellas” (dicho con la sorna de Hegel, no con la ternura de la bella Lotte), el desaguisado: desapareció el cuerpo. En esto acierta Foucault, pero se equivoca en acusar a la era victoriana de borrar el cuerpo. Comenzó 30 años antes de Victoria, con los románticos; los victorianos son su cauda. Fueron capaces de suicidios, pero no de erotismo. Fueron ellos y sus filósofos quienes desarrollaron el terror al cuerpo. Un ejemplo solamente: Kierkegaard, magnífico cuando se alarga sobre los estadios eróticos en el Don Giovanni de Mozart, pero paralizado antes de que Cordelia y Johannes hicieran el amor, en otro clásico pestilente: Diario de un seductor. Es época de entrega total de las almas, a las que se les sustrajo todo vestigio de piel.

Pero de eso no vamos a acusar a Goethe o, al menos, no al Goethe maduro, el autor de la segunda parte del Fausto y de uno de los mejores libros de celebración erótica: las Elegías romanas. Mi sospecha es que la Roma de los católicos, que él despreciaba, lo civilizó y lo maduró. Está en su Viaje a Italia. Tiene 36 años y deambula por una ciudad llena de gran arquitectura, monumentos, arte que lo asalta en cada esquina. Se abruma. Dice que es un “museo inhóspito”, hasta que logra descubrir el modo no sólo sensorial sino sensual de relacionarse con el espacio y las artes. El secreto no está en el diario de viaje sino en las Elegías romanas. Una mujer, a quien llama Faustina, lo acompaña en la calle y en la intimidad:

“Me alegra inspirarme en este suelo clásico; /… Pero Amor por las noches me ocupa de otro modo: /… ¿Y no aprendo acaso a la vez que atisbo las formas / del seno gracioso, y mi mano por las caderas se mueve?/ Sólo entonces comprendo los mármoles; pues pienso y comparo, /veo con ojos que sienten, siento con mano que ve.”

Los románticos acusaron a Goethe de traición. No entendían que los estaba salvando.

AQ / MCB

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