Gonçalo M. Tavares: el cuerpo como literatura

Literatura

El autor de ‘Jerusalén’ propone la obra más kafkiana de nuestro tiempo y su lectura es una posibilidad de salir del laberinto en que estamos metidos con el vértigo cotidiano

El escritor portugués Gonçalo M. Tavares. (EFE)
Jovany Hurtado García
Ciudad de México /
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En un tiempo tan vertiginoso y plagado de información, como el nuestro, son pocas las ocasiones en que la vista se fija en los detalles, esos aspectos que forman parte de la vida diaria y por lo mismo pasan desapercibidos. De manera paulatina se deja de percibir la naturaleza de las cosas, se diluye, sin advertirlo, la condición humana que pierde terreno frente a las máquinas. Se han normalizado las transformaciones tecnológicas, el cuerpo se ha convertido en su extensión, entregando, por completo, el control sobre su destino.

El cuerpo ha resultado siempre un desafío para las sociedades, representa el espacio más propio, pero contradictoriamente es también lo más público, se exhibe todos los días ante los otros, son esos, los de afuera, ajenos a la naturaleza íntima del cuerpo, quienes perciben mejor que nadie las limitaciones, deformaciones, exuberancias y todo lo que implica el retrato, que es el cuerpo, en movimiento.

Escribir literatura del cuerpo implica observar de manera detenida. No solo las emociones sino la manera en que estas hacen que él responda y se presente ante los demás. Gonçalo M. Tavares, escritor portugués, de manera meticulosa ha construido una literatura que conversa con el cuerpo, sus deficiencias, enfermedades, ventajas. Lo ha hecho con una prosa poética, breve y concisa que examina, identifica y muestra al lector el espacio donde sucede. La quietud de su prosa es la de un pintor que va poniendo cada una de las partes con precisión. Su escritura vence a las máquinas porque invita a ver los detalles del cuerpo, que únicamente después de leerlos nos percatamos que es nuestro cuerpo el que está siendo descrito. Su literatura invita, irremediablemente, a volver a posar la mirada en los cuerpos que deambulan por las calles de la ciudad, el gran óleo donde ellos convergen, se encuentran y desconocen.

Tavares, en su escritura, deja ver que la exactitud de la física, una de sus carreras, es uno de los componentes que otorgan precisión a su prosa. No es suficiente con nombrarlo, sino con la forma en cómo se hace y permite al lector, en ese mar de quietud que es su escritura, detenerse a ver los detalles. El escritor hace del cuerpo-ciudad su espacio de creación y entiende que la inmediatez se vence con la sencillez poética de sus palabras, que no es lo mismo que la literatura descafeinada que hoy se vende. El autor invita a pensar. Cuestiona el presente e irremediablemente interroga al lector, lo deja con la duda. Logra, entonces, una conversación que va más allá del libro: es un diálogo abierto e infinito con el lector.

Se piensa en el cuerpo y es imposible no ver a la ciudad como un gran cuerpo que contiene a otros cuerpos de menor tamaño, pero de la misma complejidad. En su novela Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre (Almadía, 2018) escribe: “por eso actuamos sobre todo en las ciudades, donde la velocidad promedio de la gente al caminar se ha incrementado mucho, no sé si lo habrá notado. Si calculáramos el ritmo al que se caminaba antes por las ciudades y lo comparáramos con la velocidad actual, concluiríamos que las piernas acompañan la evolución tecnológica: todo se vuelve más rápido…”.

La humanidad ha marchado, de manera irremediable, al ritmo de los cambios tecnológicos que se han vivido, nunca como ahora ha existido el riesgo de borrar nuestro sentido humano, o en palabras de Hannah Arendt: “los esfuerzos de números científicos se están encaminando a producir vida también ‘artificial’, a cortar el último lazo que sitúa al hombre entre los hijos de la naturaleza.” (La condición humana, 2021).

En la narrativa de Tavares existe la templanza para encontrar la respuesta en el afuera olvidado, partiendo de la profundidad de los sentimientos y las sensaciones del individuo (“El susto que nos congela por completo viene de dentro”; Agua, perro, caballo, cabeza, 2005), otorgándole la subjetividad diluida por la masa, este articulado sin rostro y propenso a objetivar todo y concederle una función basada, exclusivamente, en la necesidad de la sociedad. Se es funcional cuando se sirve a los fines del poder invisible que marca el paso del devenir de la sociedad.

Gonçalo M. Tavares ha construido una narrativa necesaria para reconocer y entender el presente asfixiante. El merecido Premio Formentor que fue entregado este año, sin duda alguna invita a que nuevos lectores conozcan su obra, no solo Jerusalén (2006), sino novelas como Aprender a rezar en la era de la técnica (Almadía, 2013), donde el personaje Lenz Buchmann permite entender las complejidades de la naturaleza humana —“¡Es usted un buen hombre!, él sintió la necesidad de contestar con brusquedad, delante del personal del hospital: Perdone, pero de eso nada. Soy médico”— con su variedad de aristas y contradicciones. Nos adentramos en el mundo nebuloso que Tavares ha construido con su literatura que se desprende del cuerpo como el centro del todo, el último espacio donde es posible rescatar la subjetividad.

En un tiempo donde cada vez encontramos más literatura fast food hallar la obra de Gonçalo M. Tavares es darnos cuenta de que aún hay la posibilidad de vencer la tendencia mercantil con obras que exploran la profundidad del ser y profundizan en el riesgo que significa la pérdida de la subjetividad frente a una objetividad arrolladora que amenaza con desaparecer todo lo que somos y convertirnos en simples instrumentos de las máquinas. Sin duda alguna estamos frente al autor y la obra más kafkiana de nuestro tiempo y su lectura es una posibilidad de salir del laberinto en que estamos metidos.

AQ / MCB

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