Gustavo Sainz o Science Fiction, como lo apodó José Agustín; narradores ambos de la literatura que Margo Glantz bautizó como “de la onda”. Ninguno de los aludidos estuvo conforme. A los escritores no les gusta que los agrupen en corrientes. Pero etiquetados quedaron enmarcados en su originalidad única e irrepetible. Cada quien con su estilo, pero identificados como la generación que rompió varios moldes de la literatura mexicana; quizás la más radical: la pertenencia a la élite social, económica y cultural de un país dolorosamente estratificado.
Sainz ya era famoso en 1972, cuando entré a la Facultad; su novela Gazapo (1965) tuvo un reconocimiento inmediato y enorme. Ya había publicado Obsesivos días circulares —novela que terminó en 1968, durante su estancia con una beca en Iowa—, la cual no tuvo tanto éxito como Gazapo, pero ratificó de manera contundente su vocación de escritor. Lo interesante es que Sainz estaba dando clases en la carrera de Periodismo, y yo lo conocí porque mi novio, Saúl Serrano, se había inscrito a uno de sus cursos. Yo cursaba el segundo o tercer semestre de Sociología, en donde leía textos que me parecían aburridos. En cambio, las clases que tomaba Saúl me parecían llenas de vida. El contraste era tan acusado que no tuve más remedio que cambiarme de carrera.
Recuerdo a muy pocos profesores de mi larga historia como estudiante. Pero de Sainz hasta sus pantalones Topeka me resultan inolvidables. Y era tan peculiar su estilo de dar clases. No olvido que reinventó el plan de estudios de Periodismo y de toda la Facultad, con un montón de optativas que se te volvían obligatorias, porque era imposible dejarlas pasar: Sociología de la Literatura, Sociología del Cine. Imposible olvidar que llevó a sus grupos, varias mañanas, a la Cineteca Nacional —la que estaba en la esquina de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco, y que luego se incendió—, al Salón Rojo, a ver cine en funciones exclusivas para nosotros. Así, nos presentó a Buster Keaton y a los Hermanos Marx. Vimos en pantalla grande El ciudadano Kane y El año pasado en Marienbad, entre muchas otras películas del repertorio clásico que era obligatorio ver si estabas estudiando Ciencias de la Comunicación.
Estábamos a inicios de los años 70, acababa de pasar el movimiento estudiantil del 68; los estudiantes de la Facultad nos estábamos beneficiando del exilio chileno y del argentino. Había una ebullición de ideas y propuestas. En los salones ya no se dictaban cátedras —en la quinta acepción del DLE: “Especie de púlpito con asiento, donde los catedráticos y maestros leen y explican las ciencias a sus discípulos”—, sino una intención explícita de horizontalidad. Incluso en ese contexto de innovación, descubrimiento y crítica las clases de Gustavo eran especiales. Quizás era, simplemente, la pasión con que abordaba cada tema, el entusiasmo, la alegría que le provocaba hablar de literatura, cine, periodismo... la profunda implicación.
Conocí a Sainz en una época en la cual él se dedicaba a la docencia con un compromiso que no encontrabas en el profesorado, en general. Me imagino que así fueron sus años como maestro en Albuquerque, Vermont o Bloomington. Veo en su ficha de la Enciclopedia de la Literatura en México que estuvo muy poco tiempo en la UNAM: de 1972 a 1977, pero cuando tienes 20, seis años es un montón de tiempo.
Una llamada de Rafael Vargas a mediados de junio de 2025 me reconectó con esa etapa remota de mi vida: hace más de medio siglo que entré a estudiar a Polakas. Me explica: “Este año se cumplen 10 de que murió Gustavo y le queremos hacer un homenaje”. Las décadas y los siglos. Hace también más de medio siglo que conozco a Rafa. Una de esas amistades intempestivas pero constantes, con lagunas que pueden durar años. Recuerdo una frase de Gustavo: “Un amigo es alguien a quien no has visto en mucho rato, pero cuando aparece es como si lo hubieras visto ayer”.
Vargas me llama por teléfono muy de vez en cuando. A veces, pasan años sin que me llame. Yo tampoco lo llamo, pero agradezco nuestra amistad y sus llamadas esporádicas. Esta vez, él traía ímpetu. O sea, estaba muy clavado en la tarea de organizar el homenaje a Sainz. Me llamó como veinte veces. Me sorprende esta devoción. Y yo lo llamé también, porque a veces se me olvida que mi teléfono está en silencio y después me doy cuenta de que tengo llamadas perdidas.
Para Rafa, Sainz no tiene el reconocimiento que se le debe. Durante las semanas de preparación del evento, su preocupación me obligó a encararme con mi propio proceso de escritura. En severa procrastinación, llegué al evento sin texto. Tartamudeé dos o tres frases incoloras, inodoras e insípidas y salí de la Casa de Marie José y Octavio Paz, en Tacuba, con el rabo entre las piernas. Con la deuda de escribir este texto que ahora me pide Josefina Estrada, y que por fin logro pergeñar.
Todo este asunto del homenaje me puso a pensar en la inmensa inversión emocional, laboral y existencial implicada en el proyecto al que nos comprometió Sainz. Quienes cultivamos una amistad profunda con él habíamos apostado mucho a nuestra propia realización como periodistas y profesionales de la pluma a partir de su ejemplo; entonces pensé que no era para él para quien reclamábamos la gloria póstuma, sino para nuestros propios porvenires inciertos.
Quizá lo que queríamos celebrar en ese encuentro era la mera posibilidad de que diez años después de nuestros respectivos decesos todavía alguien se acuerde de nuestros desmañados esfuerzos por preservar en la palabra escrita algo de la ignorada significación de nuestras vidas. Que alguien nos lea. Perseverar en el ser mediante la escritura, que es la aspiración no siempre confesada de quien escribe, al fin y al cabo: trascender la mísera existencia individual, finita.
Pero para eso tendríamos que escribir algo verdaderamente bueno, ¿no es cierto? Algo capaz de sobrevivirnos. Y eso es ¡tan improbable! Son pocas las cosas que perviven. Ni los personajes más célebres en su tiempo logran ser recordados mucho tiempo después de la muerte. Cuantimenos quienes atravesamos el mundo en la bruma feliz del anonimato. Quienes nunca tendremos un millón de seguidores ni llegaremos a los cien mil ejemplares de algún título. Quienes nos congratulamos de alcanzar una segunda o tercera edición. Quienes no hemos alcanzado el premio deslumbrante de la traducción a otro idioma. Quienes no tenemos ficha en las enciclopedias ni postulación a los premios ni reseñas en los suplementos culturales ni curul en las academias. Quienes bregamos en las editoriales para que no nos den cita y aportamos la masa de las obras que son destruidas después de que se anuncia el ganador en los concursos literarios. Quienes nunca estaremos en el canon y escribimos solamente por necedad, por esa dudosa convicción de que pertenecemos al innoble gremio.
En fin, quienes somos del montón. La base, el numeroso conglomerado que sostiene la empresa fundamental de la literatura acá, en el ejercicio de leer y admirar y envidiar y aspirar a que nuestro nombre figure en algún momento dado en alguna oscura antología, en la lista de los libros que vale la pena leer o siquiera en las recomendaciones para pasar el fin de semana. Todo esto que somos y que Sainz nos convenció de que tenía sentido.
Pero Gustavo era otra cosa. Si alguien tuvo reconocimiento y fama por su escritura, ese fue él. Veo sus entrevistas en YouTube y todavía me sorprende su arrogancia, la seguridad con que proclamaba precisamente eso: que no era del montón, que era un escritor exitoso. Y la verdad es que, según recuerdo de muchas conversaciones, a Sainz no le importaba en absoluto la posteridad. Quería, sí, desde luego, como toda la gente, el reconocimiento. Y lo trabajaba. Daba entrevistas, salía en los medios. No desaprovechaba oportunidad para cultivar su fama. Y quería —como toda la gente, qué caray— vender libros. Vivir de su escritura. Le salieron varios best sellers. Incluso tiene esa celebridad póstuma que todavía le alcanza para seguir vendiendo algunas novelas. Pero el asunto de la posteridad no lo interpelaba. Era el aquí y el ahora lo que le interesaba. Y el reto de escribir. El reto de nunca repetirse, de explorar hasta las más improbables posibilidades de la novela. El desafío eterno de estar escribiendo un nuevo libro. Nuestra amistad fue formativa para mí, increíblemente generosa de su parte.
Sainz nació trece años antes que yo. En aquella época, la diferencia era enorme, pero ahora me parece bastante menor: al fin y al cabo, ambos somos de medidados del siglo pasado. Y no obstante la distancia temporal, tengo la seguridad de que sus libros se siguen leyendo. El otro día, una amiga me preguntó si yo soy la que aparece en una página de La princesa del Palacio de Hierro donde el autor consigna a las personas de quienes toma párrafos prestados. Sí, soy yo. El párrafo proviene de una tarea que nos dejó a todo el salón: “Escriban un monólogo”. Le gustó el mío. Lo modificó un poquito, pero ahí está en ese divertidísimo tour de force que es La princesa por mantener el flujo de la conciencia en un hilo interminable. Creo que a la fecha es mi preferida. Me acuerdo de cuando Gustavo la estaba escribiendo y su vida giraba alrededor de esa aventura. Y de la enorme felicidad que le produjo escribirla, publicarla, presentarla y ganar el premio Villaurrutia.
Sainz fue decisivo en la confirmación de vocaciones escriturales de una generación completa de estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Nos conminó, nos convenció, nos dio alas. Insensata e irresponsablemente. Nos dio una muestra de la vida satisfactoria del escritor exitoso. Nos llevó a su departamento en Río Nazas a admirar su inmensa biblioteca y sus muebles de marca. Nos invitó a comer al Refectorio de La Capilla de Salvador Novo. Nos presentó a gente activa en la literatura, el cine, el arte; llevaba a sus clases a gente famosa con la que platicábamos de tú a tú. Nos dio fórmulas para el éxito, por ejemplo: “Escribe una novela y la mandas a un concurso”. Mi predilecta: “En México nadie trabaja, de modo que si tú nada más trabajas un poquito, ya la llevas de gane”. Nos deslumbró y nos dejó en el deslumbramiento y la ilusión de que cada quien puede escribir lo que le dé la gana como se le dé la gana.
Y eso, todo eso, es extraordinario.
* Este texto forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.
AQ / MCB