La muestra Instrumentos musicales de México y el mundo. Colección Juan Guillermo Contreras Arias, que se presenta hasta el último día de septiembre en una de las salas temporales de acceso gratuito del Museo Nacional de Antropología (MNA), es, sin duda, la exposición etnomusicológica más espectacular que se haya montado en nuestro máximo recinto museográfico en lo que llevamos del siglo XXI. Se trata de una selección de 358 piezas de la prodigiosa colección del músico, investigador y docente Guillermo Contreras Arias, que abarca más de cinco mil instrumentos de muy diversas culturas y regiones geográficas.
Contreras es uno de los investigadores más reconocidos de las músicas de México, pues su versátil talento le permitió formarse como arquitecto, constructor de instrumentos, organólogo y etnomusicólogo. Simultáneamente, es docente en la Facultad de Música de la UNAM (donde coincidí con él, estudiando en el Centro de Iniciación Musical de la entonces Escuela Nacional de Música [ENM], en 1979) e investigador del Centro Nacional de Investigación y Documentación Musicales “Carlos Chávez”, del INBAL. Su encuentro con las tradiciones musicales mexicanas se remonta a fines de los años 60, cuando estudiaba arquitectura y tocaba folclor mexicano con un grupo que quería interpretar los géneros más populares y conocidos (sones, huapangos, jarabes, fandangos, valonas) apegándose lo más posible a la forma en que los interpretaban los músicos vernáculos de las distintas regiones de nuestro país: “Los Musiqueros”. Tan fielmente llegaron a reproducir todos esos géneros, que cuando el grupo Los Folkloristas traía invitados especiales a México de otros países de América Latina, y ellos les pedían escuchar cómo se interpretaban ciertas músicas tradicionales de la forma más pura, menos comercial y estilizada, convocaban a “Musiqueros” para pedirles que tocaran ante la invitada o el invitado de honor.
Un buen día, con uno de sus compañeros del grupo, también arquitecto en ciernes, Alejandro Moreno, Contreras recibió una solicitud personal de un personaje muy especial. El gran etnomusicólogo José Raúl Hellmer le pidió a Guillermo y a Alejandro que le hicieran unos arreglos en su casa (si no recuerdo mal, que rediseñaran su chimenea) y eso les permitió a los jóvenes músicos ver la dimensión real del trabajo de campo de un verdadero estudioso del folclor: en casa de Hellmer pudieron admirar la inconmensurable, colosal suma de las grabaciones de campo que el investigador estadunidense había realizado entre nuestros grupos étnicos. No solo quedaron maravillados, sino que decidieron su vocación.
Contreras estudió después laudería en el Conservatorio Nacional de Música y Etnomusicología en la ENM. También estudió organología y aprendió a reparar, construir, clasificar y estudiar instrumentos. Esta pasión lo ha llevado a reunir una dotación que calcula ya en más de cinco mil piezas, el acervo organológico privado más importante de México. Este repertorio incluye mucho material histórico, único, con un valor museográfico incalculable. Pero también con una riqueza viva, pues todos pueden ser ejecutados. De hecho, durante más de veinte años, Guillermo Contreras fue un intérprete de música folclórica, participando en agrupaciones como Sanampay y, muy señaladamente, con el cuarteto Jaranero, integrado también por José Luis Sagredo, Gonzalo Camacho y el ya mencionado Alejandro Moreno. Ellos solían tocar muchos de los instrumentos de la colección de Contreras, como pudieron constatar los públicos de Uruguay, Austria y Eslovenia, ante quien los presenté como parte fundamental del trabajo de diplomacia cultural mexicana que realicé en aquellos países, entre 2006 y 2009.
La exhibición en el MNA está repartida en seis temas: La música y los instrumentos musicales; Surgimiento de los instrumentos musicales; Reunir instrumentos musicales, Recorrido de la música; De juguetes a instrumentos y Hechura y restauración. No presenta a los instrumentos por su país o región de origen ni por su antigüedad o material de factura. Por el contrario, los hace convivir de una manera más flexible. La muestra va más allá de lo organológico (las formas) o lo meramente museográfico (la coherencia para ordenar esas formas ante el espectador): tenemos el privilegio de admirar instrumentos majestuosos, como un tlalpanhuéhuetl de tronco tallado, con un bajorrelieve donde se reproduce un tzompantli y seres del inframundo (de San Juan Teziutlán) o exquisitos, como una guitarra española del siglo XVII.
En la siguiente conversación, Guillermo Contreras relata cómo fue concebida esta muestra, acaso la más espectacular que ha presentado el MNA en el 2026.
¿Cómo formaste esta colección y cuántas piezas tiene hoy en día?
La empecé a hacer hace más de cincuenta y tantos años, tiene más de cinco mil piezas. Abarca de todo tipo de instrumentos habidos en México, pero no tengo numerada su cantidad. Tengo tres casas llenas con instrumentos. La mitad de ellos son mexicanos y el resto es de muchos otros países.
En tu colección hay instrumentos que provienen de lugares muy remotos y que es impensable obtener en nuestro territorio o cerca de él. ¿Tuviste que viajar a cada uno de los países en los que surgieron los instrumentos que ahora vemos en la exposición?
He tenido la suerte de ir a varios lugares, lejanos, digamos, para mí. Pero también he tenido la suerte de que amigos, colegas, han obtenido instrumentos, como bien dices, de regiones muy alejadas de nuestro entorno cultural o de muy difícil acceso para nosotros, pero que eran de sus abuelos o familiares, luego ellos me las donaban a mí, y han sido piezas maravillosas. La razón principal por la que me las obsequiaron fue que yo podía darles el valor organológico que tienen, más allá de su valor monetario, porque son instrumentos que, incluso en muchos casos, han tendido a perderse.
Además, durante cierta época, iba con mi esposa a La Lagunilla, por entonces yo fabricaba charangos, y labraba sus cajas con caras de diablos y cosas así, y resulta que eso dejaba sorprendido a los mismos “lagunilleros”, que me preguntaban dónde había obtenido materiales tan singulares. Yo les vendía las piezas construidas por mí o las trucaba por otras que ellos tenían exhibidas. A veces vendí charangos y de pago recibí dinero más un clarinete antiguo, por ejemplo. Entonces yo salvaba un poco la situación de conseguir dinero pero también salvaba instrumentos condenados al olvido.
La muestra está titulada como está con la idea de que se vea cómo interactúan nuestros instrumentos con los de otras partes del mundo. Esto fue una aventura que, para mi gusto, dio buen resultado. De repente, pusimos instrumentos de medio oriente dialogando con otros del Caribe, como un Rubab que está junto a un tresillo, y luego los colocamos cerca de una guitarra panzona de Tierra Caliente (Michoacán) y una guitarra sexta. Así, propiciamos encuentros que funcionan bien. Porque las similitudes de los instrumentos no radican solo en sus formas, materias y sonoridades, sino por la integralidad de todos estos elementos. Lo que nos quedó pendiente para esta muestra —que sí pude hacer otras veces, como una gran exposición que monté hace unos años en el Museo Nacional de Culturas Populares— es haber colocado junto a los instrumentos ejemplos sonoros grabados, para que la gente pudiera saber cómo se oyen. En esta ocasión ya no nos dio tiempo, porque hicimos todo muy rápidamente.
El principio de organización de la muestra no está basado, sin embargo, en las similitudes formales de los instrumentos. Yo no soy un coleccionista de objetos, sino un investigador musical, que durante los procesos de investigación va aprendiendo muchas cosas. Mi idea de buscar y encontrar instrumentos musicales es aprender de ellos. De cualquier manera, la muestra contempla ciertos criterios establecidos desde mucho tiempo atrás, a partir de la forma en que los instrumentos producen su sonido. Entonces, tenemos membranófonos, ideófonos, cordófonos y aerófonos.
De acuerdo al espacio con que contamos para esta ocasión es que fue decidiéndose cuántos instrumentos de cada tipo íbamos a presentar. En mi colección existe una gran subcolección de flautas transversas, por ejemplo, construidas de muchos materiales. Lo mismo sucede con otras “familias” instrumentales. Tengo muchos, pero muchos violines; algunos antiguos, europeos, americanos, mexicanos y de otras culturas.
En la colección hay instrumentos que tienen un valor emocional, derivado de ciertas circunstancias: por ser piezas únicas, por el hecho de haber sido obtenida con mucho esfuerzo, etcétera. Hay todo eso, entremezclado. Por ejemplo, yo quería incluir en la muestra un Glockenspiel antiguo, que, además, había aparecido en una película de Tin-Tan, pero a los organizadores no les pareció que la pieza fuera tan importante, o interesante. Es un Glockenspiel antiguo, que además tiene que ver con la importancia histórica para mí. Yo tengo instrumentos que fueron de Shilinsky, de Jorge Negrete, de varios artistas. Tengo películas donde aparecen varios instrumentos. Tengo los instrumentos antiguos que alquilé para una película, en la que participé incluso ante cámara con Catherine Zeta-Jones, Anthony Hopkins y Antonio Banderas: La máscara del zorro.
Están expuestos otros instrumentos extremadamente raros, como un ukulele histórico de las Islas Cook: es muy sencillo, muy básico, fabricado con piedra y coco. Está un cardonal, la guitarra más diminuta que existe en el mundo (como instrumento musical) usada para ejecutar la llamada “música chiquita”, de la Huasteca potosina. Tenemos un tlalpanhuéhuetl labrado, que es una pieza muy querida, que deja impresionado a cualquier espectador. Pero uno de los instrumentos más vistosos es una tarima para zapateado que me costó mucho trabajo y aventuras conseguir: ya no existe otra tarima tan hermosa como la que ahora está exhibida, ésta es la mejor. Tiene cuatro metros y medio de longitud y la traje de El Ciruelo, en la zona limítrofe Guerrero-Oaxaca, tiene un sonidazo, pueden subir dos o tres parejas y bailar descalzos. Es un instrumento afromestizo de la Costa Chica.
Tenemos expuestas zampoñas, sikus, rondadores, e incluso una pieza traída de la Amazonía, del norte de Brasil. Incluso puede verse una ocarina construida con el cráneo de un venado, es un instrumento de la cultura mbyá y también de la cultura jivi.
Hay salterios y cítaras, tenemos una espineta húngara y otra de Finlandia. Tenemos arpas del Congo, que son instrumentos a los que les tengo mucho cariño. Contamos también con una serie de arpas (jarocha, llanera, totonaca, huasteca, etc.), que son instrumentos que se estaban acabando y ahora están volviéndose a tocar en todo el país. Aquí expusimos arpas de varias partes del mundo, como una que tiene piel de venado y cuerdas de seda. Si ves las arpas antiguas de los yaquis y los mayos, eran arpas pequeñas. Y si ves las que se tocaban en las rancherías, eran también menudas. Todavía en la Tierra Caliente las reconocen como “arpas jaraberas”, para tocar jarabes, género anterior al son.
¿Puede hacerse un museo dedicado sólo a tu colección?
Yo creo que debería ser factible hacer un museo con mi colección. Ya he recibido ofertas del extranjero para adquirirla, pero definitivamente no quisiera que se fuera de México.
La muestra ‘Instrumentos musicales de México y el mundo. Colección Juan Guillermo Contreras Arias’, estará abierta hasta la última semana de septiembre, en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Antropología. La entrada es gratuita.
AQ / MCB