En la sala de su casa, en Tlalpan, donde uno de sus cuadros de gran formato espera para ser intervenido porque ya no le gusta lo que las pequeñas pinturas le permiten, la maestra Irma Palacios recibió la noticia del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2025.
Sueña con una gran exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes, en la que su obra se exhiba en todas las salas: “Me encantaría que fuera una muestra retrospectiva, que este recuento artístico iniciara con la obra con la que gané la Bienal Tamayo”.
Nacida en 1943 en Iguala, Guerrero, esta pintora abstracta no anuncia sus golpes de genio. “Me siento muy contenta y, para mí, el Premio fue una sorpresa”, confiesa con una sonrisa.
Discreta, pero también alegre, recuerda que de niña moldeaba cazuelitas al borde de un río junto a su hermano. Esos fueron sus primeros pasos en el trabajo artesanal: “hacíamos unas cazuelitas que con los rayos solares se secaban de inmediato”.
Sus raíces laten en cada lienzo. “Recuerdo que mi mamá, que era comerciante, nos llevaba a comprar perfumería al Centro de la Ciudad de México. Nos hospedábamos en el Hotel Washington, que aún existe, y jugábamos a las estatuas. Nos quedábamos quietecitos por tiempo indefinido en los balcones que dan hacia la calle de Madero”.
En su juventud, decidió trabajar en un banco, pero el arte la reclamó: “Entre el banco y el arte, preferí el arte. Al despedirme de mi jefe, le pedí disculpas. Le dije que no quería ser banquera, que prefería estudiar arte”.
Con un toque de rebeldía, advierte que ignoró los consejos maternos. “Mi mamá me decía que los artistas se morían de hambre, que para sobrevivir tendría que ser una súper artista. Yo le dije que sería de las mejores, que no se preocupara porque no pasaría hambre”.
La pintora de abstracciones líricas y matéricas, que se formó en La Esmeralda (1973-1979) y tuvo a Alfredo Guati Rojo como uno de sus mentores, crea para interrogar. “De repente, hago una mancha en un gran cuadro. No es que desparrame la pintura, sino que mi deseo es hacer una mancha para ver la reacción de los espectadores. Para ello, visito mis exposiciones después del día de la inauguración”.
Relata que “un día me encontré a un señor enfadado viendo mi obra, con una cara horrible, y le pregunté qué le parecía. Me dijo que no me podía explicar porque no entendía lo que veía. Otra persona intervino diciendo: ‘esas manchas que hace la maestra se deben disfrutar porque hablan de la vida’ ”.
Irma Palacios se define como una escultora ocasional, que elige materiales duros para intervenirlos: “En la escultura dependo del material, un material muy duro. Sé qué necesito, hasta qué punto puedo intervenirlo, modificarlo un poco o modificarlo para pintarlo”.
Ganadora de la Bienal Rufino Tamayo (1982), de la Beca Guggenheim (1986), de la Medalla Bellas Artes (2022) y ahora Premio Nacional de Ciencias y Artes, Irma Palacios recuerda que su obra se ha expuesto en la Galería López Quiroga (Historia natural, 1990, y Cambios de piel, 1997) y en el Museo de Arte Moderno (Espejismo mineral, 1993).
Comparte una anécdota: “Un día mi galerista Ramón López Quiroga me dijo que me había llegado una invitación para exponer en Emiratos Árabes. La enviaba un sultán para que acudiera a Sharjah. Pensó que yo era hombre porque se dirigía a mí como Mister Irma. Le escribí una carta en la que le aclaré que era una pintora. Creí que entonces cancelaría la invitación, pero no fue así. Viajé con mi esposo, el artista Francisco Castro Leñero, acudimos a la feria y anduvimos en bazares de Sharjah, pero me fallaron las ventas porque no fue mi galerista. Me dan ganas de llorar porque no supe vender mi obra, y eso sí me da pena”.
Arte como religión y refugio del corazón
Para Irma Palacios, el arte trasciende la teoría: “Es difícil elaborar una teoría de algo que es un sentimiento y una cosa tan profunda como el arte. Pienso que el arte es como una religión. Uno se puede refugiar en el arte cuando tiene algún problema. Es como ir a la iglesia, ver una imagen y ponerse a llorar”.
Explica que su método es interrogante y poético. “Me gusta leer poesía pues la comparo con lo que hago”. Ante las modas, insta a los jóvenes creadores al conocimiento, a solicitar becas en bienales globales y a realizar estudios en el extranjero.
La maestra Palacios libera manchas que abren las almas. Con el sol que ilumina la espalda, evoca su infancia, cuando los sábados y domingos acudía al kiosco ubicado en el centro de Iguala, rodeado de árboles de tamarindo, pues ahí muchas personas se daban cita para bailar. “Yo era tremenda, muy traviesa. A las mujeres que se quedaban sentadas porque ningún hombre las sacaba a bailar, les jalaba el cabello y salía corriendo, hasta que mi mamá me reprendía”.
Dice que en estos días soñó que iba a Nueva York a comprar materiales para pintar, como lo hacía en compañía de Francisco Castro Leñero. “Íbamos periódicamente a sus exposiciones y aprovechábamos para ir a las tiendas por papeles, soportes y pinturas. Disfrutábamos visitar las librerías porque eran una locura”.
Irma Palacios no pinta cuadros, libera manchas que nos obligan a mirarnos. En su abstracción, Guerrero late, La Merced grita y el corazón abierto encuentra su religión.
Objetos de imaginación
Irma Palacios muestra con orgullo el libro en el cual el destacado narrador, ensayista y crítico de arte Juan García Ponce escribe sobre su obra escultórica. El texto dice: “Existe una aparente contradicción en sus obras escultóricas. Sea cual sea el título, las obras están abiertas. Parece que buscan más dejarnos penetrarlas que ser impenetrables desde fuera. ¿Ataca Irma Palacios la esencia misma de la escultura? No”.García Ponce expone que la artista “solo muestra las infinitas capacidades de forma. Aunque son abiertas externamente, sus obras son cerradas, lo que nos permite examinarlas desde dentro, solo para demostrar que al hacerlo no hemos descifrado su misterio. De nuevo, lo importante es el placer de la apariencia interna o externa. Las esculturas de Irma Palacios son, al igual que sus pinturas, objetos de imaginación. La artista es una creadora de objetos”.
AQ / MCB