Jon Lee Anderson: “Estamos viviendo la Tercera Guerra Mundial”

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En una charla virtual organizada por ‘Dromómanos’, el reconocido periodista lanza un llamado a las nuevas generaciones para vencer la apatía y defender el futuro.

Jon Lee Anderson, periodista estadunidense especializado en conflictos armados y temas latinoamericanos. (Foto: Jorge González)
Laura Cortés
Ciudad de México /
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“De un modo u otro estamos viviendo una Tercera Guerra Mundial”, advierte Jon Lee Anderson (California, 1957), uno de los mayores referentes del periodismo contemporáneo, reconocido por sus crónicas sobre conflictos armados y su capacidad para analizar las esferas de la política y el poder.

Una guerra fragmentada, sui generis y con sus propias vertientes y matices. “En los años venideros vamos a vivir varias películas apocalípticas”, pronostica el corresponsal estrella de la revista estadunidense The New Yorker.

Desde Inglaterra, donde vive, conversó con decenas de periodistas latinoamericanos en una charla virtual que tituló “¿El mundo se está yendo al carajo?”. El encuentro fue organizado por el colectivo Dromómanos (productora mexicana de periodismo independiente, especializada en investigaciones de largo aliento sobre violencia, política de drogas, migración y corrupción en América Latina). En la plática —moderada por Alejandra Sánchez Inzunza, cofundadora de Dromómanos—, el considerado “periodista para periodistas” hizo un retrato sombrío del presente y, entre otros aspectos, externó su preocupación por el avance de liderazgos autoritarios en diferentes naciones.

Viajero infatigable —este año ha visitado dos veces Venezuela y una vez Cuba—, luego de hacer un recuento del ambiente político y social global, el autor de Che Guevara: una vida revolucionaria, puso el foco en su país norteamericano: “El lío es que Estados Unidos es el país con el poderío bélico más fuerte del mundo y es la economía más resonante”.

“En el seno de la democracia aparentemente más consolidada del mundo tenemos un actor antidemocrático y autoritario que pelea todos los días para desmantelar el orden posguerra que había mantenido el equilibrio hasta ahora. Un hombre desatado en la Casa Blanca haciendo lo que quiere con Washington”, dice refiriéndose al momento cuando se hicieron públicas algunas fotos del presidente Donald Trump observando un póster titulado “Demolición del Kennedy Center”.

Anderson también se muestra preocupado por el auge de la ultraderecha en gran parte del mundo y porque muchos dirigentes han optado por seguir al mandatario estadunidense.

Algo que hace más oscuro el panorama es el cambio climático. “Cuando todavía había un simulacro de comunidad internacional, se decidió que el calentamiento tenía que parar en 1.5º C, pero con Trump eso se fue al carajo”.

La globalización y la hiperconectividad generan una sensación de angustia y de impotencia, afirma. Mostrando su teléfono celular asegura que “a raíz de que todos tenemos esto en la palma de la mano y estamos enchufados la mayor parte del tiempo, ha aumentado nuestra sensación de malestar. Nos dimos cuenta de que las redes sociales eran malas para la salud y ahora tenemos encima a la inteligencia artificial que amenaza con acabar con el mundo”, dice el periodista que abandonó las redes sociales hace un par de años por considerarlas tóxicas y adictivas.

“Sí. El mundo se está yendo al carajo. ¿Soy pesimista? No. Soy realista. Creo que en algunos lugares hay razones para ser optimista. No todo está dicho. Todavía hay cómo pelear y resistir”, asegura el periodista quien hace un llamado para recuperar el idealismo y defender el futuro.

Del idealismo a la apatía del matcha latte

Cuando aún no cumplía la mayoría de edad, Anderson realizó su primer viaje en solitario para reencontrarse con su hermana en África, con los años ese adolescente de pelo largo y barba desaliñada aprendería que “el mundo puede ser redescubierto mil veces”.

El autor de Aventuras de un joven vagabundo por los muelles se siente perturbado por la apatía de las nuevas generaciones, sobre todo en países como Estados Unidos. “¡Estoy en vilo! Me preocupa la falta de ilusión, de idealismo y de involucramiento de la juventud. En lugar de ir a protestar a la Casa Blanca, los jóvenes están mirando sus teléfonos y pidiendo matcha chai latte en Starbucks”.

Para el cronista, que se ha distinguido por ser más “un testigo que un fiscal”, esta actitud tiene que ver con la prosperidad. “Los chicos en Estados Unidos no protestan porque tienen mucho que perder. Si les inquieta la realidad, en cualquier momento pueden mirar una película en su teléfono. Hace cincuenta años no teníamos el lujo, la opción de ausentarnos de la realidad”.

Más que con nostalgia, evoca con seriedad esa época. “Cuando era un muchacho había una sensación de enojo por parte de los jóvenes en contra de la guerra de Vietnam. Estábamos a favor de los derechos civiles de la gente negra, de las mujeres y, con el tiempo, a favor de los derechos de los gais. La posibilidad de otra explosión nuclear nos provocaba angustia y rabia existencial”.

El periodista explica que debido a la llamada Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética existía temor de que ocurriera otra guerra que arrasara con el planeta. Aunque había ocurrido décadas atrás, su generación sentía como un suceso cercano la explosión de la bomba atómica lanzada en 1945 por Estados Unidos.

Aquella juventud todavía confiaba en las instituciones y organismos creados después de la Segunda Guerra Mundial para dar cierta estabilidad, como la ONU o el Fondo Monetario Internacional. “Hoy son barcos hundiéndose”, sentencia.

“Había una sensación de potestad comunal para impedir lo peor. Nos sentíamos empoderados y creíamos que podíamos cambiar el mundo. Ahora, al mirar atrás a ese periodo, pienso ¡qué ilusos éramos! ¡Qué idealistas! Esos hippies con sus flores y sus vainas”.

Sin embargo, el autor de He decidido declararme marxista reitera que no todo está perdido, “pongo mi esperanza en los jóvenes. Supongo que cada generación al volverse vieja hace lo mismo. Uno espera que los hijos o los nietos puedan corregir el mundo despistado. Sin duda, necesitamos eso hoy”, dice.

El periodismo, una forma de resistencia

En esta videocharla, el célebre reportero no podía dejar de hablar sobre el papel del periodismo actual. Ante planteamientos de reporteros centroamericanos sobre los riesgos en zonas donde impera la violencia, propone reinventarse: “Se ha vuelto difícil, pero no es imposible”.

Anderson publicó en 2020 Los años de la espiral. Crónicas de América Latina, donde documenta sucesos como el terremoto en Haití, su recorrido por la Amazonia y por campamentos guerrilleros en Colombia, además de sus entrevistas lo mismo a sicarios que a escritores y perfila a personajes como Hugo Chávez o Andrés Manuel López Obrador, entre muchos otros.

Recuerda que la cobertura en América Latina siempre ha sido peligrosa: publicar una nota sobre los escuadrones de la muerte implicaba arriesgar la vida, lo mismo que preguntar sobre los desaparecidos en una conferencia de prensa.

El reto, dice, es lograr que la gente acceda a información auténtica: “Si hemos perdido público es porque también hemos perdido la capacidad de convencer a la gente de que somos sinceros en nuestro esfuerzo por transmitir la información; los periodistas buscábamos la verdad, lo que pensábamos que más se asemejaba a la realidad”.

“Las soluciones de los autoritarios son distintas de lo que fueron entonces, pero tenemos que adaptarnos. Hay vaivenes, hay olas, debemos aprovechar las posibilidades que tenemos para ejercer el periodismo y ser innovadores cuando resulte peligroso. Nuestro papel sigue siendo el mismo de siempre: reflejar la realidad de nuestro tiempo”.

El contador de historias insiste: “Hay que pelear. Hay que resistir. Hay que encontrar la manera de darle la vuelta a esto, crear alianzas con el público y llegar a la gente”.

A pesar de que el mundo sí parece estar yéndose al carajo, después de décadas cubriendo guerras, Anderson sabe que el periodismo no solo muere por las balas, también muere por falta de creatividad, por algoritmos y por la desconfianza del público. Su propuesta es que el periodismo sobreviva siendo creíble.

Por eso, más que hablar de vencer, habla de resistir. Jon Lee Anderson cierra con una apuesta casi terca: que en esta charla a alguien se le prenda la bombilla. Un hilito de esperanza es suficiente para seguir.

AQ / MCB

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