• Juan Villoro: “Sigo sin saber quién soy y espero no saberlo”

  • Entrevista

Juan Villoro cumple setenta años este 24 de septiembre. Está en la cumbre de su oficio, ha transitado por todos los géneros, excepto la poesía, y su mapa literario nos revela la ruta de quien ha hecho del relato una forma de conocimiento.

Guadalupe Alonso Coratella
Ciudad de México /
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Juan Villoro cumple setenta años este 24 de septiembre. Está en la cumbre de su oficio, con alrededor de cincuenta títulos y el reconocimiento como uno de los escritores mexicanos más destacados en la escena literaria nacional e internacional. En la novela o el ensayo, en el cuento y la literatura infantil o el teatro, la voz de Villoro ha conectado con el gran público. Ya sea por su ingenio y sentido del humor, por el modo en que sabe leer nuestra realidad, valiéndose de una prosa puntual y echando mano de su vasta cultura literaria, ha logrado convertir la propia experiencia en relato y, a su vez, el relato en una forma de conocimiento.

Villoro es un escritor prolífico, diverso, pero quizás, en el fondo, siempre ha rondado sobre un mismo tema: la manera como intentamos comprender el mundo a través de las historias. En su mapa literario podemos trazar una línea imaginaria que va del joven escritor de La noche navegable al narrador de El testigo; del cronista que convierte el fútbol y la Ciudad de México en materia literaria al ensayista de Efectos personales para, finalmente, descubrir a un autor que abre su intimidad y en La figura del mundo vuelve sobre la memoria y la relación con el padre.

Desde otro flanco, en el terreno del periodismo, al hacer crónica o artículo de opinión, una mirada aguda y objetiva le permite descifrar hechos cotidianos de la vida pública sin tender hacia los extremos.

La siguiente entrevista tuvo lugar en el comedor de su casa, en Coyoacán, en una de esas tardes lluviosas de septiembre.

En De eso se trata, una colección de ensayos literarios, dices que todo libro requiere de un aislamiento particular para ser escrito, lo que Maurice Blanchot llamaba “la soledad de la obra”. ¿Cómo te llevas con esa soledad?

La literatura exige aislamiento, por lo menos mental. En ocasiones rodeado de personas, en una cafetería o en una redacción, pero encerrado en un gabinete mental. Es una soledad acompañada por tus fantasías. Cada uno de mis libros es un monumento a la soledad. La escritura te acompaña todo el tiempo.

Hasta en los sueños…

Tengo sueños de muy bajo presupuesto en donde nunca ocurren cosas interesantes. Me sorprenden los amigos que tienen experiencias espectaculares. Mis sueños ocurren en la UAM, en la peor oficina donde un maestro me dice que reprobé el examen de sociología. Rara vez tienen que ver con la vida paralela que llevo escribiendo.

En la Tierra de la gran promesa la clave de la historia está en un sueño.

Muchas veces escribes acerca de las cosas que deseas, pero no puedes conseguir. Borges decía que la literatura es un sueño dirigido. Escribir tiene que ver con una ensoñación, pero la ventaja de escribir sobre soñar es que cuando escribes puedes desviar la historia hacia donde deseas; en cambio, en el sueño, eres víctima y rehén de todo lo que te ocurre. Tengo un inconsciente en el que soy una persona profundamente incapaz. Me cuesta mucho trabajo caminar, dar el siguiente paso, o me resulta terrible no poder decir algo y tengo la boca llena de navajas Gillette o cosas más banales como no llegar a la presentación de un libro o reprobar un examen.

Has transitado por todos los géneros, excepto la poesía. ¿Qué te ha dejado esta experiencia, cómo se ha transformado tu mirada sobre la realidad y las maneras de contarla?

He tenido una mentalidad bastante dispersa. Me interesan muchas cosas y puede suceder que me interesen al mismo tiempo. Esto me obliga a pasar de un tipo de texto a otro. No tengo el temperamento de un maratonista que comienza una carrera y no va a salir de esa ruta durante muchísimos kilómetros. Más bien, soy como un velocista que cambia de pista en cada momento. La dispersión es uno de esos grandes defectos que apunta a una virtud, porque si lo haces suficientemente bien resulta que eres versátil, pero para ser versátil tienes que ser un disperso con creatividad.

Eres un gran lector. ¿Dónde están tus afinidades electivas?

Mi vida es inseparable de la lectura. Desde que leí De perfil, de José Agustín, cuando tenía la misma edad del personaje, 15 años, sentí que ese era no solo el camino vocacional sino también existencial. La novela de José Agustín era idéntica a mi vida en materia prima, pero estaba reelaborada a través de la escritura en forma irónica y apasionante, mientras que mi propia existencia me parecía insustancial, sin rumbo, llena de miedos e interrogantes, carente de brújula. José Agustín lograba que, con el mismo material de mi vida, eso pudiera tener una estructura y un sentido. José Agustín me reveló que traspasar la experiencia vivida en escritura te da una determinación existencial. De ahí en adelante cualquier cosa que hiciera o me pasara podría trasvasarse en literatura. Vivir se convirtió en algo que tenía un sentido. Todos los libros que leí después me han marcado. En la juventud, tuve la suerte de leer a los grandes escritores rusos: Dostoievski, Chéjov, Tolstói, Gogol. Luego vino una época de escritores latinoamericanos: Rulfo, Borges, Bioy Casares, Onetti. Posteriormente, Julio Cortázar y la literatura anglosajona: Henry James, Virginia Woolf. Antes me gustaba leer ensayos sobre política, sociología, comunicación; ahora me interesa la inteligencia artificial, la ciencia y, por supuesto, el fútbol, una de mis pasiones.

Y, sin duda, algunos autores de la gran literatura alemana.

Ahí tocas un tema sensible. Estudié en el Colegio Alemán y aprendí a leer y a escribir en alemán. Esa estancia de nueve años en un mundo artificial me costaba mucho trabajo. En casa nadie hablaba alemán y soy el primogénito, así que fui el primero en entrar en esa forma de la complejidad extrema que es esa lengua. Esto hizo que, paradójicamente, me encantara el español, porque era la lengua de la libertad, la lengua que podía usar en el recreo, con mis amigos, en los juegos de la calle. Aprendí español de manera vernácula, como se aprendía antes de que hubiera escuelas, un poco a troche y moche, y quizá el tipo de escritura que tengo es una reacción hacia la selva oscura de la lengua alemana. En ocasiones, soñaba en alemán y despertaba bañado en un sudor frío, sospechando que había caído nuevamente en las redes de ese idioma. Al despertar, era un alivio saber que estaba en México. Tuve una relación muy neurótica con esa lengua impuesta hasta que me gustó la literatura y así la lengua obligada se fue convirtiendo en una historia de amor porque descubrí la grandísima literatura alemana: Kafka, Thomas Mann, Arthur Schnitzler, a quien traduje. En fin, la gran literatura alemana terminó siendo una forma de placer.

Hay una genealogía de autores mexicanos y latinoamericanos que te han sido cercanos: Amado Nervo, Ramón López Velarde, Rubén Darío, por mencionar algunos. ¿Qué te fascinó de ellos?

Amado Nervo me ha interesado como fenómeno literario: ese larguísimo funeral que comienza en Montevideo y durante casi seis meses viaja por todos los puertos de América donde se declaman sus poemas y las mujeres se desmayan de amor por el poeta fallecido. Finalmente, llega a México, se le rinden todo tipo de tributos y la ciudad entera se vuelca para acompañarlo a su última morada. Fue el redescubridor, en cierta forma, de Sor Juana cuando todo mundo se había olvidado de la monja jerónima. Fue un gran divulgador de la ciencia, periodista deportivo, un poeta cívico importante que escribió poemas a los Niños Héroes o a la raza de bronce. Fue también un poeta extraordinariamente cursi que hizo que muchísimas personas se suicidaran de amor y, al mismo tiempo, fue dueño de una retórica variadísima solo comparada a la de Rubén Darío, uno de sus mejores amigos.

López Velarde era católico, un pecador arrepentido. Esta tensión es extraordinaria. Él mencionaba sus funestas dualidades y esta contradicción me parece que define cierto espíritu de México: guardar las formas y, al mismo tiempo, transgredirlas. También está su evocación tan sensual, y yo diría femenina, de nuestro país en La suave Patria, que más bien es una matria, a partir de sabores, juegos, alacenas con compotas... Se trata de una evocación extraordinaria en un país que ha tenido una grandilocuencia heroica al hablar de su historia trágica. Todo eso me cautiva. López Velarde es el gran fantasma que ilumina la novela El testigo. Luego le dediqué una obra de teatro, Retrato hablado, y mi discurso de entrada a El Colegio Nacional. Creo que también le dio a la prosa y a la poesía mexicanas un tono muy íntimo, muy casero, antisolemne y, al mismo tiempo, poético. Es mi poeta mexicano favorito.

En tu aproximación a la Ciudad de México, ¿cómo dialogas con Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis y cómo te distancias de ellos?

Soy un chilango irredento. Traté de rendirle tributo a la ciudad en mi libro El vértigo horizontal. Carlos Fuentes fue precursor de la pasión por la Ciudad de México como personaje. Se deslumbró con Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y decidió hacer una novela donde el protagonista fuera la ciudad misma. Fuentes tenía una idea muy programática de la escritura. Su obra de conjunto se llama La edad del tiempo, que es como el título que Dios le pondría a su creación. Decidió hacer una novela totalizadora de la ciudad, La región más transparente, lo cual era posible en 1958 porque la ciudad era abarcable. Hoy ya es imposible hablar de una sola ciudad. Con Carlos Fuentes comparto la pasión por lo urbano, pero lo mío es necesariamente marginal. Hablo de una ciudad entre muchas que debe incorporar voces de otros escritores; de lo contrario, sería imposible dar cuenta de ella. Carlos Monsiváis es otro grandísimo cronista urbano, creador de conceptos importantes como el “postapocalipsis”, que justifica el hecho de que sigamos viviendo en un lugar que desafía el entendimiento humano. Por qué razón vivimos en un sitio tan peligroso, tan contaminado, con tantas personas, con tráfico. La idea de Monsiváis es que, desde el punto de vista psicológico, consideramos que lo peor ya pasó, es decir, que el apocalipsis fue algo indefinido, pero lo sobrevivimos. Siempre estamos en estado de post apocalipsis, lo cual le da a esta ciudad un tono de resistencia y de energía muy grande. Ahí me identifico con él. Ahora bien, era fatalista, decía que esta era una ciudad condenada, tenía gran esperanza en los movimientos sociales de la izquierda, pero la ciudad como cuerpo ecológico le parecía condenada al colapso. Monsiváis trabajaba en una dimensión doble: te cuenta lo que sucede y te lo explica, continuamente editorializa su propia narrativa. Cuando hago crónica, procuro dejar que la narración describa los hechos para que los juzgue el lector.

¿Qué momento te ha marcado en el devenir de esta ciudad?

Llegué a esta casa de Coyoacán, donde estamos ahora, el día en que Cuauhtémoc Cárdenas ganó la jefatura de gobierno de la Ciudad de México. Fue un momento único porque durante mucho tiempo yo había estado asociado a tentativas de izquierda, dando siempre por sentado que íbamos a perder porque no había de otra. Formé parte del Partido Mexicano de los Trabajadores y fui militante de base. Me interesé mucho en el Movimiento Zapatista en 1994. Entonces, esta larga caminata hacia un futuro que no parecía promisorio de pronto nos enfrentó a la sorpresa de que podíamos ganar. Otro momento muy significativo fueron las respuestas a los terremotos de 1985 y 2017. En 1985 fui brigadista en la colonia Roma. Fue conmovedor ver cómo tantísimas personas nos volcamos a recuperar el tiradero de la ciudad. Después del terremoto de 2017 escribí un texto, una especie de letanía que comienza diciendo: “Eres del lugar donde recoges la basura”. Es muy fácil admirar una ciudad por sus grandes museos, sus parques o festivales de música, pero cuando te comprometes con sus desechos, con lo más horrible, esa ciudad es tuya de verdad. Fueron momentos de solidaridad y supervivencia que te llevan a pensar por qué no somos así de manera más frecuente. El texto que escribí sobre el puño en alto tiene que ver con ese gesto del brigadista levantando el puño para que todos guardaran silencio y pudiera escucharse si alguien decía algo entre los escombros. Esa actitud solidaria debería normar todos nuestros actos, pero necesitamos que la Tierra se mueva para sacudirnos. Estar aquí es inevitablemente un deporte extremo, un trabajo de resistencia.

Juan Villoro: “La literatura y el arte, en general, dotan de armonía al caos”. (Foto: Juan Carlos Aguilar)

Eres cronista y columnista, una práctica que te permite analizar el acontecer cotidiano desde otra óptica. ¿Cuál ha sido el reto de acercarte a temas políticos y sociales?

Me interesa la política en un sentido amplio y no me gusta la politiquería. Uno de los problemas del oficio es que hay una tentación: dejar de ser intérprete y convertirte en un propagandista. Vemos editorialistas de un signo u otro que repiten cada semana el mismo texto, ya sea a favor o en contra de ciertas causas. Esa actitud militante impide que veamos el sentido de la realidad que no es ni blanco ni negro; está en una franja compleja de grises. El presidente López Obrador me dedicó el dudoso honor de mencionarme en dos mañaneras. En una dijo que mi problema es que no se sabía lo que iba a pensar en el siguiente artículo, que yo era gelatinoso porque “no sabes si cuentas con él o no cuentas con él”. Eso que él planteaba como crítica me pareció la mejor descripción de mi trabajo porque no quiero que se sepa lo que voy a pensar dependiendo de lo que suceda. Al interpretarlo, estaré a favor o en contra, pero sin un designio previo. Esa ha sido mi postura.

En cualquier caso, es interesante también el modo en que la literatura abre espacios para interpretar la realidad. En una carta de Carlos Fuentes a Milan Kundera, a propósito de su cumpleaños setenta, le dice que “en medio de los tanques de Checoslovaquia, de los cadáveres en Tlatelolco y los macanazos en el Barrio Latino (se refería al 68) nuestras palabras afirmaron la necesidad de un imaginario para entender la realidad y para entender la historia. Afirmaron que la literatura es indispensable para mantener vivos la lengua y la imaginación de una sociedad”. ¿Ese impulso sigue vigente?

La literatura en sus distintos géneros es una forma de conocimiento único porque, a diferencia de la historia, la sociología, la politología, la psicología, etcétera, la literatura no solo trabaja con lo que existe sino con lo que puede existir. La literatura es el reino de lo posible, pensar otras alternativas para el mundo es el prerrequisito para vivir en este mundo. Entendernos a nosotros mismos pasa por la literatura porque la vida no tiene sentido en sí misma. La vida es un accidente biológico y nosotros, que somos polvo de estrellas, materia física, y hemos adquirido conciencia de manera sorprendente, no tenemos modo de saber cuál es nuestro sentido real. La literatura y el arte, en general, dotan de armonía al caos.

¿Cómo entenderla en medio del vértigo de información que vivimos, las redes sociales, la inteligencia artificial?

Estamos en un momento preapocalíptico en el que pareciera que vamos rumbo al ecocidio más absoluto escuchando reggaetón y viendo gatitos en TikTok. Pareciera que somos indiferentes, que estamos hipnotizados ante el abismo que se vislumbra. Es un momento crítico de la humanidad. A esto se agrega el tema de la inteligencia artificial, que cada vez se refina más en un momento en que la especie humana, y esto está demostrado, va perdiendo facultades mentales. Escribí un libro, No soy un robot, que trata de entender cuál es el papel que aún tiene la lectura en estos tiempos dominados por lo digital. Pertenecemos a la primera generación que ante una máquina tiene que demostrar que todavía somos humanos. Debemos tachar esta casilla que dice “no soy un robot” y la paradoja es que quien nos acredita como humanos es un robot. Esto nos lleva a decir: si queremos salvar lo humano, lo primero que debemos hacer es definirlo, o sea, qué podemos aportarle al planeta que valga la pena preservar, porque cuando vemos la conducta humana, la guerra en en Gaza, la invasión de Ucrania, los delirios de Trump, la corrupción en todas partes, no parece una especie muy virtuosa a pesar de que siempre hay humanos notables desperdigados por ahí. Creo que replantear el significado de lo humano es una de las tareas de la escritura. Como humanos, nos define el poder entender cosas que le son ajenas a las máquinas, como la posibilidad de transformar el dolor en belleza, algo que hace la literatura.

Dices que “en México la dicha es atributo de la intensidad”. Vamos a pasar a un tema que te apasiona, “la mexicana alegría” que tenemos con el fútbol. ¿Qué descubres ahí del alma de los mexicanos?

Es muy peculiar cómo nos acercamos al deporte en general porque no somos una potencia. He dicho que si hubiera un mundial de aficiones seguramente llegaríamos a la final. Como público, hemos hecho más esfuerzo y de mejor manera que los propios futbolistas. El mexicano suele tomar ciertos acontecimientos, no como un hecho concluyente, sino como un pretexto para lo que más le interesa: el placer de estar juntos, crear una colectividad instantánea y una transmisión de afectos. El pretexto puede ser religioso, como la Virgen de Guadalupe; cívico; institucional, como el día del grito, o deportivo, como el Mundial. La selección ha sido una gran motivación para celebrarnos a nosotros mismos. El equipo jugó bastante bien y fue digno de apoyo, pero si lo comparas con las ochocientos mil personas que, bajo la lluvia, estaban aventándose al aire junto al Ángel, gritando porras, nadando en las calles inundadas, esa algarabía desaforada evidentemente supera a lo que la selección hizo en la cancha. Nunca habíamos visto algo así y creo que eso expresa lo ayunos que estamos de buenas noticias. Fue una alegría mayúscula y eso significa que nos hacía falta algo positivo.

Tu relación con México pasa también por la cercanía con movimientos políticos y sociales, quizás un legado de tu padre. Citabas antes al movimiento zapatista. Otro ejemplo es el apoyo a la candidatura de María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy. ¿Desde qué convicción te has involucrado?

Me ha importado desmarcarme de la forma en que mi padre veía muy intelectualmente la realidad. Además, este es también el país de mi madre y he tratado de acercarme de forma más afectiva a muchas cosas, a la gente, al lenguaje, a lo que aquí pasa. El movimiento zapatista fue una transformación del lenguaje político que incorporó una posibilidad incluyente que no habíamos tenido y que hasta la fecha se mantiene. Es notable que los menos favorecidos hayan dado pistas de cómo puede existir un país más plural, más digno de subsistencia. Cuando participamos en la campaña a favor de Marichuy la idea no era que ganara las elecciones, era imposible, sino que por primera vez en la historia una indígena mexicana fuera vocera de las ideas de los pueblos originarios durante la campaña presidencial. Allí hay una gran esperanza. Mientras no reconozcamos estas energías extraordinarias del pasado, las lenguas que compartan y los proyectos de renovación que tienen, no seremos un estado suficientemente pleno.

Esta manera de acercarte a la realidad de forma más afectiva que te remite a tu madre, ¿te conecta también con una búsqueda espiritual?

Me parece que no hay ningún mérito en pensar exclusivamente en términos racionales. El ser humano sería muy arrogante si pensara que sólo existe lo que entiende. Creo que hay muchas cosas que pertenecen al misterio y la espiritualidad. Esto tiene que ver con la apertura a ese misterio. Hay cosas que no entendemos y, sin embargo, suceden. En ocasiones, esto se va revelando racional y científicamente, pero siempre hay un mundo de cosas que seguimos sin comprender, así que todo lo que pertenece a lo inefable, a lo inexplicable, solo puede ser abordado a través de experiencias espirituales que pueden ser místicas, de meditación, religiosas. Eso me parece importante, sin negar el mundo racional y científico. Puedes ver el cielo y pensar racional y científicamente que hay vapor de agua, nubes, y que al condensarse caerán sobre nosotros en forma de lluvia. Al mismo tiempo, en esas nubes puedes descubrir una serie de formas, lo cual es caprichoso. Vale la pena no solo tratar de entender el cielo, sino de imaginarle formas a las nubes y eso tiene que ver con la espiritualidad. En todas las religiones hay un principio básico que es la aceptación del misterio. En la liturgia se dice: “Este es el misterio de la fe”. Es un acto de humildad saber que hay misterios que te rebasan y debes aceptarlos como tales. Todas las parábolas religiosas tienen que ver con la aceptación de misterios. Creo mucho en el sentido ritual y ceremonial de la vida y me gustan los rituales de las distintas religiones, las congregaciones con motivos de fe y nunca con motivos de fanatismo porque el fanatismo, paradójicamente, es la abolición del misterio.

Sin duda, el misterio nos rodea, lo experimentamos en la vida cotidiana.

Hay muchísimas cosas que no acabamos de entender, por ejemplo, la comunicación telepática. Conozco a especialistas del cerebro que han tratado de descifrarla, como Pablo Rudomín, y no hay una explicación concreta. Lo mismo pasa con las intuiciones que puedes tener a través de los sueños. Hay cosas que nos parecen coincidencias, pero cuando las coincidencias tienen un sentido profundo se convierten en algo más fuerte. Yo tengo números de la suerte, soy extraordinariamente supersticioso y esto me permite tratar de darle lógica a un mundo caótico. La superstición es una manera de articular el mundo en tu favor. Decía García Márquez que es una forma de seguirle la corriente a los presagios: algo va a pasar, ciertas señales lo advierten y más vale estar de acuerdo. Eso siempre me ha sorprendido. Hablando con científicos les pregunto por sus números favoritos y todos tienen sus favoritos. Los números deberían ser neutros en un sentido racional, pero tienen números con interpretaciones muy subjetivas y eso habla de la espiritualidad aun en zonas muy determinadas por la razón. Incluso las grandes soluciones racionales desembocan en un misterio. El hecho de que podamos entender el universo es en sí mismo un misterio. Por qué podemos comprenderlo, por qué hay leyes que gobiernan las órbitas de los planetas o la gravedad. Por qué existen las leyes y por qué podemos entenderlas. Si el universo es cognoscible quiere decir que tiene una lógica. En el mundo subatómico de la cuántica el principio de incertidumbre es significativo, pero, en términos generales, la sola posibilidad de entender la realidad ya es un enigma.

En el poema “Elogio de la sombra”, Jorge Luis Borges dice: “Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave, a mi espejo, pronto sabré quién soy”. ¿Cómo llegas a los setenta años?

Sin saber quién soy y espero no saberlo. Ese poema de Borges tiene el encanto de que la revelación se pospone: pronto sabré quién soy, pero todavía no lo sé y ese “todavía” puede ser eterno. Aunque el oráculo de Delfos nos recomienda conocernos a nosotros mismos, yo me conozco lo suficiente para no querer conocerme más. Quisiera aprovechar las energías que tengo para hacer las cosas que me gustan, estar con la gente que quiero y disfrutar de la lectura, la escritura. No me ha tocado todavía la amenaza de la página en blanco, sigo escribiendo y eso es un gran estímulo. Espero que alguna vez vuelva a ver campeón al Necaxa, aunque eso es más improbable que conocerme a mí mismo. Lo mejor de la vida no está en el logro, está en el intento. Eso es lo significativo, de eso se trata.


AQ / MCB

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