• Julian Barnes y su adiós literario: una conversación sobre ‘Despedidas’

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Julian Barnes e Ian McEwan conversan sobre más de cincuenta años de amistad, el placer de escribir, la memoria, la relectura y el paso del tiempo, a raíz de ‘Departure(s)’, libro con el que Barnes anuncia su despedida literaria.

Alicia Quiñones
Ciudad de México /

Con su atmósfera sobria y su larga tradición como espacio de pensamiento, música y palabra, Union Chapel acogió una excepcional conversación marcada por la intimidad, la memoria y la literatura entre dos de los autores más notables de su generación: Julian Barnes e Ian McEwan. El encuentro se realizó el 20 de enero de 2026 en esa iglesia anglicana —Union Chapel— fundada en 1799 en el barrio de Islington, al norte de Londres.

Amigos desde hace más de cincuenta años, los escritores compartieron escenario no solo para hablar del último libro de Barnes, Departure(s) (publicado en español por Anagrama como Despedidas) sino para sellar un momento histórico: el adiós literario de quien, como McEwan, fue considerado en 1983 por la revista Granta como parte de la legendaria lista de los Best of Young British Novelists, en la que también alinearon Martin Amis, William Boyd, Kazuo Ishiguro, Graham Swift y Salman Rushdie.

Barnes, autor de novelas como El loro de Flaubert y ganador del Booker Prize por El sentido de un final, presentó Departure(s), mientras que McEwan —también ganador del Booker y autor de obras como Expiación y En la playa de Chesil— asumió el papel de anfitrión y cómplice intelectual. Durante una hora de conversación —de la que ofrecemos esta versión necesariamente editada—, ambos recorrieron su amistad, el paso del tiempo y el acto de escribir como forma de resistencia y legado.

Julian Barnes (JB): Es la primera vez que estamos juntos en un escenario. Nos conocemos desde hace cincuenta años.

Ian McEwan (IM): […] Nunca es tarde para empezar. Mi primera pregunta —o ni siquiera es una pregunta, es un punto de partida— es plantearte, Julian, si pudieras evocar para nosotros el placer de escribir… […].

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JB: ¿Preguntas cuándo empezó todo? Creo que empezó en el pub The Pillars of Hercules, cuando ambos circulábamos por Londres hacia 1974-75. Uno de nuestros primeros mecenas fue un hombre maravilloso, poeta y crítico, llamado Ian Hamilton, que era extremadamente severo y sarcástico por fuera, pero tenía un corazón muy tierno. Y tú estabas allí y yo me sentí muy aliviado porque yo reseñaba ficción para el New Statesman y dos semanas antes había hecho un lote que incluía a Ian McEwan, de quien no sabía nada. Y, gracias a Dios, le hice una buena reseña.

IM: No nos caímos mal, pero sigo queriendo empujarte hacia la idea del placer de escribir.

JB: Fui bastante lento en publicar mi primera novela […]. Había sido periodista no sé cuántos años, diez, algo así, intermitentemente. Y ustedes dos —tú y Martin Amis— parecían alejarse en la distancia. Yo tenía poca confianza en mí mismo y ustedes dos parecían tener mucha. Probablemente no la tenían, pero era una buena fachada.

IM: Martin se llevó toda la confianza en cuanto pudo.

JB: Martin tomó el estandarte y salió corriendo con él […].

IM: Quiero quedarme un momento en los años setenta. ¿Crees que lo teníamos mucho más fácil sin internet, sin redes sociales, sin influencers, cuando lo único que importaba al publicar un libro era lo que dijeran The Listener o The Observer?

JB: No lo sé. Una de las cosas que quieres es respuesta, y supongo que ahora puedes recibir respuestas desde todo tipo de lugares, de todo tipo de gente. Mientras que si te destrozaban en The Listener…Era un mundo crítico más pequeño, sí.

IM: Y estaba poblado por jóvenes y hombres.

Ian McEwan y Julian Barnes. (Cortesía: Intelligence Squared)

JB: Bueno, sí y no. A menudo me sacan, incluso con prueba fotográfica, la famosa lista de 1983 de Best of Young British Novelists, y el semimito de que eran todos chicos blancos ingleses. No lo era: fue la lista más diversa que ha existido, y las listas posteriores han sido mucho menos diversas. Estaban Salman Rushdie, Shiva Naipaul, Buchi Emecheta, Kazuo Ishiguro. Había cinco o seis mujeres. Así que íbamos marcando el camino en diversidad.

IM: Ni lo sabíamos. Pensábamos: “estos son los buenos escritores que han elegido”. Me alegra que rescates los setenta por nosotros. Las editoriales, en cambio, y las páginas literarias, eran mucho más un “club de chicos”. La primera vez que fui a la oficina de mi editor —en Bedford Square, la de Tom Maschler—, quien me hizo esperar mucho tiempo y, en lo que me recibía, revisé sus estanterías y miré todos los libros publicados por Jonathan Cape —quizás estuve mirando por dos minutos sin reconocer un solo nombre—, me dio la sensación de que quizás estaba ante un beso de la muerte editorial.

JB: Bueno, no resultó ser eso, ¿no?

IM: Los dos somos autores de Cape.

JB: Durante aproximadamente cincuenta años.

IM: Antes de hablar contigo esta noche, releí Departure(s). Y creo que te dije en una nota cuánto admiraba su estructura. Ahora, creo que la estructura es un elemento casi invisible cuando lees por primera vez una novela. Inicias con la memoria y reflexionas sobre su falta de fiabilidad. Y entonces empiezas tu historia: una historia que no tiene un“en medio”, tiene un comienzo y un final. Evocas tu época universitaria: Oxford, Magdalen y la snake’s head fritillary creciendo a orillas del Cherwell. Más adelante, hablas de los efectos “radioactivos” o “radiativos” del duelo —de los cuales, trágicamente, sabes bastante—. Y luego llegamos, creo, a la parte más notable de esta novela. Saltamos cuarenta años. Y llega lo que me parece una pieza de magia ficticia moderna, posmoderna, pos-posmoderna. Parece que has atravesado un espejo: dos personajes vienen a verte, vienen a pedirte consejo. Tú pareces atravesar el espejo hacia tu ficción, y ellos están saliendo del espejo hacia tu mundo […].

Tengo la sensación de que eres un gran relector, lo que me devuelve a la estructura. La delicia de releer un libro —sobre todo uno no demasiado lejano en tu pasado— hace que su arquitectura se vuelva visible. Los escritores pasan tanto tiempo en su arquitectura, y queda como no observada. Pero, al releer, la vemos, por así decirlo, por primera vez.

JB: Creo que eso es cierto. Quiero decir: leemos, empezamos a leer libros por el personaje y la trama.

IM: Sí.

JB: El objetivo de las primeras páginas de una novela —me parece— es hacer que el lector confíe en que tú sabes lo que estás haciendo y que, si hay cosas que no entiende o no capta, se le explicarán en algún punto posterior. Es una forma de dar confianza por ambos lados. Recuerdo cuando estaba en la escuela y nos enseñaban sobre la novela y había “tema”, “estructura”, “tono”. Y de algún modo yo asumía que el novelista iba marcando casillas: esto, esto, esto… y de alguna manera sabía cuál era la forma general desde el principio. En mi experiencia no es así. A menudo la forma viene con la escritura.

Y otra cosa: esto es un paréntesis, pero no sé si te pasa. Cuando termino una novela, olvido todos los “falsos caminos”, todas las maneras en que podría haber ido y no fue. Y eso es una forma de hacerte confiar en que la has llevado hasta su etapa final, y es irrelevante pensar si esto o aquello podría haber pasado.

IM: Por eso a veces en entrevistas sientes que estás mintiendo sobre ti mismo. Hablas del libro como si siempre hubiera sido la intención.

JB: Sí, exactamente. Y, bueno, quizá suene un poco endeble decir: “fue suerte, salió así”. Pero claro, no fue suerte.

IM: Entonces, ¿cuál es el último libro que releíste? ¿Te acuerdas?

JB: En el último día de mis 79 años [el 18 de enero] empecé a releer Guerra y paz. Llevo cincuenta páginas, pero antes de eso, el último libro que releí fue una edición maravillosa, de Prue Shaw —gran estudiosa de Dante—, de la Comedia. No se llama La Divina Comedia. Dante no la llamó así. La llamó Comedia. Y luego, más tarde, alguna figura sacerdotal la convirtió en Divina Comedia. Y es una edición brillante. Entonces pensé: Infierno, genial; Purgatorio, bastante bueno; Paraíso, aburrido.

IM: Relacionado con la estructura de las novelas, déjame leerte algo, porque hay algo aquí que me parece perfección. “El anciano se mantuvo tan cerca de la ventana como el soldado se lo permitió”. Es la primera línea de tu novela El puercoespín. ¿Lo es?

JB: ¿Lo es? No la reconocí en absoluto. (McEwan lee nuevamente el fragmento, y Barnes lo recuerda.)

IM: Mi sensación con las primeras líneas es como entrar en una sala llena. Se hace el silencio, y tienes que hablar. Así que quería que reflexionaras sobre las primeras líneas. ¿Son difíciles? ¿Salen espontáneamente del material? ¿Muerdes el lápiz?

JB: Yo nunca asumo que la primera línea que escribo cuando empiezo la novela será la primera línea de la novela. Empiezo en lugares distintos. A veces empiezo con una escena que encapsula el conflicto principal que va a ocurrir. Y luego tengo que volver trescientos páginas atrás para llegar al inicio. A veces el comienzo —y no solo la primera línea, sino el primer movimiento— empieza a emerger y dice: “llévame hacia delante, llévame hacia delante”.

IM: Las primeras líneas más famosas a menudo son, creo, mentiras completas. No es: “Es una verdad universalmente aceptada que…” [Orgullo y prejuicio], o tampoco: “Todas las familias felices se parecen unas a otras…” [Ana Karenina]. Y tú señalas en esta novela que hay muchas maneras de ser feliz. Pero la miseria sí tiene una especie de lazos potentes en común con todas sus formas […].

JB: Una de mis primeras líneas favoritas es: “Mi madre murió hoy, o quizás ayer”.

IM: Sí, El extranjero.

JB: El extranjero es absolutamente sensacional.

IM: Y esta: “Esta es la historia más triste que he oído.” [El buen soldado, de Ford Madox Ford].

JB: Sí, esa es muy buena. […]

IM: [...] Vuelvo a tu libro. Hay una sección titulada “Vida versus libros”: “La vida y la lectura no son actividades separadas. Cuando lees un gran libro, no escapas de la vida, te sumerges más profundamente en ella. Lo que haces, esencialmente, es profundizar tu comprensión de las sutilezas, paradojas, alegrías, dolores y verdades de la vida”.

Portada de ‘Despedidas’, de Julian Barnes. (Anagrama)

JB: Eso soy yo.

IM: Tú respondías a esa frase tan citada de “la vida es una cosa… pero prefiero los libros” o “prefiero leer”. Lo pregunto porque tu ficción está absolutamente empapada de tus lecturas. Y me parece que esa cita —de ese ensayo publicado en formato de folleto— es una explicación. Tu lectura se vuelve tu experiencia, y esa experiencia da forma a tu escritura. Y los escritores pululan en este libro. Mencionaste a Proust, pero están muchos de tus autores familiares: Flaubert, por supuesto, Larkin, Baudelaire, Gautier, Mauriac. Y no es erudición: es cómo la lectura reconfigura tu mente, tu cerebro. Está muy presente en lo que escribes.

JB: Sí, pero me resisto a la idea de que tu escritura deba estar “empapada” de lectura. También debería estar empapada de tu experiencia y tu conocimiento de la vida.

IM: Sé que tenemos más preguntas, pero tengo que hablarte del perro. Los perros aparecen en la literatura de vez en cuando. Virginia Woolf, Kafka —“Investigaciones de un perro”—, Günter Grass, etcétera. Pero hay un perro maravilloso en esta novela. Es un perro real, de tu vida, llamado Jimmy. Un Jack Russell [raza originaria de Inglaterra]. Necesitabas muchas advertencias antes de conocerlo. Podías acariciarlo durante el día, pero no una vez que el sol se hubiera puesto.

JB: Sí, acariciarlo en el lomo. Era una zona específica. Acariciarlo ahí hasta la puesta de sol. Quizá sea el único perro que aparece mencionado en los agradecimientos al final de un libro.

IM: En Departure(s) anuncias que este será tu último libro. ¿Por qué anunciarlo en vez de simplemente desvanecerte? ¿Por qué bajar el telón?

JB: […] Pensé por primera vez en el problema del “último libro” hace cinco años o algo así. Recuerdo a un gran amigo, Brian Moore, el escritor canadiense-irlandés, maravilloso.Él dijo: “No quiero morir a mitad de un libro, porque entonces algún hijo de puta vendrá y lo terminará por mí”.

IM: Como pasó con Nabokov.

JB: Como pasó con Nabokov. [La novela inconclusa de Nabokov, El original de Laura, fue publicada treinta años después de su muerte, aunque había ordenado que la destruyeran.]

IM: Tengo una teoría. Escribir novelas no es una carrera, es una manera de ser. Así que, aunque no publiques otro libro o no escribas otro, no puedes dejar de ser novelista porque sigues notando cosas.

JB: Sí, pero lo notaré como persona normal, no como alguien que lo convierte en novela.

IM: Volveré y te lo recordaré en un año o dos. Además, en mi estantería estaba tu librito Changing My Mind (Mis cambios de opinión). Eres libre de cambiar de idea.

JB: Ah, ya. Sí.

IM: Sería un poco tramposo, creo. Porque, según el Financial Times, al anunciar que es tu último libro recibes reseñas más amables. Y funciona.

JB: ¿Por qué crees que mi mente funciona así? Soy una persona mucho más directa que eso. Leí mis reseñas con algo de desánimo.

IM: Es hora de una pregunta o dos más —alguien desde el público hace una pregunta, y McEwan la repite—. Cuando te diagnosticaron cáncer, ¿tomaste una decisión consciente sobre cómo vivir el resto de tu vida? ¿Con nuevo propósito y alegría, o con tristeza y arrepentimiento? En resumen: ¿cómo vas a pasar el resto de tu vida?

JB: Hablando contigo, en persona, creo que esto se refería a mi diagnóstico de cáncer de sangre. No creo que me cambiara. No entraré en detalles; pueden leerlos en el libro. No creo que cambiara mi actitud ante la vida y no formó parte de mi decisión de que este fuese mi último libro.

Julian Barnes lee la última página de su libro, dirigida a un lector:*

“Te echaré de menos”, signifique lo que signifique eso. La muerte debilita y socava cada palabra de esta frase: el verbo en futuro carece—o carecerá— de sentido. Y ahora, en el final, no tengo grandiosas declaraciones que ofrecer, ni unas últimas palabras que pronunciar. […] En su lugar, deja que te dé las gracias por tu sólida presencia, invisible pero latente, como mi cáncer. Cuando alguna vez me han preguntado cómo veo nuestra relación, respondo que no soy un escritor didáctico. No escribo ‘ex cathedra’: los novelistas no deberían hablarles a sus lectores desde una presunta sabiduría superior. Prefiero la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de alguna ciudad indefinida y de un país indefinido. El clima es templado, y tenemos una bebida fría frente a nosotros. Observamos y reflexionamos. […] Veo con el rabillo del ojo que observas tan atento como yo. Pero rara vez oigo tus respuestas; me temo que te has sentado en mi lado sordo.
Aun así, espero que hayas disfrutado nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego sí. Tu presencia ha sido un placer; de hecho, no sería nada sin ti. Así que voy a descansar un momento la mano en tu antebrazo —no, no, no dejes de mirar —y después me esfumaré. No, no dejes de mirar.

* Excepto el último fragmento, tomado de la traducción de Jaime Zulaika para Anagrama, la versión de este diálogo fue traducido por Alicia Quiñones.

AQ / MCB

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