Aunque Paolo Sorrentino tiene dos obras que parecen filmadas por un maestro florentino del Trescientos (por su belleza potente, por la sutileza de su teología y, en fin, por su mensaje con algo de herejía y otro de misericordia) tiene también otras obras menores. Las dos grandes películas que están a la altura del Trescientos son Youth, cuyo final invita, sin cursilerías a llorar por lo efímero de la vida y La grande belleza un filme en que conviven, como en aquella Italia de la que hablamos, la decadencia con una monja que sopla sobre el tufo decadente de la ciudad. Ahora Sorrentino presenta La Gracia. Y con ella, la duda.
Puede que la obra se complemente con las dos anteriores pues la duda evidentemente es propia de la gracia juvenil. Pero, esta vacilación luminosa aquí no encarna en un adolescente sino en un hombre adulto, institucional, incierto. Y en el lugar menos esperado: el despacho de un jefe de estado: Mariano De Santis (Toni Servillo) es un presidente italiano ficticio. Durante los últimos seis meses de su mandato, De Santis ha tomado tres decisiones: firmar una ley para permitir la eutanasia y conceder indultos a asesinos conyugales. La duda pareciera presentarse, pues, desde la perspectiva moral. No es la verdad jurídica que debiera buscar un abogado, un político, como De Santis. Se trata, otra vez, de esa verdad que buscaban los académicos del Trescientos. Si no firma es un torturador; si firma es un homicida. Pero pensemos esto: si la duda se quedara en el terreno ético de un hombre que no quiere o no puede atenerse a la verdad jurídica La Gracia diría poco sobre la condición humana. Lo que hace Sorrentino es más potente, la duda no es un debate, es una atmósfera, es el clima, la textura del filme. Y claro, la prueba de lo anterior está en lo concreto, en lo material: escenas que se quedan en la mente no por su simbolismo sino por su obstinación sensorial.
Estamos en el Quirinale, De Santis, el presidente que duda sale a un balcón a fumar. Está prohibido, por supuesto, pero no pasa nada. En este acto en apariencia trivial lo que vemos es una actuación magistral: un cuerpo viejo trata de abrir en sus pulmones la vida de aquellos a quienes otorga —o no— La Gracia del filme. Es un resquicio de vida que va más allá de todo protocolo. Otra escena (sin destripes, por supuesto): El caballo del presidente agoniza y los cuidadores le suplican que lo mate. Él se niega. ¿Por qué? Con esas decisiones, aparentemente contradictorias y ambiguas trabajaron Lope y Shakespeare. El sufrimiento animal es una escena fuertísima que, sin embargo, no se presenta como paralelo obvio al decreto en favor de la eutanasia. Es un hecho físico que contamina la mente del hombre sobre quien cae el poder de administrar. Ahora, claro, Sorrentino no sería el poeta que es (un napolitano en realidad) si no tuviese esta relación ambigua con el papa, en este caso, un hombre que lleva rastas canosas, aretes y viaja en patineta por los jardines. El presidente le pide que lo confiesa y el papa responde: Dios ofrece preguntas, excelencia, no respuestas.
¿Qué clase de respuestas? Imágenes, por supuesto, por eso hay un momento en que el presidente mira en un monitor a un astronauta varado en una estación espacial. La lágrima flota y el presidente no puede tocarla. Tampoco nosotros. Porque La Gracia es una película tan intocable como el dolor de los grandes personajes de Sorrentino. Lo es porque no ofrece mensajes que interpretar. Son mensajes que hay que sentir.
¿Dónde ver La Gracia?
La nueva película de Paolo Sorrentino se estrenará en cines de México el próximo 19 de marzo.
La Gracia
Paolo Sorrentino | Italia, 2025
AQ / MCB