Invitación al deseo: sobre ‘La invitación’, de Olivia Wilde

Cine

‘La invitación’, de Olivia Wilde, explora cómo el deseo se configura a partir de los otros y pone en crisis la idea de autenticidad.

Fotograma de ‘La invitación’, de Olivia Wilde. (IMDb)
Fernando Zamora
Ciudad de México /
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En las mejores películas la trama esconde alguna verdad sobre el ser humano. La invitación, de Olivia Wilde, a primera vista podría parecer sólo una comedia sobre el intercambio de parejas, pero poco a poco se va volviendo un análisis sobre el desgaste del matrimonio como institución occidental. Se revela, finalmente, como una reflexión todavía más incómoda: la de que el deseo no pasa por nosotros mismos, sino por el otro.

Esto es lo inquietante de La invitación. Joe y Angela son un matrimonio que se ha instalado en la comodidad de la clase alta. Un día deciden invitar a sus vecinos Hawk y Pina. La velada inicia en modo civilizado, como debe ser, pero la charla deriva hacia confesiones sobre fidelidad, deseo, rutina y formas distintas de entender lo que una pareja es. Entre el humor, la provocación y el drama, esta película que bien pudo haber caído en teatro filmado enfrenta a dos parejas a decirse lo que tienen años tratando de enunciar.

La película es una adaptación de Sentimental de Cesc Gay, pero la directora de esta versión, Olivia Wilde encuentra su propio tono. Está menos interesada en la farsa y más en las grietas que anuncian el derrumbe de una relación. Ya se ha dicho que Wilde conserva una estructura esencialmente teatral, pero consigue una experiencia genuinamente fílmica; que se trata de una farsa burguesa en que el espacio resulta más bien una trampa emocional, Peter Bradshaw recuerda (me parece que de modo muy pertinente) la decisiva película ¿Quién teme a Virginia Woolf? Pero hay algo que aún no se ha desarrollado en torno a esta película, se habla de matrimonio sí, pero no de deseo. ¿Por qué la pareja de otra persona cambia de modo tan radical la percepción que tiene uno de su propia relación? Responder que ante los otros aparece una posibilidad distinta es insuficiente. 

Hay que echar mano de una crítica de la cultura: René Girard —teórico del cine que murió en 2015—, en su texto Mentira romántica y verdad novelesca (en que desarrolla su teoría estudiando a Cervantes, a Stendhal y Flaubert, entre otros), propone que deseamos lo que otro desea. Siempre hay un mediador de modo que el deseo resulta siempre triangular. Aquí el teórico se desmarca de la tradición que insiste en la creencia romántica del deseo autónomo, espontáneo. El suyo es un esquema triangular: hay un sujeto, un objeto y un mediador. Lo que pensamos más auténtico (el deseo que sentimos) ha sido aprendido por imitación.

¿Cómo se aplica esta idea a La invitación? La escena más reveladora tiene algo de escandaloso, Hawk y Pina hacen “algo” que cambia por completo el modo en que Joe y Angela se miran a sí mismos. Angela mira a Pina reír con una naturalidad que ella cree haber perdido hace muchos años y durante unos segundos, en esa mirada, más que narrativa aparece el arte dramático. Porque los otros, la sonrisa del otro es más que una tentación erótica. Resulta francamente en una posibilidad. Y en esta cultura obsesionada con la autenticidad, “con el ser nosotros mismos” descubrir que nuestro verdadero deseo pasa por la existencia del otro resulta algo similar a una ilusión. No, no actuamos de forma libre. Nos movemos dentro de deseos modelados por aquellos que admiramos, envidiamos o tememos, de modo que La invitación del título no consiste en compartir una noche distinta sino aceptar que nunca deseamos solos. Y el vecino nunca fue un peligro para nuestro matrimonio. El peligro fue descubrir que, en su deseo, comenzamos a parecernos a él.

¿Dónde ver La invitación?

La cinta de Olivia Wilde está disponible en carteleras comerciales del país.

La invitación

Olivia Wilde | Estados Unidos, 2026

AQ / MCB​

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