‘La Odisea’ de Christopher Nolan

Bichos y parientes

‘La Odisea’ de Christopher Nolan se toma libertades con Homero y la Edad de Bronce, pero acierta al convertir el viaje de Odiseo en un espectáculo visual.

Fotograma de ‘La Odisea’, de Christopher Nolan. (Universal Pictures)
Julio Hubard
Ciudad de México /
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Christopher Nolan es un lector de la Odisea, pero no es un acólito: mete mano por aquí y allá, pone y quita según le conviene. Sí, uno lamenta que no aparezcan Nausicaa ni los feacios, porque uno de los grandes momentos de la historia de la literatura es cuando Odiseo, incógnito, viejo, demacrado y atenido a la caridad del rey Alcínoo, escucha su propia historia cantada por un aeda del pueblo feacio y llora en silencio. Uno echa de menos el momento en que, en el Hades, entre las sombras de los muertos, Odiseo reconoce la sombra muda de su madre.

La película es larga. Nolan tuvo que elegir. Me quedo con mis ganas y elogio su trabajo.

​Estuve a punto de hacer berrinche con que Telémaco dijera una burrada; algo como “somos la mayor civilización que ha conocido el mundo”. Imperdonable: el muchacho está en Ítaca, un pueblo rabón, de cabreros y campesinos, al final de la Edad de Bronce. Odiseo es un basileus, que traducimos como “rey”, pero que se parece más a un cacique. Para que apareciera la gran civilización y cultura griegas faltaban cinco siglos en la historia, y dos, al menos, para que se estableciera el texto homérico. En la región griega de aquella época, solo había una ciudad real e importante: Micenas, donde reinaba Agamenón. Pero cuando aparece Agamenón se me pasó el enojo, porque queda claro que Nolan no está buscando la precisión histórica: su Agamenón lleva una armadura digna de Darth Vader, negra, reluciente, de metales y formas imposibles. Y lo repite con el breve pasaje de los lestrigones. Fantasía, pues. Sigamos y que valga el juego ambiguo. Nolan dejó en el guion algunas intervenciones de arqueología muy moderna: Penélope y Telémaco expresan su temor a “los pueblos del mar” y, en el diálogo final entre ella y Odiseo, él confirma el temor, pero dice que “los pueblos del mar” éramos nosotros, los griegos. Cierto y bien dicho, pero, parodiando a Cocteau, es como si dijera: “Nosotros, guerreros de la Edad de Bronce”… En fin, Nolan oscila entre la precisión y la fantasía y toma o deja lo que le viene bien, de modo que solamente queda juzgar su obra, tal cual, y no por su fidelidad. Queda relajarse y asistir a un formidable espectáculo visual. Ese Polifemo, un verdadero y horroroso cíclope y no una versión de un gigante con “capacidades diferentes”; las sirenas y el breve monólogo interior de Odiseo todavía atado al mástil no lo habría despreciado Homero; el descenso al Hades y el encuentro con Tiresias; la súbita violencia de su Escila; el repugnante Antínoo… Hay un montón de cosas que quedaron estupendas. Sí, todavía lidiamos con un woke inercial y, por ejemplo, Helena es la guapa Lupita Nyong’o.

La Odisea da para sobrellevar esto y otras cosas cuando se trata de una adaptación hecha por un lector fascinado por el poema. Mi juicio es el de un villamelón del cine y un lector interesado de la Odisea. Lo que hizo Nolan me parece muy, muy superior al esplendoroso fracaso de Troya, de la que solamente recupero el Príamo de Peter O’Toole.

En esta película no queda sino hallar más virtudes que vicios, y una de las mayores es que resalta un contraste necesario: Odiseo es inteligentísimo y versátil (polítropos), pero ni bondadoso, ni generoso, ni bueno; es hábil y eficaz: cada situación lleva su inteligencia como recurso práctico, no moral. Por contraste, el gorrón principal entre los pretendientes de Penélope, Antínoo (el anti-noûs, la “anti-inteligencia”), es un sujeto que no entiende su lugar; como es soberbio y altanero, carece de intuición: quiere gobernar la escena, mientras que Odiseo la lee y se adapta con sagacidad. Nolan quiere que Odiseo tenga nobleza de carácter. Se vale, pero no es cosa de Homero.

Tampoco Homero es un autor consistente. La Ilíada y la Odisea son obras tan diferentes que pueden dar para la intuición de Butler y Graves: que la Odisea fue escrita por una mujer. Pero, sobre todo, Nolan entendió que la Odisea es una obra de cuentos y la Ilíada es de cantos. Queda claro desde los primeros versos. “Canta (aeíde, el imperativo de aeído, cantar), Musa, la cólera de Aquiles”. El poeta desaparece en la Ilíada y se convierte en recurso sonoro de la diosa. La Odisea: “Cuéntame (énnepe, imperativo de ennépo: contar, relatar), Musa...”. Pero inserta un moi, “a mí”: moi énnepe. El poeta es interlocutor de la Musa. ¿Se vale meterle mano a la historia homérica? Lo hizo Virgilio. Lo puede intentar Christopher Nolan.

AQ / MCB

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