Siempre anhelé visitar Acapulco. Quizás por la fama que tenía el puerto de haber sido alguna vez el destino turístico favorito de las celebridades de Hollywood. O tal vez por los comerciales televisivos de los años ochenta que retrataban una bahía de ensueño con hoteles de gran lujo. Pero no fue sino hasta el año 2001 cuando, invitado a una convención, pude cumplir ese anhelo. El siglo había cambiado y el puerto también. Corrían rumores de inseguridad y el personal del Acapulco Princess, hotel donde me hospedé, recomendaba no alejarse de la zona Diamante.
Una tarde, sin embargo, me las arreglé para eludir una aburrida cena y logré disfrutar del famoso espectáculo de los clavadistas en La Quebrada. Los vi ascender cual arañas humanas por aquel empinado sendero apenas visible entre las altísimas rocas, para luego detenerse en la cúspide y lanzarse en picada ejecutando acrobacias. Estaba a punto de ponerse el sol y las imágenes de sus siluetas en el aire recortadas contra el fulgor del crepúsculo se me quedaron grabadas en la cabeza.
Veinticinco años después, he vuelto a vivir esa experiencia, pero a través de los ojos de Víctor Rejón e Irving Serrano, los directores de Las voces del despeñadero, el magnífico cortometraje documental que ahora compite por el Premio Ariel y que en veintitrés minutos retrata de manera entrañable, íntima, casi espiritual las motivaciones de estos clavadistas.
Filmado en blanco y negro con ayuda de un dron, una cámara subacuática y tres cámaras convencionales, este trabajo, que ha obtenido reconocimientos tanto en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, como en el de Morelia en 2025, solo por mencionar dos de México, constituye sin duda el mejor homenaje que se ha hecho hasta ahora a estos hombres y mujeres que, durante años, han sido vistos únicamente como ramplón atractivo turístico.
¿Qué los motiva a arriesgar su vida a diario? ¿A quién se encomiendan? ¿Cómo empezaron a prepararse para convertirse en clavadistas? ¿Qué dificultades enfrentan? ¿Se arrepienten de haber elegido este camino?
Tomando como referentes La fórmula secreta del mexicano Rubén Gámez y Olympia, de la alemana Leni Riefenstahl, los directores trabajaron con el equipo de fotografía comandado por Eliott Reguera para transmitir visualmente al espectador lo que estos hombres y mujeres sienten al lanzarse al vacío desde un despeñadero de treinta y cinco metros de altura, sin protección. En ese viaje de segundos en el aire que culmina cuando los cuerpos se estrellan contra el agua, la atinada elección de Vivaldi como música de fondo es fundamental. Sin los acordes de Las cuatro estaciones no se apreciarían de igual forma los movimientos de los clavadistas.
Fracturas, columnas desviadas, tímpanos perforados, cicatrices, accidentes que casi cobran vidas. Hay en cada testimonio una sutil carga de lamentos, pero exenta, justo es decirlo, de arrepentimiento. Pues lo que La Quebrada proporciona a estos héroes anónimos, es superior a cualquier rotura de huesos: identidad y sentido de pertenencia, algo que ningún otro oficio podría brindarles.
“Yo tomé cursos con Ambulante y a Irving le gusta el cine de género. Tratamos de fusionar ambas vertientes para este documental, que no solo tiene la perspectiva de registro, también posee la apreciación estética de los clavados”, dice Víctor Rejón en una entrevista a propósito de Las voces del despeñadero. Y uno constata, a pesar de la brevedad del filme, la veracidad de sus comentarios, pues la belleza visual del cortometraje no solo es apabullante, sino que apuntala a la perfección las historias de vida de los clavadistas.
“Las voces del despeñadero es un documental que no busca resaltar el riesgo como espectáculo, sino profundizar en las motivaciones personales y espirituales de quienes se lanzan día con día desde La Quebrada”, han dicho sus realizadores al ser entrevistados. Por eso se entiende la aparición de escenas que resaltan las creencias personales de los clavadistas que van, desde la típica devoción a la Virgen de Guadalupe hasta la bizarra adoración a la Santa Muerte, pasando por lo que algunos considerarían una extravagante postura agnóstica.
No es fácil capturar con tanta maestría la esencia de una tradición tan mexicana como la de los clavadistas. Este cortometraje, que se filmó dos semanas después de la devastación que dejó el huracán Otis en Acapulco, nos recuerda que los seres humanos tenemos la capacidad de reinventarnos por encima de cualquier desgracia.
Quien tenga la oportunidad de ver este extraordinario filme —de libre acceso actualmente en la plataforma Vimeo en su camino a la más importante contienda del cine mexicano— podrá rememorar ese Acapulco glamuroso de postales internacionales que algunos mexicanos tuvieron la fortuna de conocer.
AQ / MCB