Leche de silencio | Por Socorro Venegas

Fragmento

‘Leche de silencio’, de Socorro Venegas, es una obra híbrida que entrelaza memoria, autobiografía y ensayo para reflexionar sobre el mundo nahua, la pobreza y los vínculos familiares.

Portada de ‘Leche de silencio’. | Socorro Venegas, escritora mexicana. (Especial)
Socorro Venegas
Ciudad de México /
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Con autorización de la autora, presentamos un fragmento de su libro más reciente, publicado por Páginas de Espuma; se trata de un libro mestizo, dice ella. En su nota introductoria, explica: “‘Leche de silencio’ puede tratarse de memorias poéticas, de un ensayo imperfecto, inestable, de una autobiografía imaginaria, una novela sin ficción, incluso de una correspondencia, entendida como un intercambio emocional muy intenso”. Es un libro que narra, recuerda, reflexiona sobre el mundo indígena, sus lenguas —en este caso la nahua— y la pobreza que suele acompañarlo. Está dedicado a la madre, la tía Sara y la abuela de Venegas.

¿Hay algo que pueda fascinarnos y engancharnos más que la vida privada de nuestros padres?

A fuerza de mirarla conseguí ser testigo, en retrospectiva, de su metamorfosis. Elia se va modificando en mi memoria. Eso también me reconfigura. Ahora que la escucho hablar de su infancia, ahora que se dirige a mí y no a un interlocutor ajeno, ahora que me ha convidado a verla vivir.

Una niña infiltrada en un mundo de adultos, donde es recibida como si fuera mayor; le dan tareas y responsabilidades, le regalan cosas útiles, ropa y zapatos, nunca un juguete, percibe un sueldo, mientras su padre le envía cartas con una hermosa caligrafía dirigidas a alguien que apenas existe: “Para la niña Elia Pérez Márquez”. Esas misivas suelen aparecer de manera esporádica para preguntarle cómo la tratan, si está bien. De vez en cuando le requiere que vuelva al pueblo unos días, a cuidar de su madre parturienta. El padre escribe cartas que la hija no contesta —No sé por qué no le escribía. ¿Será porque no me salían bonitas las letras?—. Responde a mi mirada interrogante. Elia les quita una hija a sus padres. Les da esa orfandad. Las cartas llegan sin regularidad, a veces una en tres meses, luego dos en un mes. Son apariciones. Él redacta fórmulas de cortesía aprendidas en la escuela en el breve periodo en que pudo estudiar. Esa correspondencia quiere hacerle saber a su hija que está del otro lado, que la quiere. Un padre que es quien es, capaz de mantener su alcoholismo ante el hambre de sus hijos; que se odia a sí mismo, a fondo, pero a ella no. Eso lo sé muy bien, Elia, conozco a tu padre y al mío. “Tu mamá se va a aliviar pronto”, le dice con esa caligrafía asombrosa. Y allá va, a donde es llamada, a la calle Constitución 7, en Hueyapan, municipio de Tetela del Volcán, Morelos. Hace lo que puede en tres o cuatro días, madruga para ir al molino a moler el maíz cocido, echa las tortillas en el comal. Su mamá se levanta pronto, en pocos movimientos se ata al cuerpo, envuelta en un rebozo, a la nueva criatura. Y ella vuelve a la ciudad.

***

Pienso en otra correspondencia. El novelista Eduardo Halfon escribe una carta a su padre en la que le dice aquello que no puede confiarle apoyado en su pecho. Odia y ama, como Kafka, y quizá sobre todo necesita. Saturno es el primer libro del escritor guatemalteco y es para decidir a quién va a matar. Son breves páginas que zarpan de “Saturno devorando a sus hijos”, la inolvidable pintura negra de Goya, y trazan un itinerario terrible por la historia de escritoras y escritores en conflicto con sus padres y con la vida a la que no logran apegarse. Se suicidan. Una pregunta asoma, inevitable. Inquiere Halfon a su padre: ¿asistirías a mi funeral? Estas páginas no serían tan dolorosas si el hijo en verdad dudara de la respuesta.

Mi abuelo Gabriel sí hubiera ido al funeral de su hija. No necesito más que haber estado recién nacida en sus brazos para saberlo. Como me ocurre con mi padre, no es sencillo poner a este hombre en la balanza. Le enviaba cartas a su hija. También fue el coloso que eligió el alcohol. Un hombre impasible ante el hambre de sus hijos. Un genio de los injertos.

Un día volvió a trabajar la tierra.

Al parecer había encontrado cierta paz.

Y lo desaparecieron

***

Voy y vengo del libro de Halfon, tan breve, inabarcable. Me cuesta leerlo. Cada día solo un par de páginas. Por supuesto, el escritor mata al padre, y en un acto de supervivencia se resguarda en territorio ancestral. Si el padre, todopoderoso, cruel, impone el silencio a su hijo y le prohíbe llorar, este descubrirá que el lenguaje es amparo materno. Así será su dilatada despedida de Saturno: “y viajé hacia la única cueva donde me sentía protegido, donde sabía poder estar completamente aislado de usted. Al lenguaje. Era imperativo escaparme a un mundo sobre el cual usted jamás pisaría. Al mundo de la madre: el lenguaje, las palabras, la literatura. Un mundo inaccesible para gigantes como usted […]. Huyo escribiendo, padre”.

Madre y escritura. El territorio al que he llegado con Elia, nuestra correspondencia.

Nos estamos escribiendo.

AQ / MCB

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