Hay gente que rechaza enfrentarse a puntos de vista diferentes. La estrategia es la censura disfrazada de otro tipo de ideales. Eso ocurre en el plano supuestamente democrático o intelectual. México se acerca a los cien periodistas asesinados en los últimos diez años. Después de una censura tan categórica, esa gente no se toma el cinismo de enviar cartas a la opinión pública para justificar su acto de censura.
Quien censura “porque mis razones sí son las correctas” abre la puerta a la censura por las razones “incorrectas”. Quienes balearon a los empleados de la revista Charlie Hebdo se creyeron justicieros. Sus acciones fueron tan correctas como las del tipo que le sacó el ojo a Salman Rushdie en el intento de asesinarlo. La amenaza que pende sobre este autor ha amilanado a los académicos suecos que bien habrían podido otorgarle el Premio Nobel. ¿Pero se quieren enfrentar a la ira de los extremistas y no tan extremistas?
Hubo un momento en que no alinearse con la Revolución cubana tenía graves consecuencias. Pueden leer Persona non grata de Jorge Edwards. Y todavía hay quien aplaude la censura en Cuba.
En el mundo soviético se condonó la ejecución y prisión de miles de escritores porque hay ideales más elevados que la libertad de expresión. Cuando al Premio Nobel soviético Mijaíl Sholohov le preguntaron por dos colegas suyos que habían sido condenados a varios años en Siberia por críticas a la Unión Soviética, él dijo que la pena era muy blanda y debieron haberlos matado.
Daniel Ortega desterró a los escritores Sergio Ramírez y Gioconda Belli, y algunos que en este caso firmaron cartas en favor de la libertad, ahora firman por la censura cuando la libertad incomoda.
Trump le niega la entrada a CNN a la Casa Blanca porque él supuestamente ama la libertad de expresión, pero solo cuando es amable.
En 2024 la policía de Los Ángeles dispersó violentamente y arrestó a muchos manifestantes en UCLA que habían montado un plantón en favor de Palestina, porque en the land of liberty es más importante el orden y la autoridad que la libertad.
En México recordamos el caso de la maestra que echaron de su escuela por intervención de Carlos Abascal porque había puesto a sus alumnos a leer Aura de Carlos Fuentes.
En todos y cada uno de estos casos, hay gente que siempre le apuesta a lo mismo: a la libertad. La máxima voltaireana: no estoy de acuerdo contigo, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.
Otros miden la temperatura de los tiempos, la orientación del aplauso, la conveniencia, sus pareceres, las redes y los likes, sus aficiones y aversiones, su xenofobia, racismo, antisemitismo, y terminan, a veces, apostando por la censura; pero eso sí, recetando eufemismos y falacias para asegurar, al mismo tiempo, que no son partidarios de la censura.
AQ / MCB