Desde Virgilio hasta el Cantar de Mío Cid y la épica renacentista, el canto heroico suele describir un ascenso y llegar a una culminación admirable; el guerrero llega a la cumbre del señorío, conquistando el honor, o restaurándolo en forma de corona o reino: la soberanía era un pacto con un orden doble: sobre el mundo y con la voluntad de los dioses o de Dios.
Pero aquel orden no podía sobrevivir a la modernidad. No existe más el héroe que se encumbra, que suele ser de señorío o incluir una corona. Rabelais espantó a Erasmo y a los moderados que querían un príncipe cristiano: el gran poderío es gargantuesco, pantagruélico. El Quijote desfondó la gloria de las caballerías. A lo largo de la modernidad, la épica quedó en botarga vacía; y su correlato filosófico, la Utopía, paso a paso terminó en su contrario, con sólo un intento de restauración en la práctica: los marxismos, como atroz confirmación de que ya no son posibles ni la utopía ni el canto épico de la soberanía.
Durante el siglo XX, no recuerdo ni una utopía, ni una épica, que no sean parodia o sátira. Pero la Bestia quiere encarnarse, personalizarse y establecer su hegemonía. El monstruo sigue ahí, quiere su poder entero y se alimenta de adeptos, súbditos, feligreses. Vomita a los individuos libres.
Y aquí hay dos tradiciones narrativas: la historia que se cuenta desde la resistencia individual y libertaria, o la auscultación de las tripas de la Bestia. Dicho de modo simple: la tradición de lengua inglesa y la tradición morbosa y obsesiva de la española, principalmente latinoamericana. En ambas vive la misma necesidad desacralizadora, pero la inglesa adopta el punto de vista del individuo común que decide arrebatar al poder su libertad propia, porque le resulta irrenunciable. Por ejemplo, George Orwell (1984), Aldous Huxley (Un mundo Feliz), Ray Bradbury (Fahrenheit 451), Philip K. Dick (El hombre en el castillo) … o Arthur Koestler, que escribía en alemán, aunque El cero y el infinito se publicó primero en inglés. Éstas y muchas otras novelas comparten la perspectiva del sujeto que elige, con costos inmensos, su propia libertad en contra de la opresión hegemónica de un poder tiránico. La dignidad humana dejó de ser compatible con la obediencia al poder y el bienestar podrido de la aquiescencia. Ya no puede ser épica: la libertad existe, no la gloria y no el destino.
La tradición española ha inventado un género literario: la novela de tirano, que comienza con Tirano Banderas de Valle Inclán, pero de antes ya trae los genes de la necromancia: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!”, que es el inicio del Facundo (1845), de Domingo Faustino Sarmiento.
La doble hélice genética de una gran tradición de la lengua española no va a la zaga de la inglesa. Pero difiere mucho en tono, dimensión (las novelas latinoamericanas son mucho más largas), y, dijimos, perspectiva: la obsesión es el poder, el poderoso en quien encarna una soberanía que sobaja y vampiriza a la población. Pongamos: Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca), Augusto Roa Bastos (Yo el supremo), Mario Vargas Llosa (La fiesta del chivo), o Rulfo (en un ámbito local, Pedro Páramo).
Casi de paso podemos contrastar los puntos de vista.
Orwell: “Con la sensación de que hablaba con OʹBrien, y también de que anotaba un importante axioma, [Winston Smith] escribió: ‘La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados’.”
Roa Bastos: “Yo soy el árbitro. Puedo decidir la cosa. Fraguar los hechos. Inventar los acontecimientos.”
Para el inglés, el sujeto de la historia es el inconforme libertario; en nuestra lengua, el tirano, el poderoso. No es admiración (aunque, a veces…) sino obsesión. Obsesión a la mala: eso que se odia y, sin embargo, no deja de desearse. Pero no es deseo, aunque no deja de serlo y se convierte en esa forma del mal que no suelta al narrador ni a su lector… Esa ambigüedad que muerde al escritor. ¿Cómo no explorar el mal desde dentro, si ya lo tengo en las manos? Esta maldita tentación de investir al poder con una sacralidad, ya no de Dios sino diabólica. Después del siglo XX, apelar a la soberanía es necromancia.
AQ / MCB