‘El libro de las odas’: flor y canto de la poesía china

Nuevas visitaciones

También conocido como ‘Clásico de poesía’, ‘El libro de las odas’, compilación atribuida a Confucio, reúne obras anónimas de la canción popular china. Voces femeninas comparten sus ilusiones y angustias a casi dos milenios de distancia.

Zhou Wenju, “Xi Shi lavando seda”. (Wikimedia Commons)
Jorge Esquinca
Ciudad de México /

A Édgar Trevizo

Tiempos lejanos en un país remoto. Las Seis Dinastías gobernaron China durante más de tres siglos al comienzo de nuestra era. Un período, informa la Enciclopedia Británica, de particular brillo para la cultura, con grandes avances en la medicina, la astronomía y las artes. Floreció la poesía y, en buena medida, gracias a una extensa antología titulada El libro de las odas, cuya preparación se le atribuye a Confucio, han llegado hasta nosotros testimonios de canciones populares, generalmente anónimas.

Kenneth Rexroth, traductor al inglés de las que aquí presentamos, cuenta que buena parte de estas piezas sirvieron de modelo a los poetas posteriores para tomarlas como punto de partida en la elaboración de sus propios poemas. Algo semejante ha ocurrido entre nosotros con los poetas del México prehispánico, admirablemente vertidos al español por Miguel León-Portilla. Tal vez porque la originalidad, tan prestigiada hoy en día, no fue entonces la meta, sino la manera en que los poetas, hombres y mujeres, se acercaban al modelo para extraer de él un nuevo giro, un nuevo matiz.

He aquí diez de estas canciones traducidas a partir de las versiones de Rexroth. En ellas se deshilan voces de mujeres, probablemente cortesanas, que desde una honda intimidad nos hablan de sus días y de sus noches; de sus anhelos y sus cuitas. Llegan hasta nosotros con la levedad y la gracia de la flor que abrió esta mañana.

I

Canta el cucú en la arboleda.

Las flores de cerezo ensucian el camino.

Una joven camina bajo la luna llena,

arrastrando su falda de seda en la hierba.

II

En primavera recogimos las hojas de la morera.

Al final del verano desenrollamos los capullos.

Si una joven trabaja día y noche,

cuándo va a encontrar tiempo para casarse.

III

Noche sin término. No puedo dormir.

La luna llena brilla en lo alto.

Muy lejos en la noche oigo que alguien llama.

Sin esperanza, contesto, “Sí”.

IV

¿Qué es lo que me pasa?

Tantos hombres en el mundo,

¿por qué sólo puedo pensar en ti?

V

Amargo frío. Nadie se ha marchado.

Te he buscado por todas partes.

Si no me crees,

mira mis huellas en la nieve.

VI

Me detuve ante su puerta por un vaso de agua.

Una casa pequeña, a unos pasos del puente.

Ella era una jovencita,

y vivía sola sin un esposo.

VII

Cae la noche. Él salta sobre la cerca.

Amanece. Él abre la reja y se va.

Ha tomado su placer,

y no piensa más en mí.

VIII

Mi amado llegará pronto.

Dijo que vendría a la puerta del jardín.

Mi madre sigue despierta.

Puedo oír el latido de mi corazón

como una espada en un escudo.

IX

Nuestra hermana pequeña está preocupada.

¿Cuánto tiempo debe esperar todavía

para poder casarse?

Con frecuencia ha visto al viento

llevarse los pétalos del duraznero,

pero nunca lo ha visto

regresarlos a las ramas.

X

Pasan los meses como agua en una cascada.

El otoño se desvanece.

Un grillo llora en la quietud.

Y yo estoy sola y triste.

***

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite