Los caminos que corren

La guarida del viento

Las aventuras del Coyote que busca al Correcaminos, en algún desierto de California, sugieren algunas preguntas sobre el absurdo y el sinsentido de la vida.

Fotograma de ‘Coyote vs. Acme’, de David Green. (IMDb)
Alonso Cueto
Ciudad de México /
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A pesar de su popularidad entre mis amigos, siempre fui un enemigo declarado de los dibujos animados. Las caricaturizaciones de animales convertidos en humanoides o de humanos animalizados, producían seres ridículos y algo grotescos, en el mejor de los casos unos divertimentos pasajeros. El pato Donald me parecía un ser repelente, lo mismo que el Ratón Mickey o el Conejo de la Suerte.

Sin embargo, hay una animación a la que siempre he seguido, tal vez porque no la comprendo del todo. Las aventuras del Coyote que busca al Correcaminos, en algún desierto de California, me parece que sugieren algunas preguntas sobre el absurdo y el sinsentido de la vida.

El Coyote es un científico, un pensador fallido. Usa artefactos para capturar al correcaminos. Calcula los espacios y los tiempos, hace mapas. El Correcaminos en cambio es un ser que no tiene ningún plan. Es un animal apegado a la realidad. Vive a ras de la tierra. Su identidad es la de ser un ser fugaz, inexpresivo, compuesto por su doble sonido gutural. El Coyote en cambio lo vigila con ojos expresivos. Es un cazador empecinado y ridículo, que mira a la cámara con resignación antes de caer al abismo. Aunque se supone que quiere servirse al Correcaminos como plato, su obsesión no tiene un motivo concreto. Su naturaleza es la de nunca cazarlo y siempre persistir. Es un adicto de su imaginación y un esclavo de la realidad que desconoce. Con frecuencia en la etiqueta de los aparatos que usa hay un nombre científico. Es la garantía de que no van a funcionar. La ciencia no sirve de nada frente a la vida, parece decir la serie. Quijotesco, persistente, delirante, el coyote científico nunca va a dejar de buscarlo y tampoco va a morir en el intento. El correcaminos en cambio está hecho para un rostro fugaz e indiferente.

En la película que se ha estrenado estas semanas sobre ambos personajes, el Coyote se sale de su escenario, el desierto, y va a la ciudad. Entra al mundo real. Quiere demandar a la empresa que ha creado los aparatos con los que busca cazar al Correcaminos. La película sigue una serie de secuencias disparatadas. Cerca del final, el abogado le dice lo que ya sabe. Nunca va a capturar a su presa. Pero la revelación verdadera ocurre cuando el Correcaminos va a la sala del juzgado y le pregunta si volverá a su territorio. Es cierto. Ambos no tienen lugar en la realidad, solo en el desierto de la imaginación. Es allí donde son lo que son.

El creador de la serie, Chuck Jones no los creó de la nada. El antecedente de la historia aparecía en Roughing it (Pasando problemas), un libro de Mark Twain. El claxon de un auto Chrysler fue el modelo de los “bips” que emite el Correcaminos. En un episodio, el Coyote lo espera con un cartel que dice: “Despacio. Escuela”. Es inútil. El correcaminos le muestra otro que dice: “Los correcaminos no sabemos leer”. La serie es un presagio humorístico de estos tiempos. Los correcaminos se la llevan. Por más que nuestro corazón esté con el coyote.

AQ / MCB

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