Marta Jiménez Serrano: “Los libros salen de preguntas y obsesiones”

Entrevista

Después de sobrevivir a una intoxicación por gas, la escritora española Marta Jiménez Serrano dejó constancia de esa experiencia en ‘Oxígeno’, sobre el asombro de estar vivos.

Marta Jiménez Serrano, autora de ‘Oxígeno’. (Foto: Jairo Vargas)
Ciudad de México /
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La poeta, cuentista y novelista española Marta Jiménez Serrano recibió una bocanada de aire en su carrera con Oxígeno, un libro en el que narra su experiencia de volver a la vida después de que la negligencia de una casera casi provoca la muerte de ella, su pareja y su gato por un bóiler en mal estado. “Pensé que estaba escribiendo un libro sobre la muerte y me encontré con que estaba escribiendo uno sobre el asombro de estar vivos”, dice a Laberinto durante su viaje para presentar Oxígeno en la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios y en el Hay Festival de Querétaro.

La anécdota tiene fecha y lugar: sábado 7 de noviembre de 2020, en plena pandemia. Jiménez Serrano estaba a punto de publicar su novela debut, Los nombres propios (2021), en Sexto Piso, a la que le siguió un libro de relatos, No todo el mundo (2023), que obtuvo reconocimientos en España.

En el piso madrileño que compartía con Juan, su novio y también escritor, un asesino acechaba. El primero que se dio cuenta de ello fue el gato, Canapé, que buscó refugio bajo una cama. Una caldera en mal estado esparcía monóxido de carbono por las habitaciones, pues la casera se había desentendido del mantenimiento y vivía en Los Ángeles.

Aunque nunca tuvo en mente los casos de Sylvia Plath y Assia Wevill, esposa y amante del poeta británico Ted Hughes, que experimentaron la muerte por gas doméstico, Marta Jiménez Serrano detalla en Oxígeno (Alfaguara, 2026), con minuciosidad clínica e investigación médica y periodística, qué padece un organismo en las etapas de exposición al monóxido de carbono... hasta la muerte.

Jiménez Serrano advierte que Oxígeno tiene también un trasfondo social: la dificultad para contar con un piso o vivienda, un derecho fundamental.

¿Por qué decidió llevar una experiencia personal a una novela?

No creo que lo viviera como una decisión. El hecho de tener una experiencia cercana a la muerte me llevó a hacerme una serie de preguntas sobre nuestra relación con la muerte, sobre los miedos y el sentido que le damos a la vida. Los libros salen de preguntas y obsesiones. En mi caso, más que una idea, mis novelas y relatos salen de las cosas que me interesan y que no termino muy bien de comprender. Esta experiencia desplegó muchas preguntas ante mí, y el modo que tuve de relacionarme con ellas fue escribir Oxígeno.

¿Esas preguntas condicionaron el estilo, la voz narrativa?

Encontrar a la narradora de esta novela fue de las cosas más difíciles. Hice muchas pruebas con el narrador, probé tonos y miradas. Eso me dio parte de la clave de la historia porque es una primera persona que, sin embargo, tiene pocas características de la primera persona habitual: es una voz distante, que incluso se autoexculpa. Me dije: “No me estoy inventando esto; así fue”. Cuando escogí a la narradora me encontré con otro problema: si la narradora era la protagonista, desde el principio comprendemos que sobrevivió. El segundo reto fue sostener la intriga narrativa, conseguir un ritmo concreto, dosificar la información para que la estructura se sostuviese.

Cuando experimentó aquella crisis estaba por salir su primera novela. ¿De qué manera una experiencia tan personal y vital cambió su visión de la literatura y su manera de escribir?

No sé si esa experiencia cambió mi manera de escribir; creo que ha ido cambiando con los libros y los años. Estoy segura que en Oxígeno encontré una voz más desnuda. Mi primera novela tenía un narrador muy particular; el segundo libro, una colección de relatos, tenía varios narradores. Con Oxígeno pensé: ¿qué pasa si no me protejo o no me ayudo del ingenio y si desnudo la voz de la narradora? Lo que me enseñó Oxígeno fue un reto. Abrí una ventana distinta, una escritura que se pone menos trampas, que se escabulle menos de sí misma.

Portada de ‘Oxígeno’. (Alfaguara)

A Oxígeno ni siquiera me atrevo a llamarle novela, por la recuperación de géneros que hace. Pero me parece que hay una motivación social: el problema de la vivienda. Hay momentos en que la narradora, Marta, está muy enojada.

Lo que ocurrió fue una negligencia de la casera. Yo vivía en un piso de alquiler. La denuncia se hacía sola, nada más con contar los hechos. Si me lo hubiera inventado no habría quedado una historia que reflejara tan simbólicamente las condiciones de difícil acceso a la vivienda y de precariedad en las que hoy vivimos. El enfado de la narradora está muy vinculado a algo que planea en todo el libro: la noción de responsabilidad.

La vivienda es propiedad privada, pero no debería serlo como cualquier otra, en la medida en que tener un techo está dentro de los derechos fundamentales. Hay un problema muy grande al no poder acceder de manera segura y eficiente a la vivienda, que se refleja también en la intimidad. He intentado que el libro refleje qué pasa, cómo se encarna en una vida concreta esta precariedad a la hora de acceder a una vivienda y habitar un hogar.

¿Cómo fue el diálogo con su pareja, que es también escritor, para retratarlo en una situación tan límite como la que ambos vivieron y cuenta en Oxígeno?

No hubo mucho diálogo en cuanto al retrato. En aquel momento, él era mi pareja, conocía lo que yo estaba escribiendo. Fue algo muy natural, sin misterio. Hubo un momento en que lo entrevisté, y al enfermero que me atendió. A Juan le puse una grabadora delante. Fue muy curioso porque recordó algunas cosas que en la conversación privada no habían salido. Resultó un interesante ejercicio de memoria.

Marta dice que Juan no le llamaba Marta, pero durante su desmayo cuenta que él gritaba: “Marta, Marta”. Y apunta: “No quería darme la extremaunción, quería bautizarme”. ¿Valora ahora su experiencia como renacimiento o como toma de conciencia?

Yo diría, más bien, como toma de conciencia, que me obliga a hacerme muchas preguntas y replantearme muchas cosas.

¿Cómo se vincula Oxígeno con sus libros anteriores?

Oxígeno, por un lado, me llevó a sitios distintos: utilizo una narradora y una mirada distinta. Pero, al mismo tiempo, hay una continuidad con muchos de mis temas y miradas anteriores. En todos mis libros hago un retrato de lo cotidiano, hablo de las relaciones humanas, de la identidad. Hay una mirada antitética del mundo.

Incorpora notas de diarios y estadísticas para apuntalar el azar y la probabilidad de que le ocurriera esa experiencia con el gas casero. ¿Por qué recurrió a elementos que para la narrativa son comúnmente considerados aburridos, o no narrativos, como los boletines?

Me parecía que los lenguajes técnico y periodístico contrastaban muy bien con los pasajes más emocionales de la novela. El libro tiene este juego: “Yo te estoy dando la verdad, la realidad, como fue”. Tanto las estadísticas como los datos y el lenguaje periodístico contribuían a dar una sensación de objetividad. Y, luego, el libro se compone como un rompecabezas con piezas de diferentes composiciones, y me parecía que así planteaba que la vida tiene muchos planos y uno de los planos son los datos.

Respecto a otros personajes, hay una frase que dice que tal persona era su amigo pero dejó de serlo. No se sabe si fue por la experiencia que tuvo. ¿De qué manera usted valora o valoró la existencia de otros en esta historia?

Oxígeno es una novela que habla sobre cómo reacciona la comunidad ante el dolor. Hay personajes que reaccionan acompañando y otros que reaccionan alejando a los demás o no siendo capaces de sostener el dolor. Están los amigos que están y los que no están; está la falta de humanidad de la casera frente al calor de la gente de los servicios de emergencia. Hay, efectivamente, una tensión entre lo común y lo individual. Quién, ante el dolor de los demás, se hace presente, y quién va un poco a la suya. Vivimos en una comunidad, necesitamos a los demás, y nuestra supervivencia a diario depende de confiar en los demás.

Su título es Oxígeno pero todo el tiempo habla del monóxido de carbono. ¿Por qué no llamarlo Monóxido?

“Monóxido” era como llamaba al libro durante el proceso de escritura. Decía: “Este es el libro del monóxido”. Pero cuando lo terminé, me di cuenta de que el libro termina de una manera luminosa, esperanzada. Pensé que estaba escribiendo un libro sobre la muerte y me encontré con que había escrito un libro sobre el asombro de estar vivos. Me pareció que Oxígeno daba mejor el tono.

AQ / MCB

  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.

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