La cultura es un elemento indispensable, o por lo menos debería de serlo, en nuestras sociedades. En ella se encuentra la posibilidad no solo de entender las problemáticas, sino de mantener viva la tradición que sustenta lo que somos como individuos, nos aísla de los grandes riesgos que podemos padecer: fascismos, genocidios, guerras, dictaduras y súmesele las innumerables desgracias que hemos sufrido como humanidad.
Cuando las sociedades parecen desaparecer la cultura nos rescata y otorga la posibilidad de esperanza en el futuro: grandiosos intelectuales fueron expulsados de España, en la dictadura de Franco. México y su cultura se beneficiaron con la presencia de José Gaos, León Felipe, Adolfo Sánchez Vázquez, Ramón Xirau, Luis Buñuel, Remedios Varo. El presente, por lo tanto, necesita, de manera forzosa, del pasado: es lo que llamamos memoria.
Al respecto, Consuelo Sáizar, al ingresar a la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, dictó un inteligente discurso: “Los archivos del porvenir. La memoria y su custodia”. Es una provocación intelectual que nos exige replantearnos el presente para preservarlo en el futuro, porque “un archivo no se limita a lo que se conserva del pasado: es aquello que el futuro aún podría interpretar”.
Los archivos son pasado que está ávido de decirnos algo. Antes las epístolas, los diarios y archivos eran el testimonio de lo que iba siendo la sociedad, pero el reto, ahora, es saber cómo preservamos todo lo que hoy somos: los millones de correos, mensajes de WhatsApp. La historia que se escribe todos los días deberá de ser rescatada por las sociedades del futuro. A ellas les tocará entender la ruptura que vivimos, el cambio voraz y radical con el pasado o en palabras de la doctora Consuelo Sáizar: “Esa memoria requiere los instrumentos probados por nuestros antecesores y, simultáneamente, cauces nuevos capaces de convertir la innovación del presente en legado”.
La memoria se custodia, aun a pesar de los cambios tecnológicos, por la lectura. Nos podemos acercar al texto a través de distintos soportes. La tecnología, entonces, no es un riesgo sino una aliada en este trabajo de custodia que realizan quienes participan en las academias, no solo preservando ese pasado sino democratizándolo se hace posible que llegue a todos. Rescato otro fragmento del brillante discurso: “Nuestra cultura es compartida y, al mismo tiempo, irreductiblemente particular: en ella se trazan horizontes de significados que se configuran en la experiencia histórica común”.
Para pensar en “los archivos del porvenir” es necesario entender la construcción intelectual de Consuelo Sáizar —académica, editora, servidora pública, consultora, lectora y escritora— todas las facetas han formado a uno de los personajes imprescindibles de la vida cultural de México. Hay dos momentos que rememora en su discurso, y permiten se entienda el valor que tiene la memoria, no solo como formadora de sociedades, instituciones y naciones sino, también, de biografías que permiten construir el paralelismo entre la vida pública y privada de las personas, haciendo posible entender su pensamiento y la visión que tienen de la sociedad y cómo logran que sus ideas se transformen en acciones.
Primer archivo de la memoria: “Nací en una imprenta. Mi infancia transcurrió entre máquinas, cajas de tipos móviles y el olor de la tinta fresca. Ese espacio fue mi primera escuela: allí aprendí que el lenguaje exige disciplina y que la cultura se sostiene en oficios en permanente evolución”. Somos, entonces, forzosamente el pasado que nos forma. Las raíces de las cuales no nos podemos desprender porque describen la esencia más precisa de nuestro pensamiento, todo ello que siempre hemos querido ser y de lo que nunca nos desprenderemos.
Segundo archivo de la memoria: “tuve la oportunidad de promover la conservación de bibliotecas personales de grandes hombres de la cultura mexicana del siglo XX en la Ciudadela, dando origen a ‘La Ciudad de los Libros’. Ese ejercicio mereció el reconocimiento de Mario Vargas Llosa, quien calificó como ‘la más bella, original y creativa biblioteca del siglo XXI’. Al lograr aquella ciudad abrió para los otros, nosotros, un infinito de imaginación y memoria. Permitió que los libros estuvieran abiertos a los habitantes desconocidos del futuro aquellos que podrán recurrir al libro impreso cuando, quizá, desde un holograma accedan a una nueva forma de lectura.
El ingreso de Consuelo Sáizar a la Academia Hispanoamérica es la oportunidad de tener grandes proyectos que preserven nuestra memoria y quizá un día, parafraseando a Elena Garro y su novela cumbre Los recuerdos del porvenir, ella nos diga: “Aquí estoy, sentada sobre este archivo aparente. Solo mi memoria sabe lo que encierra y custodia”.
AQ / MCB