La mesa de mármol: un encuentro entre Isak Dinesen y Marilyn Monroe

Narrativa

El cinco de febrero de 1959 en South Broadway, Carson McCullers recibe en su casa a la Baronesa Dinesen y a Marilyn Monroe, ese encuentro irrepetible es el motivo del siguiente cuento-crónica.

Marilyn Monroe. (Archivo)
Pedro Ángel Palou
Ciudad de México /
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Para Norma Jean, en su centenario.

Nieva sobre el Hudson, sobre las tablas blancas de la casa, en la que tres mujeres se verán por primera y última vez. Cinco de febrero de 1959 en South Broadway, donde Carson McCullers vive desde hace años. Antes de que caiga la tarde ocurrirá un encuentro por demás inesperado. Carson tiene cuarenta y dos años, la mitad del cuerpo paralizado desde el derrame que sufrió en 1947, jovencísima, a los treinta y usa bastón. Observa el río color peltre desde la ventana y tiene miedo y frío. Miedo de las dos mujeres que vienen a cenar desde Manhattan.

Dudó mucho en hacer la invitación. Lo recordará después en sus memorias. El verdadero temor consistía en que la realidad perturbara la imagen de sus dos invitadas. A Isak Dinesen (Karen, la baronesa, para los suyos) la había leído con admiración. Lejos de África estaba allí, en la mesa de centro, esperando su autógrafo. Hay un temor real en el hecho de conocer en persona a quien se ha querido tanto en un libro, piensa Carson. Quizá la persona resulte menos querible, incluso distante o ególatra, le ha pasado tantas veces.

Y ahora duda de nuevo.

—Ha llamado Marilyn otra vez —dice Ida desde la cocina, sin alzar la voz.

Es la tercera ocasión. O la cuarta. La mujer más fotografiada del planeta llama desde la ciudad para preguntar, con una voz pequeñísima que nadie le creería, si el vestido debe ser escotado o no. Carson le contesta lo único que se le puede decir a una mujer así:

—Cualquier cosa que te pongas te quedará hermosa, querida.

Cuelga. El cuerpo más codiciado del país, temblando por un escote. Carson tenía veintitrés cuando publicó El corazón es un cazador solitario y el mundo entero quiso mirar su rostro. A los treinta el cuerpo empezó a fallarle. La belleza no le sirvió de nada, y lo sabe.

***

Arthur Miller va en el asiento del copiloto, preside en el viaje como si dirigiera una obra de teatro, no le agrada que la invitación de Carson fue en realidad para Marilyn y que él es comparsa. No se ha acostumbrado que junto a su mujer él pasa desapercibido. Atrás van las dos mujeres que el siglo recordará y que en este momento no son más que dos cuerpos arropados contra el frío de Nueva York en febrero.

Una es Norma Jean Baker, Marilyn Monroe de treinta y dos años. Acaba de terminar una película en la que se disfraza con enorme tristeza de mujer feliz; Some Like It Hot se estrena en marzo y va a volverla inmortal, aunque ella todavía no lo sepa. Quizá lo sospecha, o se atreve a desearlo en las noches malas, que son casi todas. Mira la nieve por la ventanilla y piensa en los ostiones. No ha comido ostras nunca con gente que sepa comerlas. Tiene miedo de hacerlo mal. El mismo miedo que Carson, aunque ninguna de las dos lo sabe todavía; lo van a descubrir dentro de un rato, a la vez, y les va a dar risa.

La otra es Karen Christence Blixen-Finecke, que usa el seudónimo de Isak Dinesen. Setenta y cuatro años envueltos en una pañoleta que le ciñe la cabeza y el cuello a modo de turbante, el cuerpo amortajado en telas y pieles, la cara reducida a sus líneas esenciales. Pesa treinta y seis kilos. Come ostras, uvas blancas, bebe champaña, y nada más. Llegó a Estados Unidos en enero, invitada a leer su obra, y Nueva York la recibió como a una reina: en el St. Regis con Babe Paley y Cecil Beaton; las lecturas en el Poetry Center, la cena de la Academia donde pronunció su discurso sobre los lemas de su vida. Afirmó que de este país querría ver solamente a cuatro personas. Hemingway andaba de viaje. Cummings la llevó del brazo a recibir sus premios. Quedaban dos, y las dos están hoy a su alcance, una a su lado y la otra esperándola junto a un río helado.

Karen mira a Marilyn de reojo, con lenta atención. La estudia como estudiaba a los animales en la granja de Ngong: sin lástima ni apuro. Piensa entonces una cosa que no dirá tiempo después: que esta muchacha le recuerda algo; algo que tuvo entre las manos hace décadas y decidió no conservar.

***

Ida Reeder abre la puerta. Han llegado también Clara Svendsen, que viaja con Karen y le sostiene el brazo en cada escalera, y el primo Jordan, que bajó de Georgia para el almuerzo, y Felicia Geffen, la que organizó en la Academia la cena donde Carson y Karen se conocieron, seis días antes de esta. Ida es negra, como los criados que Karen tuvo en África, y a Karen le encantará hablar con ella toda la tarde. Llegan tres coches con todos a la casa de Carson.

Sobre la mesa de mármol negro, fría al tacto, está el almuerzo. Ostras crudas sobre hielo picado. Un racimo de uvas blancas. Las botellas de champaña heladas. Un soufflé que se vendrá abajo si no comen pronto. Esa mañana Carson mandó a Ida a recorrer medio condado por uvas blancas y ostras frescas, al enterarse a última hora de que la baronesa no comía otra cosa.

—Mi amiga imaginaria —dice Carson, y le tiende a Karen la mano buena, la que aún obedece—. Tantos años leyéndola y temiéndola, baronesa querida.

—Las dos cosas son la misma. A mi edad ya solo me molesto en temer lo que quiero.

A Carson se le pasó el miedo en cuanto Karen habló. Sendos besos en las mejillas, sonrisas cómplices.

***

Comen poco. Marilyn mira cómo Karen sorbe una ostra con naturalidad y la imita, y le sale bien, y se ríe de su propio alivio. Bebe champaña. Cuenta la historia de cuando guisó pasta por primera vez:

—Quise hacerle a Arthur los tallarines de su madre, a la antigua. —Arthur, en su extremo, ya oyó este cuento otras veces—. Se me hizo tarde, siempre se me hace tarde, llegaban los invitados y la pasta seguía cruda, dura como alambre. Así decidí terminarla con la secadora del pelo.

La mesa estalla. Karen ríe una vez, en corto. Cada carcajada le cuesta. Marilyn resplandece. La escuchan, que es lo que ella buscaba cuando dejó Hollywood y se metió al Actors Studio en 1955.

—Se perdió la cena —dice Carson.

—Casi pierdo al marido —corrige Marilyn, y mira a Arthur. Se divorciarán en 1961.

***

Arthur no se resiste y hace la pregunta de cualquier hombre razonable, no del complejo dramaturgo que todos admiran:

—Y dígame, baronesa —leve cortesía en su voz—, ¿qué médico le recetó semejante dieta? Ostras, champaña, uvas. No hay proteína, no hay...

Karen deja la copa. Lo mira. En los ojos hundidos le queda algo de dureza. Mató leones en África. Enterró a Denys Finch Hatton cuando se le cayó la avioneta. Perdió la granja cuando el precio del café se desplomó. No va a dejar que un dramaturgo de Brooklyn le hable de nutrición.

—¿Doctores? —repite, con desdén—. Los doctores están horrorizados con mi dieta. Pero yo amo la champaña, y amo las ostras, y me sientan de maravilla. —Calla un momento—. Es triste, eso sí, cuando las ostras no están en temporada. Esos meses tengo que volver a los espárragos. Meses tristísimos.

Arthur insiste, terco, comentando algo sobre las proteínas, y Karen zanja la cuestión:

—No sé nada de eso. Soy vieja. Como lo que quiero y lo que me sienta bien.

Y vuelve a hablar de sus amigos de África. Comía así desde hacía años y los médicos no entendían cómo seguía de pie.

***

Cuenta cómo mató a su primer león en la sabana. El rifle pesaba, la hierba estaba alta, el animal tardó en caer. Mandó curtir la piel y se la envió al rey Christian de Dinamarca, al norte frío del que ella había huido para poder respirar. Marilyn la escucha con los ojos muy abiertos. Creció en un orfanato de Los Ángeles, mirando por la ventana el depósito de agua con el logo de la RKO pintado arriba, y escucha como entonces, esperando que algún día.

Karen la mira mientras habla y al fin sabe qué le recuerda esa hermosa y codiciada mujer, algo que tuvo y no pudo conservar. Un cachorro de león. Se lo trajeron sus criados a la granja de Ngong, pequeño, dorado. Lo crió a mano unos meses y lo soltó monte arriba, porque un animal así no aguanta el cautiverio; la jaula lo mata despacio. Pasó años sin saber si hizo bien.

Lo que diría después, y que alguien anotó, es que Marilyn irradiaba a la vez una vitalidad sin freno y una inocencia imposible, lo mismo que aquel cachorro. A Marilyn había que soltara también en la selva espesa.

No lo dice ahora. Lo piensa, sobre este mármol, mientras la mujer más viva del mundo se sirve más champaña sin saber que una anciana acaba de leerle la suerte en la cara.

***

A ninguna de las tres le queda mucho.

Karen morirá pronto. Tres días después de esta tarde la internarán de urgencia: los médicos dicen que su cuerpo se parece al de quien sobrevivió a un campo de exterminio. Aguantará todavía, consumiéndose hasta que la piel se le amorate al menor roce, y morirá mientras duerme, de hambre, el 7 de septiembre de 1962. La mujer que solo comía ostras y champaña va a morir de hambre.

Marilyn morirá un mes antes que ella, el 5 de agosto, en una casa de Los Ángeles, sola, con un frasco vacío. Treinta y seis años. Hará una sola película más, The Misfits, escrita por el hombre que hoy conduce el automóvil y que para entonces ya no será su marido. Dirá que el guion era malísimo y por eso también la película.

Carson durará más, lo que en su caso quizá sea la peor suerte: la de ver morir a las otras dos y seguir. Ocho años más de derrames y de pastillas. En 1967, un último derrame, cuarenta y siete días en coma, una tumba en Oak Hill, a un paso de esta casa, sobre este mismo río.

Hoy no. Hoy es febrero de 1959 y las tres están vivas y comen ostras sobre mármol negro y se ríen. Quien cuenta esto sabe las tres fechas y se las calla. Es lo único que se le puede regalar a un muerto: el rato en que todavía no sabía el final. Dejémoslas comer ostras. Las dos escritoras quieren escrutar la mente de Marilyn, embelesadas con su belleza buscan saber quién es en realidad esa mujer hermosa. Entrar en el alma de Marilyn resulta más sencillo de lo que las dos imaginan: basta con preguntarle qué lee.

Las paredes del comedor de Carson están repletas de libros. Marilyn las ha mirado de reojo toda la tarde, como se mira lo que uno quiere y no se atreve a pedir. En la mesa de centro sigue Lejos de África, todavía sin firmar. Es Carson la que pregunta, por cortesía, sin esperar gran cosa. Y Marilyn, que llegó temiendo las ostras, contesta sin miedo, porque de esto sí sabe.

—Leo a saltos —dice—. El Ulises no lo leí nunca en orden, lo sigo abriendo por donde sea. Tengo la edición de 1934, la que pudieron imprimir cuando el juez dictaminó que no era obsceno.

Arthur la mira desde su extremo.

—Todos creen que el personaje es Molly, por lo que piensa en la cama al final del libro —sigue ella—. A mí el que me importa es Leopold. El judío al que desprecian, casado con una católica. Joyce dice casi todo por la boca del que sobra en el cuarto. Leopold es como yo, está fuera de lugar.

—¿Y dónde estudió usted, querida? —pregunta Karen, que ya sospecha la respuesta.

—En ninguna parte. No terminé la escuela. Hay una librería en Hollywood Boulevard, la Pickwick. Las noches malas, que son casi todas, voy y abro los libros al azar. Cuando una página me detiene, me lo llevo. No los elijo yo, dejo que los libros me encuentren.

Cuenta entonces de Dylan Thomas. Lo conoció hace años, cuando compartía un departamento en West Hollywood con Shelley Winters; Shelley cocinaba y ella levantaba la mesa. Una noche el poeta cenó con ellas porque quería conocer a Chaplin, y de la cena salieron en coche a la casa del cómico. Thomas iba tan borracho que estrelló el auto contra la cancha de tenis. Murió en Nueva York en 1953, derrumbado en un hotel, a los treinta y nueve años. Marilyn todavía lo lee en las noches en que no llega el sueño.

—También me sé de memoria a Hopkins —continúa, casi pidiendo perdón, y baja la voz para recitar—: I wake and feel the fell of dark, not day. —Lo traduce para sí misma, sin que nadie se lo pida—: Despierto y siento la piel de la oscuridad, no la del día. Eso lo entiendo perfecto.

Se ríe sola. Una vez, en una fiesta, oyó a unos hombres hablar de Whitman; se acercó y dijo que le encantaban sus chocolates. Los hombres se rieron, satisfechos. Les dio la rubia que esperaban. Es más fácil, explica: a una tonta la quieren, a una que lee le tienen miedo. Lo dice sin rencor, como un truco del oficio.

Le declara a Carson, en voz baja, que leyó dos veces La balada del café triste. Carson cierra los ojos, apenada. En octubre de 1999, cuando rematen en Christie’s los más de cuatrocientos libros de Marilyn, cinco irán a dar a la Schlesinger Library de Radcliffe, donados por una desconocida de Boston; uno es ese, el de Carson, junto a dos novelas de Willa Cather, la Dorothy Parker portátil y los cuentos de Grace Paley. Arthur escribirá, en cambio, que su mujer nunca leyó a Carson. El imbécil está sentado frente a ella y no la escucha. Nunca lo hizo, como tantos otros a quienes solo cautivó su belleza.

Las dos escritoras la dejan hablar. Carson contaría que Marilyn escuchaba con los ojos azules muy abiertos, a la manera de un érase una vez.

—Me he mudado tanto que perdí la cuenta —dice Marilyn—. También he mudado de nombre: nací Mortenson, me bautizaron Baker. Pero siempre me acompañan mis libros. —Mira los estantes de Carson—. Acaparo libros. Son la gente que no se va.

Entró al orfanato en 1935, a los nueve años. Desde la ventana se veía el tanque de agua de los estudios RKO, con el logotipo pintado arriba, los mismos estudios donde Gladys, su madre, había trabajado cortando cinta de película antes de que la encerraran en un hospital.

***

Después del almuerzo Carson va hacia el fonógrafo y pone un disco. La aguja hace ruido, luego encuentra el surco, y la música amuebla la casa de tablas sobre el río.

Lo que pasó entonces ha sido recogido en dos versiones distintas. En sus memorias, que tituló Illumination and Night Glare, Carson cuenta que las tres bailaron juntas, abrazadas, y que dieron unos pasos sobre la mesa de mármol negro, y que un amigo de Ida lo filmó con una cámara. Lo llamó la fiesta más hermosa y frívola de su vida. Arthur Miller lo negó años después, también por escrito: Carson estaba paralizada, los músculos consumidos, no habría podido subirse a una mesa ni dar un paso. Recordaba la comida al detalle, pero negaba que hubiesen bailado.

Miller asistió a una comida más y se fue a su casa. Carson se pasó el resto de su vida contando que esa tarde bailó. Sé a cuál creerle, aunque para 1959 no pudiera caminar sola ni sostener una taza con la mano izquierda. Ella contó ese baile muchas veces, durante ocho años, puliéndolo cada vez, hasta convertirse en su recuerdo más firme. Nadie debe discutírselo.

Ahora las vemos bailar.

Suena la música, algo lenta, y las tres se acercan entre sí. Karen apenas se mueve, treinta y seis kilos meciéndose dentro de las telas que la envuelven como a una momia. Marilyn la sostiene del brazo, con cuidado, como a una abuela. Y Carson, en medio, ríe contoneándose apenas.

***

Afuera sigue nevando. Ya casi no se aprecia el Hudson. Ida recoge las copas. Clara busca el abrigo de la baronesa. Arthur mira el reloj. Y Marilyn, antes de irse, se inclina y le da a Carson un beso en la mejilla. Eso sí ocurrió de cierto: hay una fotografía que lo guarda, la estrella besando a la novelista enferma mientras la danesa, al fondo, bebe su última copa.

Karen, ya en la puerta, envuelta otra vez en sus pieles, se vuelve a mirar a Marilyn por última vez. La muchacha le sonríe desde el coche. El cachorro dorado, agitando la cola.

La baronesa piensa, sin decirlo, lo que ya pensó en la mesa:

“No. Yo no me la quedaría, la dejaría libre, feliz.”

Subió al coche. La nieve borraba ya el camino. Las tres se separaron esa tarde sobre el Hudson y ninguna volvió a ver a las otras. Dos estarían muertas en menos de tres años.

Bailaron achispadas encima de la mesa, ayudadas por las otras dos mujeres que asistieron a esa cena. Para que ocurra ese baile es escribo este cuento.

AQ / MCB

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