En su Historia del cine, una odisea, el famoso director y ensayista del cine, Mark Cousins, propone algo muy provocativo. En los primeros capítulos afirma que el verdadero cine clásico no es el de fines de los años de 1930 e inicios de los años de 1940 en Estados Unidos. A este cine Cousins le llama “romántico”. Para el escritor irlandés, el cine clásico es el japonés porque consigue, como Yasujiro Ozu, una serenidad que sólo puede ser comparada con el gran arte clásico griego.
Hay en el cine japonés, dice Cousins, precisión emocional, dominio del tiempo y el espacio y, sobre todo, síntesis en los opuestos. Todo ello y en especial esta síntesis de lo opuesto es clave para meditar en torno a la película Los niños lobo de Momoru Hosoda.
Hay que decir de inmediato que estamos hablando de una película animada y que de una vez tenemos que quitarnos los prejuicios en torno a la animación japonesa. No son películas para niños, son historias universales que cuentan historias como esta: Hana se enamora de un hombre lobo y, por causas que no es necesario ventilar, tiene que criar sola a sus dos hijos, Yuki y Ame quienes han heredado la naturaleza dual de sus padres. Habiéndose mudado al campo para ocultar su secreto, los niños, al crecer, comienzan a elegir sus propios caminos: Yuki quiere integrarse a los humanos, pero Ame siente atracción por la montaña.
La película es fascinante. Hosoda utiliza esta premisa para construir una meditación sobre la maternidad evitando por completo las convenciones dominantes en el cine contemporáneo, es decir, los manuales de Syd Field que funcionan bajo una lógica que permite que todo cine y toda serie basada en dicha estructura sepa igual. Primero: Los niños lobo no avanza por un conflicto externo, sino mediante estaciones, atmósferas y cambios interiores de los personajes.
Sentir el tiempo es más importante que entender la causalidad. Y es justamente por ello que muchas de las escenas clave en Los niños lobo consisten en ver cómo se cocina, cómo se siembra o cómo se camina bajo la lluvia. Es necesario sentir con los protagonistas el sonido del viento, la nieve que se aglutina en torno a la casa rural.
Pero, además de pertenecer realmente a la tradición contemplativa del cine japonés, la imagen del hombre lobo adquiere una dimensión opuesta a la que sufre en occidente. Porque ser animal allá no es caída, sino posibilidad de existir. El bosque, lejos de ser un territorio malévolo es un espacio liminal entre lo profano y lo sagrado.
La montaña que ansía Ame tiene esta dimensión próxima al sintoísmo japonés, es frontera entre hombre y naturaleza y debe permanecer abierta. Es aquí donde vale la pena analizar Los niños lobo desde la estética japonesa formulada por Junichiro Tanizaki. En El elogio de la sombra, Tanizaki afirma que la estética occidental trata de eliminar toda sombra, todo misterio. Frente a ello reivindica una estética basada en la penumbra y el silencio.
Es así como esta película fue construida. Y lo dicho, tenemos que recordar siempre a quienes ven en la animación japonesa películas para niños que se están perdiendo de una de las formas más acabadas del arte de Japón. Tanizaki escribió que la belleza de su país surge de la resonancia natural de espacios oscuros: el eco de la madera, por ejemplo, el sonido amortiguado del agua, la vibración tenue de una habitación en penumbra. Esto es exactamente lo que ofrece al espectador Los niños lobo, una serenidad que golpea suavemente para abrirnos a lo inefable.
¿Dónde ver Los niños lobo?
La película dirigida por Momoru Hosoda está disponible en salas de Cinépolis.
Los niños lobo
Dirección: Momoru Hosoda | Japón | 2012
AQ / MCB