El viaje, tanto en su versión de ida como en el sueño del regreso, lo mismo desde su vocación de extranjería como en la búsqueda del arraigo, desde la seducción de lo distante como en el viaje interior: la poesía de Enzia Verduchi ha seguido un camino peculiar. Su voz destaca por un temple de delicada madurez poética, resistente a los destellos relampagueantes de las tendencias y los discursos. En sus poemas no hay prisa por decir las cosas sino intención por nombrar con decidida exactitud y hondura los hallazgos que su visión ha recogido a través de las andanzas de la vida. En su poética no cabe la urgencia, sino la amplitud de una mirada que sabe esperar a que el ciervo de la poesía aparezca entre la maleza del lenguaje. Desde “El sueño de Ítaca” —que forma parte de su primer libro Cartas de usurpación (1992)— hasta “No quiero llegar a la edad de mi padre” —poema inédito que clausura su antología personal, Tu nombre, arde de reciente aparición en la legendaria colección Poemas y ensayos de la UNAM— su obra ha trazado una parábola cuya trayectoria revela el camino que une a las nociones del origen y el destino a través de una geografía familiar, lingüística, imaginativa, estética y mental donde la miniatura es tan significativa como la visión panorámica, y ambos enfoques son solo pretextos para mostrar que somos “una gota de agua flotando en el espacio”.
Sobre Enzia Verduchi es necesario mencionar la impronta de un paisaje interior configurado por la resonancia evocativa de su lengua natal —el italiano—, acaso en las maneras y costumbres que junto con la ropa y las palabras, seguramente formaron parte del equipaje con el que su familia arribó a Campeche cuando ella era muy niña, y por otra parte, el advenimiento y la apropiación de un idioma que fue superponiendo sus capas en el sueño, el sentir y el nombrar de la poeta. Este árbol de doble raíz singulariza su percepción y nos recuerda que somos el habla que nos habita, y en su caso, este lenguaje interior —más que el escrito— es una suerte de idioma mezclado en los sueños que lanza sin descanso sus enigmas. Por eso sus Cartas de usurpación ponen en juego la incertidumbre de reconocerse en tránsito, no solo geográfico, también lingüístico y existencial. ¿Qué es lo que ha sido usurpado? ¿El territorio, la lengua, el relato familiar, la historia que no fue? Dice Enzia en una declaración poética: “Soy la que habla / para dejar de ser otra / la que nunca fui”.
La aparición de Tu nombre, arde es una invitación para adentrarse en la singularidad de los territorios que su poesía transita, desde la inconsistencia de la identidad atravesada por las fisuras del lenguaje y los recovecos de la memoria familiar, al enardecido fulgor del más inhóspito paisaje del hielo en Groenlandia, metáfora, a su vez, de la poesía o la memoria o la evanescencia del ser: “¿Y si Groenlandia no existe?, ¿si en realidad es un sueño?, ¿un pensamiento bajo cero para recordar la alquimia del agua? Entonces, ¿existo o soy parte del hielo?”.
La antología personal de Enzia Verduchi abarca treinta años de una escritura contenida que no hace ruido al pasar sino que resulta abrasadora por su interna naturaleza ígnea, una poesía de clara dicción y de cadencia firme, comprometida con la forma, que abre con sutiles artes el muestrario de sus descubrimientos, en concordancia con las voces poéticas que tanto admira, como Circe Maia y Amanda Berenguer. En Tu nombre, arde leemos los reveladores poemas de Cartas de usurpación, el complejo anecdotario de El bosque de la hormiga, las auroras poéticas de Groenlandia, los escondrijos de la mente en Nanof, y un apartado de inéditos recogidos como Nuevos cantares de Dzitbalché que confirma y da continuidad a una poética de la extraterritorialidad donde fusiona el testimonio propio con la voz de migrantes, foráneos, excluidos.
AQ / MCB