Donald Trump: el pirata del Norte y el quiebre de la propiedad

Bichos y parientes

La lógica detrás del interés de Trump por Groenlandia va más allá de debilitamiento de los acuerdos civilizatorios: muestra un quiebre de la propiedad como convención.

Donald Trump en el 56º Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el 21 de enero de 2026. (Foto: Jonathan Ernst | REUTERS)
Julio Hubard
Ciudad de México /

El 19 de enero, el presidente de los Estados Unidos escribió una carta al primer ministro de Noruega que es un golpe de marro contra el frágil barniz de la civilización: “Estimado Jonas: Considerando que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras y MÁS, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz, aunque siempre será predominante, sino que ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América. Dinamarca no puede proteger esa tierra de Rusia o China, y, como fuera, ¿por qué tienen un ‘derecho de propiedad’? […] El mundo no estará seguro a menos que tengamos el control total y completo de Groenlandia…”.

​En su barbarie, la carta deja ver una idea de la propiedad que reconocíamos como primitiva y común a muchas sociedades separadas de la civilización. Por ejemplo, los espartanos, apaches, gitanos o los piratas del Caribe tenían una idea de la propiedad privada muy distinta de la nuestra: en casos de robo, el culpable era el robado, porque nadie tiene derecho a reclamar algo que no puede defender. No es raro, en sociedades nómadas, que la propiedad se limite a objetos que una sola persona puede cuidar y transportar.

Después viene la idea de propiedad comunitaria. Es tabú robar adentro del clan, pero es virtud despojar a los otros clanes. Esto se extiende y los derechos se vuelven familiares: las herencias son propiedad legítima de los herederos y, finalmente, personales.

Camina la civilización. También la amargura: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos” cuando se ignoraban “estas dos palabras de tuyo y mío”, dice Don Quijote a los cabreros. El mundo no se ha sabido reponer de la pérdida del comunismo de los clanes de cazadores y recolectores. Es un gemido que no hemos logrado afinar: Rousseau, las robinsonadas, los marxismos…

Pero, por más que sea inherente a la civilización, la idea de propiedad no puede salvarse de dos fracturas. Una, la que pasa de la cosa natural a la propiedad; dos, conciliar en un concepto homogéneo los derechos colectivos y los individuales: las opciones se reducen al arbitraje jurídico o la fuerza bruta.

Larga historia, de Aristóteles a Tomás, que busca desplazar la violencia por medio de una idea superior: la propiedad privada debe respetarse, dice Aristóteles, porque incentiva la virtud y el cuidado de los bienes para su uso en el bien social (Política, II, 5). Para Tomás es una convención (ius gentium) para evitar conflictos y promover la eficiencia (S. T. II-II). Francisco de Vitoria abona con lógica y teología el derecho de gentes y lo reconoce idéntico en bárbaros y civilizados. Grocio saca del juego a Dios, pero conserva la lógica: bastan la razón y la sociabilidad humana.

El gran cambio vendrá de dos lados: la idea misma de propiedad privada y la propiedad de un territorio nacional. En el primer caso, John Locke abre una puerta anchísima al debate político: “cualquier cosa que el individuo extraiga del estado en que la naturaleza la ha proporcionado y dejado, y con la que haya mezclado su trabajo, uniéndole algo que es suyo propio, por ello se convierte en su propiedad” (Segundo Tratado, cap. V). El trabajo humano, con una voluntad y un significado, transforma lo real en simbólico.

Mi labor en esta columna cultural es aportar a la conversación, no al análisis político. Solamente quiero señalar unos lunares en la historia del mundo, que pudieran resultar cancerosos. Fareed Zakaria dice que, durante décadas, el mundo se desarrolló sobre una plataforma de acuerdos asentados con la capitanía de los Estados Unidos que incluye los más avanzados desarrollos tecnológicos, los mayores capitales, el trabajo calificado y la dinámica de consumo. Muestra que el mundo ya no apuesta por construir adentro, sino alrededor, de aquella plataforma: sin los Estados Unidos. Evitarlos, rodearlos y, más que confrontarlos, dejarlos hablando solos.

Trump es un nuevo pirata del Mar del Norte. Los vikingos fueron meros aficionados y piratearon hacia el Sur porque no había nada más que hielo en el Norte. Pero todos los piratas, con sus sables, lanzas y pistolas, quedan empequeñecidos por un sujeto que apenas puede blandir un rastrillo de afeitar, pero que ya no va a buscar la paz sino la conveniencia de su tribu.

En el siglo XX, soviéticos y estadunidenses terminaron con el régimen nazi. Ahora, aquellos vencedores parecen haber heredado la barbarie, contraria al derecho y a la obediencia a los símbolos.

​AQ / MCB

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