• ¿Por qué Francisco Hernández?

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Ofrecemos una breve muestra de opiniones sobre uno de los poetas decisivos de la lengua española, cuya obra está hecha no solo de asombros sino de infatigables riesgos.

Laberinto
Ciudad de México /

Un singular horizonte poético

Conocí a Francisco Hernández por mediación de Raúl Renán, en un café cerca de la heladería La bella Italia. Fue entre semana, a mediodía, y debió ser en otoño por el aire frío que corría. Recuerdo el sentido de juego, las risas, el humor, la complicidad queda…, gestos que delataban una amistad de años iniciada como publicistas y luego como escritores. La charla iba y venía de un tema a otro deteniéndose cuando la mirada tropezaba con lo insólito. Vienen a mí algunos versos de “Guerra florida”, poema que le dedicó a Raúl: “hasta que prisioneros/ uno en el otro/ sueñan que cambia/ de color el viento”, y que es recogido en su Poesía reunida, no la última, pero sí la que nos permite conocer su singular horizonte poético asido a una inquebrantable tensión que salva lo quemante antes de ser ceniza. Da fe de ello en “Cuerpo presente”: “Escribo para verme/ en lo que escribo/ para nombrarme/ en lo que nombro/ para oírme pronunciad / por mis palabras/ para sentirme caminar/ sin cuerpo/ por el cuerpo presente/ de la memoria”. (Mariana Bernárdez)

La insurrección solitaria

La poesía de Francisco Hernández le ha dado numerosos nortes a la poesía más reciente de nuestro país. Hizo del retrato literario una manera de hacer nuevos monólogos dramáticos, ese género que se inaugurara con Browning y Tennyson.

A través de las máscaras de Georg Trakl, Friedrich Hölderlin, Robert Schumann, Salvador Díaz Mirón, Charles B. White y de otros artistas que lo mismo van de la poesía y la música a la fotografía, Francisco Hernández ha creado una galería inaudita, y con absoluta libertad pasa de moldes estrictos como el soneto al soneto en prosa, los versos blancos, a estructuras más permeables, más problemáticas, en las que se dan cita el humor, el extrañamiento, la singularidad de las voces, de las imágenes, con una eficacia y una potencia inusitadas que lo convierten en uno de los autores fundamentales de la poesía en lengua española.

Francisco es un autor decisivo para los cambios generacionales, para nuevas perspectivas del trabajo poético y, sobre todo, cuenta con una capacidad enorme de juego. Libro a libro, Francisco Hernández se reinventa, rejuvenece, se hace más indócil atendiendo a eso que decía Carlos Martínez Rivas: la insurrección solitaria. Francisco ha sido fiel a ese juego de espejos que lo mismo toca el abismo y el cielo, la cara visible y la cara oculta de la luna con la misma fascinación. (Hernán Bravo Varela)

La extracción de la piedra de la locura

Me parece que, en cierto sentido, Francisco Hernández es el poeta más arriesgado de su generación. No porque busque en los laberintos de la forma, ni porque agite las banderolas de la vanguardia, sino porque ha dejado que las visiones más altas de la poesía arraiguen en su cerebro, y tramen desde ahí sus imágenes más puras y delicadas, que llegan a ser también, casi de modo obligado, las más dolorosas. No es casual que sus libros maestros, De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (1988), Habla Scardanelli (1992) y Cuaderno de Borneo (1994), tengan como eje temático las vidas de tres artistas marcados por la desdicha e, igualmente, asediados por la depresión y la locura: Robert Schumann, Fredrich Hölderlin y Georg Trakl. Sus figuras parecieran demostrar que la música más exquisita y la poesía más sublime solo pueden surgir de los abismos del sufrimiento.

Schumann es el primero de sus elegidos, y Francisco Hernández no oculta por qué se identifica con él: “Pero tu música que se desprende/ de los socavones de la demencia,/ impulsa por mis venas sus alcoholes benéficos/ y lleva hasta mis ligamentos y mis huesos/ la quietud de los puertos cuando el ciclón se acerca”. No digo más: le basta un dístico para retratar a este genio romántico del piano, y para señalar la vocación dolorosa de su arte: “El pianista cubre de rosas el teclado./ No le importa el perfume. Lo hace por las espinas”.

Hölderlin y su amor imposible, Susette (a quien el poeta llama Diótima), casada con el comerciante y banquero Jakob Gontard, suscita estos versos emblemáticos de Francisco Hernández: “Se van, se borran, Diótima tus rasgos,/ En las aguas cenagosas del Neckar./ Tu voz se ovilla bajo la sombra de las nubes/ Pero soplan los vientos y las nubes se ocultan/ En la garganta de los desfiladeros./ Zimmer trabaja en mi ataúd/ Y en la silla que ha de ocupar mi corazón lisiado./ Camino de la muerte me asaltarán visiones/ Que la vejez me niega”.

Añado con gusto estas pinceladas: “Si respiro es por celebrar el lujo de tu ausencia”. Y esta evocación, más bien fúnebre: “Danzas, Diótima, y es tu cuerpo un molino/ donde mueles el grano de mis huesos”. El tercer libro de la trilogía, Cuaderno de Borneo, dedicado a Trakl y al amor incestuoso por su hermana, perfecciona esta tesitura:

Hermana, he llegado a Borneo para olvidarte.

Aunque mi lengua sirva de alimento y mi piel

sea convertida en aljaba,

Tú sabes que he llegado a borneo para olvidarte.

[…)]

Debes estar rodeada de una sonata de Schubert.

Aquí escucho tambores, ladridos, la estrangulada voz de los pregoneros.

No he comido en tres días. Trazo tus labios en el cuaderno.

Se deslizan y contraen, dicen el poema que nunca te escribí.

Miro por la ventana. Se abren los dorados ojos de Dios.

Cuaderno de Borneo perfecciona las dotes visionarias de Francisco Hernández. Un Trakl al que atormenta su adicción a la coca ─se la nombra en el poema como “caspa del diablo”─ alcanza a balbucir estas frases que son, para mí, prodigios de la imagen: “Como una víbora, dejo mi piel al lado de mi sombra”. O estas otras: “Cuando en Borneo no llueve, caen gotas de tinta y de sudor./ Y cuando la tinta y el sudor se agotan, llueve tu desnudez”. Un verso más, para finalizar: “La caspa del diablo entumece mi lengua, la cubre de vendajes”.

Todo indica que, para escribir, hay que saber quebrarse. Este es acaso el secreto de la fluidez de la poesía de Francisco Hernández. Schumann, Hölderlin y Trakl, contra lo que piensan a menudo los críticos, no son pretextos ni “máscaras” autoimpuestas; al revés, son el motivo para que se dispare la capacidad visionaria de un artista que nunca hace concesiones. Escoger dos o tres versos representativos de su escritura me parece algo forzado y, a la postre, injusto. Lo que sí puedo asegurar es que su obra maestra indiscutida se encuentra en esta trilogía que no cuenta con antecedentes entre nosotros. (Evodio Escalante)

Alteridad e introspección

Francisco Hernández ha cultivado diversos registros poéticos (entre ellos uno muy colorido y festivo que son las coplas de Mardonio Sinta); sin embargo, su vena más constante, y conocida, ha sido la exploración del dolor y sus vínculos con la creación y la revelación. En esta búsqueda, el poeta ha trascendido la primera persona y, en un ejercicio prodigioso de apropiación-suplantación, en sus libros más célebres ha escenificado el martirio físico y mental de diversos artistas emblemáticos de Occidente, desde Schuman y Hölderlin hasta Emily Dickinson.

Con este trabajo simultáneo de alteridad e introspección, la obra de Francisco Hernández constituye una de las más hondas y estremecedoras indagaciones poéticas en la mente sufriente y creativa. (Armando González Torres)


Una obra imprescindible

Entre los poetas nacidos en la década de 1940, el nombre de Francisco Hernández (1946) figura con una obra imprescindible: Moneda de tres caras. Una trilogía celebrada de manera unánime en la que el poeta rinde homenaje a tres grandes figuras marcadas por el romanticismo alemán: Robert Schumann, Friedrich Hölderlin y Georg Trakl. Francisco Hernández elabora una poética propia y un discurso delirante de una gran fuerza expresiva, plástica y musical. Basta mencionar esa trilogía para considerar que se trata de un poeta pura sangre, de un surtidor de versos que calan hondo en la imaginación y la sensibilidad del lector.

En otros libros de Francisco Hernández están presentes las vivencias de su natal San Andrés Tuxtla, trópico húmedo, donde la realidad es frutal y melódica, al tiempo que feroz y dolorosa. Lo popular se amalgama de manera sutil con una elaborada cocina intelectual. (José Ángel Leyva)

Fuerza y belleza estilísticas

Francisco Hernández es uno de nuestros poetas mayores. Su visión de la existencia humana renovó la motívica en la poesía mexicana a través del agua, el sueño y el delirio, así como de piezas de arte visual y musical. Dentro de su obra reciben un tratamiento personalísimo en la construcción de imágenes magistrales, cargadas de gran fuerza y belleza estilísticas.

De él, mi libro favorito es Habla Scardanelli (1993), Premio Carlos Pellicer. (Leticia Luna)

La poesía infinita

Hace treinta años, recibí una llamada telefónica y una voz me preguntó: “Vas a ir a la presentación del libro de tu amor?”. Azorada, contesté: “¿De mi amor?” La voz respondió: “Sí, hoy Francisco Hernández presenta un libro en la Casa del Poeta”. Nunca olvidaré que dije: “No sé si pueda, pero ahí nos vemos”. Llevaba meses leyéndolo sin control, con compulsión. Además, acababa de adquirir la Poesía reunida editada por la UNAM. A esas alturas tenía poemas y versos de él traspasándome las vísceras. No exagero. Y cómo no, si era capaz de escribir: “No, ni ahogándose de amor por una mujer, se puede competir con el mar” o “Amo entrañablemente tu carne de fantasma” o “No eran frecuentes las heladas, pero mi padre me hacía temblar cuando lloraba”. Aquella noche de hace tres décadas, me dedicó su libro. Nunca me alejaré de su poesía infinita. ¡Felices ochenta años, Poeta! (Lucía Rivadeneyra)

La perfilada efigie

“Para qué los poetas/ en tiempos de penuria”, se preguntó alguna vez Hölderlin. Tal vez para recordarnos en estas épocas de oprobiosa ignorancia que una obra literaria no es una mera “casa de las palabras” reunidas sin ton ni son, pergeño farandúlico de un grupo de seres faltos de imaginación, sino el fruto de una esmerada labor plena de pasión y de inteligencia, sostenida sin quebranto a lo largo de muchos años, tal como la cumplida por el gran poeta veracruzano Francisco Hernández: portento de sabia ejecución verbal consumada durante repetidos tránsitos por esas riesgosas lindes en que la lucidez extrema se roza con la locura. Ni qué decir tiene que Francisco merece la más enfática felicitación por llegar a sus ochenta años habiéndonos legado una obra señera que luce su perfilada efigie. (José Luis Rivas)

AQ / MCB

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