¿Puede la IA hacer arte?

Ensayo

En vez de cuestionar si una técnica o herramienta en particular puede ser materia artística, las nuevas tecnologías deberían de llevarnos a problematizar nuestra propia concepción sobre lo que significa ‘hacer’ algo.

“Lo que hay que reconocer es que, ahora, la cuestión del arte se ha vuelto más compleja que nunca”. (Magnific)
Caleb Orta Curti
Ciudad de México /
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Como casi todas las preguntas tramposas, la respuesta corta es sí y no. Pero antes de llegar a ella es necesario cambiar la lupa con la que se ve el problema: no se trata de una novedad. Ya en su momento Baudelaire hizo los señalamientos que se repiten hasta el cansancio en diversos medios hoy en día: “Como la industria fotográfica era el refugio de todos los pintores fracasados, demasiado poco capacitados o demasiado perezosos para acabar sus estudios, ese universal entusiasmo no solo ponía de manifiesto el carácter de la ceguera y de la imbecilidad, sino que también tenía el color de la venganza” (El público moderno y la fotografía). Esto suele ser así: se critica la disciplina emergente en términos técnicos, pero, de fondo, hay algo más profundo que es de donde surge realmente la molestia, pues se emite un juicio político: en el jazz fue el racismo y el antisemitismo, el veto al rock por parte del entonces presidente Luis Echeverría dejaba muy en claro su macartismo, o el caso de Fredric Wertham que sostenía que los cómics de Batman y Robin homosexualizaban a los jóvenes (véase también lo que causó el auge de los videojuegos). En general, la base es un elitismo artístico que puede ir desde algún nivel de discriminación —clasismo, racismo y homofobia los más habituales—, hasta el miedo a los robots que Asimov llamaba “complejo de Frankenstein”.

Ahora, es necesario un segundo cambio de paradigma sobre el tema: la IA tampoco será el tema del siglo. El lugar común de la publicidad tecnológica es el de que se entra a una nueva era. Luego, casi siempre, dicho producto termina en el olvido al año siguiente ¿alguien se acuerda de las pantallas curvas? ¿y las pulseras deportivas power balance que estafaron hasta al mismísimo CR7? Por no hablar del cripto que está siendo exprimido hasta la última gota por presidentes de extrema derecha como Milei, Trump y Bolsonaro.

Desde hace varios semestres imparto la clase de Ética en la IA en el Tecnológico de Monterrey y una de mis principales responsabilidades es mantener el curso actualizado. A pesar de todos los cambios, dos actividades siguen estando entre las favoritas del alumnado: el juego de rol de estar en Shark Tank proponiendo un emprendimiento ético y el de estar en un juicio peleando por los derechos de una canción generada por IA que usa las voces de Bad Bunny y Bad Gyal (este último basado en el caso real de la canción llamada “Nostalgia”). Luego de varios rediseños entre Claude y su servidor, la estructura final del juicio presenta las siguientes posturas:

1. La de los abogados del usuario que escribió cientos de prompts hasta recibir la pista adecuada y haber escrito la letra.

2. La de los artistas que pusieron sin su consentimiento las voces, y cuyos nuevos lanzamientos oficiales se vieron opacados por esta pieza, que muchos pensaban era parte del disco original.

3. La del pobre ingeniero con conocimientos musicales que fue quien programó la IA —al que siempre le toca menos o nada de las regalías— y, por último, la empresa dueña de esa y otras IAs.


El objetivo es que —luego de sustentar su postura con una escuela (marxismo, utilitarismo, estoicismo, epicureísmo, etc.) o perspectiva ética (teleológica, virtudes o deontológica)— digan también qué porcentaje de las ganancias se quieren llevar. La suma de los porcentajes pedidos nunca baja de 200%, así que lo que sigue es negociar y llegar a un acuerdo. El aprendizaje esperado es que reconozcan que lo legal no es siempre lo justo, que en la vida no hay acuerdo sin negociación y que la figura del autor como la única mente creativa del proceso no existe más.

Luego de llegar a la conclusión, viene la sesión de reflexión en donde suelto la bomba: ¿Puede la IA hacer arte? Guardo silencio, tomo café y disfruto del debate enardecido que se genera entre quienes diseñan, componen o crean, en contra de los que apelan por una democratización de la cultura, la libertad del individuo y la posibilidad de los músicos emergentes de conseguir portadas de calidad (lo que sea que eso signifique).

Cuando es mi turno de hablar hago un salto cronológico. El debate siempre se basa única y exclusivamente en el presente y las consecuencias a futuro. Yo señalo el pasado: la aparición de la imprenta, la serigrafía y, principalmente, la cámara fotográfica. Todos estos avances supusieron exactamente el mismo debate: si la tecnología “hace todo el trabajo” ¿qué tiene de artístico el resultado? No falta el joven inquieto que me increpa que las cámaras no pensaban, y es justo en ese momento cuando les presento el Cuarto chino de John Searle. En dicho escenario filosófico, el docente estadunidense le responde al padre de la computación, Alan Turing y su Prueba, que las máquinas no pueden pensar porque lo que conocemos como pensamiento es un proceso cognitivo orgánico, pero pueden ser expertas en aparentar que lo hacen, al replicar el pensamiento humano como propio.

¿Puede la IA hacer arte? Hay que comenzar por el principio: el concepto de arte. Como muchas otras palabras, proviene de la misma raíz etimológica, pero con dos caminos paralelos. Primero con la latinización del griego. Luego con la hispanización directa del griego, pero conservando el término anterior, el latinizado. Me explico: cuando los romanos conquistaron a los griegos, se dieron cuenta de que habían ganado únicamente la primera guerra. La segunda era epistémica y más difícil aún, había que traducir la cultura más sofisticada de su tiempo con un lenguaje acostumbrado a representar únicamente el mundo bélico y bucólico. Véase el ethos griego que refería tanto al carácter como a la tradición, y que fue latinizado como mores, pero después las lenguas romances recurrieron a traducir desde el griego original, resultando así ética ≈ moral. Mismo escenario para el tekné griego que pasa al ars latino, pero que luego se hispaniza (o anglifica) del original arte (art) ≈ técnica (technique). Para Aristóteles, el tekné es el núcleo semántico del arte. Pues se toma un objeto y se le aplica una técnica “como una acción a partir de la cual el ser humano crea una realidad antes inexistente. De manera que el arte y la ciencia aplicada comparten una misma tarea: producir una realidad que antes no existía” (Entre la ciencia y el arte, Estrada Loyo). Esta cuestión no es mínima y merece ser observada con más atención, tekné es el origen epistémico tanto del arte, como de la técnica, como de la tecnología. Aunque, claro está, ellos no veían esta última con el paradigma postrevolución industrial.

A partir de dicho momento histórico, el arte y la tecnología devendrían en una coyuntura indisoluble, donde siempre habrá un grupo de puristas que desprestigia la nueva corriente artística y tecnológica: en su momento las guitarras eléctricas, luego el autotune, pasando por el enfoque automático de la fotografía digital. La cámara no podía producir arte porque no requería ningún tipo de técnica, señalaban Baudelaire et al.; argumento que se basa en la comparación con sus predecesores, los lápices y pinceles, cuyo uso reclamaba un cierto dominio especializado sobre ambos instrumentos. Y a pesar de que se defendiera una y otra vez la exclusión de las bellas artes, pronto el Gran público se familiarizó con los conceptos de enfoque, saturación, encuadre y planos.

Se suelen ofrecer dos argumentos en contra del arte que tiene a la IA como parte de su proceso. El primero es el de la imposibilidad de que algo replicante sea un producto artístico, pues “solo le haces copy-paste”. Sin embargo, esta necesidad de originalidad absoluta es una mala herencia del Romanticismo. Antes de esa época la imitación era considerada un valor, cuyo objetivo era imitar personas ejemplares. Los poetas clásicos comenzaban su obra con un periodo de imitación de sus referentes —que no es lo mismo que la derivación—, y solo después de haber publicado los suficientes versos comenzaban a escribir con lo que hoy se conoce como “su propia voz”. Aquí aparece el caso sui generis de Virgilio y su Eneida que, a pesar de haber sido cultivada durante su imitatio —con la Ilíada y la Odisea como referente—, nunca volvió a escribir nada a ese nivel. Su imitación le había dado al imperio más grande de todos los tiempos su clásico, al grado que hoy cualquier italiano te va a jurar por lo más sagrado que existe que él es descendiente directo de Eneas.

La imitación y el copy-paste son recursos poéticos tan válidos como la métrica del soneto. Véase por ejemplo Antígona González, de Sara Uribe, quien copia y pega entradas de blogs de desaparecidos y pasajes de diversas Antígonas, además de la de Sófocles, que pueden ir desde Judith Butler hasta Jean Cocteau. O La compañía, de Verónica Gerber, en donde la autora no escribe ninguna palabra, copia y pega entradas de archivos del pueblo fantasma Nuevo Mercurio, que entreteje con pasajes del relato de El huésped, de Amparo Dávila. En estas citas literarias solo cambia una palabra por otra que tiene cierta sinonimia dentro del universo narrativo, como “empresa”, que aparece cada vez que en el relato de Dávila se habla del “Huésped”. La figura del escritor, entonces, se desfasa hacia las técnicas curatoriales, donde la creación del nuevo producto artístico muestra explícitamente el proceso de producción literario, mismo que solía ocultarse.

En el mundo de la imagen, el paso del tiempo ha llevado a desarrollar otras técnicas: por ejemplo, el artista no como creador, sino como rescatista. En el caso pictórico de la sobreproducción de imágenes, ya no se trata de producir una imagen, sino de encontrarla dentro de un mar de ellas, como lo hace el artista canadiense Jon Rafman, quien toma captura de pantalla de la modalidad Street View de Google Maps desde 2008, en su proyecto “9 eyes”. No son selecciones aleatorias, son momentos que producen un impacto estético automático en el espectador y que cuentan una historia en apenas un frame. Asimismo, de no haber sido por él, estas imágenes se perderían en una base de datos la próxima vez que Google actualice sus imágenes urbanas.

Imágenes de Google Street View capturadas por el artista canadiense Jon Rafman. (Google Street View)

El segundo argumento en contra es la cuestión de que no es arte porque el arte es expresión humana y un software no lo es. La IA no puede hacer arte en el sentido de que la cámara no puede hacerlo, pues ambas necesitan un ser humano —u otra especie animal, como sucedió con el polémico caso sobre el copyright de la macaca de Indonesia que le quitó la cámara a David Slater y se tomó una selfie— que atine a usar una técnica para que produzca una obra que el resto del cuerpo social convenga que es arte, foto o literatura. La IA es una herramienta más como la cámara fotográfica —por más que nos quieran vender la idea de que se trata de algo pensante—, y la técnica que crea su uso es, primero, el conocimiento de su estructura y funciones, y luego la habilidad para escribir prompts, pero también entrenar al programa para que actúe de la forma específica que el usuario lo requiere.

Es decir, que lo más importante de su tekné radica en el concepto en sí mismo de la obra.

Una de las “selfies” tomadas por una hembra de macaco negro crestado. (Wikimedia Commons)

Este paradigma fue inaugurado por Marcel Duchamp, cuando tomó un objeto en el que la gente se orinaba y, al ponerlo dentro de un museo, lo convirtió automáticamente en arte. Véase el caso más reciente de Foráneo de María Fernanda Enríquez, que creó una obra replicando la caja de cartones de huevos marca “El calvario” en el que las mamás de los foráneos nos empaquetan la comida para que sobreviva a la odisea del autobús. Al igual que con el plátano y la cinta de Comediante, del artista italiano Maurizio Cattelan, muchos salieron a exigir retirar la obra del museo puesto que “no era arte”, y no faltó quien mencionó encarcelar a los artistas por “robarse” el premio monetario en cuestión. La obra cumplió con su objetivo, pues todos estos detractores pasaron por alto el concepto en cuestión: nadie que critique el plátano conoce su título (lo he comprobado, siempre les pregunto cómo se llama cuando se menciona en clases y conversaciones), y los críticos de la joven artista mexicana ni siquiera leyeron la nota: no era literalmente el cartón, sino una escultura realista de cerámica, amarrada con el típico mecate protector. El arte no siempre tiene que ser sublime y contar con un desfogue técnico de época. El arte contemporáneo se ha encargado, precisamente, de problematizar lo que una técnica puede o no puede ser y su resignificación dependiendo del contexto específico en donde la pieza se ejecuta, de ahí que se le nombre como conceptual.

La IA llegó para quedarse, puesto que las corporaciones ya invirtieron en ella para ser su modelo de producción para, por lo menos, los próximos veinte años. Lejos de volver a cuestionar una vez más si una técnica o herramienta en particular puede ser materia artística, las nuevas tecnologías deberían de llevarnos a problematizar nuestra propia concepción sobre lo que significa hacer algo. Por ejemplo, ¿en qué momento dejo de hacer mi tarea yo y la hace la IA? Judith Godoy encuentra 10 preguntas esenciales para este dilema filosófico en particular. Yo resalto la 8: “Construir una interpretación propia: encuentra significado antes de recibirlo” y la 9: “Deliberar y decidir: utiliza la IA sin transferirle tus decisiones”, pues a lo largo del texto Godoy señala que la clave es tener muy en claro cómo y para qué se usa la herramienta, delimitando las labores de pensamiento y creatividad al humano, no a la máquina. Es decir, la cuestión clave es la transparencia, pues si se dejara en claro las instancias y formas en que se usó esta herramienta se evitarían problemas como Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, quien, luego de ganar el premio de novela corta de Almadía, se enfrenta a las acusaciones de haber hecho su obra con IA; mismo caso que el canadiense Thélyson Orélien, apartado por su editorial. De nuevo, la novedad y el morbo han ocasionado ya una serie de acusaciones de todos lados, cuando ni siquiera se ha usado un segundo programa de detección de IA, ni tampoco había declaraciones oficiales por parte del escritor peruano. No se le otorga el tiempo de desarrollo necesario a estos casos, inmediatamente se tiene que emitir un juicio que, en este caso, proviene de una IA que señala a un humano de haber usado una IA para crear su obra.

Como ambos casos son extremadamente recientes, no sería correcto ahondar más en ellos, sino hasta después que se esclarezcan más los hechos.

Lo que hay que reconocer es que, ahora, la cuestión del arte se ha vuelto más compleja que nunca. ¿En qué momento el sonido se convierte en música? ¿Por qué es importante diferenciar lo que es arte de lo que no? Y luego ¿para quién lo es?, ¿por qué si Andy Warhol hace una obra en serie idéntica es arte, pero si lo hace un ceramista totonaco es artesanía? ¿Es realmente el arte una expresión exclusivamente humana? ¿Pueden los simios tomar fotos o ser versos las últimas palabras de un robot?

AQ /MCB

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