A Jabaz
A Marcial Godoy
Cuando supe que Rossana Reguillo comenzaría a faltarnos, se me vinieron a la mente dos citas sobre el poeta español Federico García Lorca. La primera es de Jorge Guillén, quien decía que cuando Lorca entraba en un sitio, entonces no hacía frío ni calor: hacía Federico. Pedro Salinas, otro integrante de la generación del 27, apuntaba a algo similar: se le sentía venir antes de que llegara y, aun después de irse, parecía que seguía allí. Como Lorca, Rossana fue una presencia capaz de producir clima. Y me gusta pensar que, como decía Salinas, sigue aquí.
El sábado 25 de abril, a su funeral en Guadalajara, llegó un arco generacional de casi cuarenta años. Asistieron amigas y amigos de su generación, con quienes estudió la licenciatura; colegas de la radio; compañeras de doctorado; cómplices laborales que compartieron con ella décadas de trabajo docente y académico. Después fueron entrando otras generaciones: estudiantes que la recordaban como maestra desde 1989 y otras que apenas hace unos meses habían defendido su tesis de maestría. Ahí estábamos. Una red de cariños tramada a través del tiempo, que ahora nos permite persistir en su ausencia; hacerla volver a la vida entre anécdotas, recuerdos, chistes, lecturas y fotografías. En suma, seguir con el clima de Rossana.
En estos últimos días, desde que se supo de su fallecimiento, las redes sociales, los medios y las conversaciones de pasillo estallaron. El paisaje mediático, como ella lo ha nombrado, se ilumino con una fuerza amorosa, orgánica. Mensajes desde Puerto Rico, Colombia, Argentina, Brasil, El Salvador, Chile, España, México y muchos rincones de Estados Unidos y Europa activaron una potente afectividad. Imagino que, para quienes la queremos y para quienes trabajamos con ella, esta cercanía abriga el alma: una suerte de solidaridad hemisférica que rompe las fronteras; pliega y revienta los mapas; y ensambla una cartografía afectiva. A ella, que tanto le gustaban las cartografías, ahora la vemos convertida en un nodo significativo, una red de redes.
Empezamos a trabajar juntas hace quince años. Nos conocimos en Nueva York. Ella estaba en una estancia en NYU, la Universidad de Nueva York, y yo tenía deseos de volver a México después del doctorado. Tuvimos una conversación de diez minutos. Me preguntó qué trabajaba y, después de eso, me acogió. Ya nunca volvimos a soltarnos. Decidí volver a México para ensuciar mi práctica académica, es decir, para llenarla de sentido cotidiano, de incomodidad, de calle; para implicarme con aquello que nos atañe. Llegué a Guadalajara poco antes del #YoSoy132, entonces el trabajo académico pasó de inmediato a las calles. Luego vino Ayotzinapa en 2014, las marchas, las redes con universidades extranjeras. Y desde ese momento comenzó una complicidad hecha de discusiones, viajes, tráfico de lecturas, series, mucha solidaridad y eso que suelo llamar la risa babosa del humor cotidiano que nos salvaba de cualquier embate.
En estos días me cuesta pensar que Rossana no está aquí. Entonces decido que, como Lorca —e imagino que la comparación le habría gustado por su herencia republicana—, Rossana es un clima. Pero también nos deja un bagaje: una herencia activa, un legado rizomático que se extiende de manera inesperada. No se trata solo de recordar lo que hizo y meterla en una vitrina, sino de entender lo que su pensamiento sigue haciendo entre nosotras y nosotros.
El filósofo Ailton Krenak, en Futuro ancestral, nos invita a pensar que el futuro no está simplemente adelante, como promesa abstracta o como redención aplazada. El futuro también está detrás, debajo, alrededor: en las memorias vivas, en los ríos, en las montañas, en las relaciones que sostienen la posibilidad de un mundo habitable. Pensar así el futuro cambia también la manera de despedir a Rossana. Porque su legado no pertenece al pasado: trabaja sobre lo que viene.
Quizá por eso vuelvo a la imagen de El vuelo de las luciérnagas (Siglo XXI Editores) libro que acabamos de publicar juntas y en el que estuvimos trabajando por cinco años. Esos pequeños bichitos cuya luz intermitente y frágil insiste en aparecer incluso en medio de la oscuridad. Las luciérnagas solo se encienden cuando quieren llamar a otras luciérnagas. Juntas aprendimos a mirar esas luces: los gestos mínimos de resistencia, las redes persistentes que se encienden en momentos de peligro, las formas colectivas de producir potencia cuando el mundo parece cerrarse. Hoy pienso que Rossana Reguillo ya es una ancestra del porvenir. No porque se haya ido, sino porque nos dejó la tarea de cuidar las luces que todavía pueden venir.
AQ / MCB