El filósofo y antropólogo Santiago Beruete revela que, en la historia de las civilizaciones, los jardines han sido puertas a las utopías, metáforas del paraíso perdido y del paraíso prometido. “Los jardines son una metáfora visual de la buena vida. Han sido una de las maneras que los seres humanos han tenido de vislumbrar ese mundo ideal, esa posibilidad de un mundo mejor. En nuestras épocas, la ausencia de jardines es un elemento distintivo, un rasgo definitorio de las distopías”, abona en una charla con Laberinto.
Amén de recordar que las principales corrientes filosóficas en Grecia se cultivaron en jardines y que estos son “una escuela ética”, el catedrático parte de las etimologías para plantear que la palabra paraíso floreció en la antigua civilización persa, hoy Irán. A propósito, el filósofo vasco cita un antiguo refrán persa: “Quien cultiva un jardín trabaja para la luz, ningún jardín ha salido de la oscuridad de las tinieblas”.
Beruete (Pamplona, 1961) regresó con Filosíntesis. Espiritualidad y filosofía desde el jardín (Taurus, 2026), el más reciente fruto en un huerto que riega desde Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines (Turner, 2016/ Debols!llo, 2026), piedra de toque de una obra que incluye también narrativa, poesía y ensayo, pero que en la última década ha echado raíces en ese microcosmos que, parafraseando al arquitecto Luis Barragán cuando vio el jardín de la Alhambra, abarca todo el universo.
Beruete se emociona cuando dice que todos los títulos que siguieron a Jardinosofía fueron publicados en México (Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos, 2018; Aprendívoros. El cultivo de la curiosidad, 2020; Un trozo de tierra, 2022; Plan(e)ta. Caleidoscopio filosofal, 2026).
Su biografía está en los jardines. Desde niño, Beruete ha sido un aficionado a las plantas porque se crió a las faldas de su abuela paterna, “que era una gran jardinera, una señora con mano verde. Le vi plantar rosas, coliflores, llevar el huerto y el jardín. Eso quedó para mí como una gran afición hasta que, en torno a los cuarenta años, tuve un momento de crisis existencial que hizo que me refugiara en un jardín y después en un trozo de bosque que tenía detrás de casa y que fui convirtiendo en jardín. Había estudiado filosofía, antropología y para entonces era profesor, y mucha de esa experiencia me transformó. Las enseñanzas que daba en las aulas cobraron un significado nuevo, porque estaba haciendo filosofía con las manos. Fui de la praxis a la teoría. Al principio, reunía mis experiencias vitales, una combinación personal de la experiencia jardinera con la cultura del paisaje. Confluyeron mis dos almas: la jardinera-horticultora con la más intelectual”, refiere con orgullo, tras llevar su más reciente título a Saltillo, Querétaro, Puebla y Ciudad de México.
En Jardinosofía habla de una doble concepción del jardín: como paraíso perdido y como paraíso prometido. ¿Por qué la filosofía y no la religión lo llevó por ese sendero de los jardines que se bifurcan?
La filosofía y el pensamiento crítico son un camino que abre una vereda hacia una forma de espiritualidad laica, que no se ciñe o no necesita el sostén de dios. Podría resumir esa espiritualidad diciendo que se trata de la conciencia de la unidad plural de la vida, la casa común del mundo. Al final, esa fraternidad universal es la matriz de la religión natural, un tema muy tratado por los filósofos a lo largo de los siglos. Tolstói decía una frase hermosa a este respecto: la verdadera religión es una, el amor a todo lo vivo. Comparto esa idea.
¿Es la razón de Filosíntesis?
En el último libro de este ciclo exploro esta dimensión espiritual de la naturaleza, asociada al hecho científico de que todos los pobladores del planeta tenemos un origen común. Esto debería servirnos para prevenirnos de la arrogancia de sentirnos superiores. Compartimos ADN con otros seres vivientes. De esta evidencia científica puede extraerse la lección tan consoladora como exigente: no estamos solos en este mundo, estamos obligados a cuidar de los que nos cuidan, lo que sería la senda por donde he transitado de la filosofía a la espiritualidad y de la espiritualidad a la filosofía, en una visión muy transcultural, no ceñida a credos.
Jardinosofía se reedita una década después. Incluye doscientas páginas de glosario, nombres propios, notas. ¿Se planteó esta nueva edición como cierre de ciclo o para retomarlo?
Jardinosofía fue abrir una puerta a un camino que he transitado con otros libros: Verdolatría, Aprendívoros, Plan(e)ta y ahora Filosíntesis. Volver al comienzo, reeditarlo, no es poner punto final, sino mirar ahora con una visión de campo mucho más amplia. Jardinosofía era una historia cultural a partir de la metáfora del jardín. Los jardines, con un discurso sensorial y simbólico, responden a las grandes cuestiones filosóficas que el ser humano se ha planteado a lo largo de su historia. Esta reivindicación del jardín fue la llave que abrió una puerta a un mundo que sigo explorando y cartografiando. Los títulos de estos cinco libros que forman este ciclo filosófico-literario delimitan un campo semántico en el que se podrían incluir palabras que hoy cobran gran fuerza, como bionémesis o biomímesis, tecnohumanismo, ecópolis..., palabras que encierran las promesas de un futuro esperanzador. El rompehielos fue Jardinosofía.
¿Por qué el rompehielos? ¿Jardinosofía resultó difícil de publicar?
En aquel momento, nada de lo que escribí en estos cinco libros parecía despertar interés; no solo eso, ni siquiera se veía publicable. Tuve que pelear para que entendieran que vincular filosofía y jardinería tiene sentido. En cuanto se publicó Jardinosofía, empezó un creciente interés. Muchos otros autores se sumaron a esta reivindicación de la literatura de la naturaleza, y hasta aquí hemos llegado. Pero esto no es más que el comienzo. La edad de oro de los jardines está por venir.
Abre con un hermoso proverbio árabe: “Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo”. ¿Ha sido más civilizatorio el jardín que el libro?
Más o menos. Los jardines están en el origen de nuestra civilización. La revolución agraria, lo que llamamos revolución neolítica, inicia cuando nuestros antepasados cazadores y nómadas del paleolítico se asientan en un territorio, domestican las plantas, siempre en las cuencas fértiles de los grandes ríos en distintos lugares del planeta: Mesoamérica, India, China. Ahí empieza no solo el Estado, no solo la escritura, no solo la división del trabajo, sino la desigualdad, la explotación del ser humano por el ser humano. Junto a la agricultura, comienza la jardinería. Los primeros jardines de recreo y parques de caza son simultáneos a la aparición de la agricultura en todas las primeras civilizaciones.
Hay un paralelismo entre plantar y escribir. Quizá los jardineros y agricultores fueron los primeros escribas. La voluntad de alinear los cultivos, las formaciones de árboles, los surcos de la tierra, recuerdan mucho a la escritura, a los grafismos sobre la página en blanco. Son formas de ordenar, en un caso el paisaje, en el otro el pensamiento, ordenar el espacio y humanizar nuestro entorno. Creo que los jardines y la horticultura fueron simultáneos al comienzo de la escritura y anteriores a la literatura. Los primeros y más antiguos escritos que tenemos no son cantos a los dioses, ni al amor; son la contabilidad de las cabezas de ganado, de los sacos de trigo. En el comienzo de nuestra civilización, la escritura es simultánea a la aparición de los jardines, que tienen algo de un libro que se lleva en el bolsillo.
Un libro tiene hojas, está hecho de materia vegetal.
Los libros tienen alma de árbol. De hecho, como la obra de Irene Vallejo, El infinito en un junco, nos cuenta, el papel viene del papiro, una planta. Tenemos muy claro que la forma de diseñar los jardines refleja nuestros ideales estéticos, éticos y políticos, hasta el punto de que podemos decir que esos paraísos terrestres que construimos reflejan nuestros valores y aspiraciones, nuestra ambivalente relación con la naturaleza y nuestra escurridiza concepción de lo que entendemos por una buena vida. Los seres humanos vamos de esa fantasía del Edén, los Campos Elíseos, hacia el paraíso prometido en forma de cielo, de promesas del más allá. Es como si los seres humanos fuéramos incapaces de reconocer la dicha, la plenitud, sin el verdor de las plantas.
Parte de la etimología de jardín como cerco. Y cita la frase de Luis Barragán al entrar al jardín de la Alhambra, de que el jardín es un espacio reducido que contiene al universo entero. ¿Cómo pueden convivir ambos conceptos en un jardín: contener al universo y renunciar a lo natural?
El jardín ha sido el símbolo por excelencia de la dominación de la naturaleza, pero con el tiempo se ha convertido en ejemplo de la convivencia pacífica entre humanos, plantas y animales. El jardín ha sido el eslabón perdido entre el mito y la ciencia, entre la ética y la estética, entre la humanidad y la naturaleza. Por eso defiendo que puede ayudarnos a imaginar un futuro diferente al que padecemos, condenados por la crisis medioambiental y el desarrollo exponencial de las tecnologías. Del mismo modo en que la civilización empezó con los gestos intemporales de los jardineros (plantar, cavar), nos hallamos en un dilema de una envergadura similar al que pudo ser la revolución agraria. Se nos plantea la vieja cuestión de adaptarnos o desaparecer, de desarrollar una nueva cultura planetaria.
¿Qué le dice a usted esa frase del arquitecto mexicano?
Sus palabras reflejan que el hombre está dominando la naturaleza, pero, al cultivarla, cultiva su propia naturaleza, que el cuidado de un trozo de tierra es una forma de reconectar con la propia naturaleza. Los jardines permiten un campo de pruebas privilegiado para ensayar otras formas de habitar la tierra y de relacionarnos con los otros moradores.
Borges plantea varias formas del infinito, entre ellas el jardín y la biblioteca. ¿Y usted?
Las primeras academias del Renacimiento en Italia, la Academia Platónica de Florencia, las escuelas filosóficas clásicas, el Akademos de Platón, el Liceo de Aristóteles, el jardín de Epicuro, el gimnasio de Cinosarges, eran escuelas, bibliotecas y jardín. Esta conexión se remonta hasta el comienzo de nuestra civilización. La escritura y la jardinería comenzaron juntas. El parecido entre los sembradíos y los surcos de la tierra labrada y los renglones de la página escrita no es casual; es un intento de ordenación del espacio, de la mente de los seres humanos desde que abandonaron su vida nómada de cazadores-recolectores.
Cita muchos filósofos, pero ningún libro de esos filósofos está dedicado a los jardines. ¿A qué atribuye esto?
Cuando escribí Jardinosofía hice un rastreo bibliográfico y no encontré, en todo el mundo y en todas las lenguas, libros sobre jardines y filosofía. Sin embargo, la filosofía nace en los jardines. Hay una explicación que tiene una trascendencia importantísima. En cierto momento, la filosofía hizo una división entre el mundo de las ideas, de las abstracciones, que se revalorizó como el mundo intelectual por excelencia, y el mundo sensible, el mundo de las cosas, del aquí y el ahora, que se convertía en un mundo engañoso, de falsas apariencias. Los oficios, como la jardinería o el cultivo de la tierra, se desgajaron de las tareas intelectuales.
¿Cuál fue la consecuencia?
A partir del mundo clásico, la escisión entre cultura y naturaleza se fue agravando. Esa dicotomía, esa disociación, está en la base de muchos de los problemas que nos afligen. Por eso siento que no hay cultura sin naturaleza y que en este camino civilizatorio debemos reandar o reescribir nuestra historia. La escisión entre cultura y naturaleza nos ha llevado a considerarnos superiores, a ver la naturaleza como fuente de recursos, a desacralizarla y de paso a instrumentalizar a los seres humanos.
En su papel de profesor, ¿cómo se ha planteado la jardinería dentro de la filosofía?
He sido profesor durante 32 años, he dado clases hasta hace muy poco. Me he jubilado anticipadamente para dedicarme a tiempo completo a la literatura y a la escritura. He dado clases en todos los niveles educativos. No por casualidad, educar es una de las acepciones del verbo cultivar. Hay un tipo de profesor que es un profesor-jardinero que se dedica a sembrar en las mentes de sus alumnos semillas de curiosidad. Esta idea del oficio de cultivar personas para que florezcan por dentro, de la educación como una forma de jardinería espiritual, la he tratado en uno de mis libros.
Y, como en la academia de Platón o el liceo de Aristóteles, ¿ha dado sus clases en jardines?
No tanto como me hubiera gustado. En el centro donde he pasado los últimos años, una de las clases habituales consistía en recrear esa vieja escena del Akademos: expresar las ideas bajo las sombras de los árboles, oyendo el trino de los pájaros. Hacíamos la clase a la manera de los clásicos, al aire libre, porque muchos de los términos y conceptos de la filosofía suenan muy distintos, con menos solemnidad, bajo la apacible sombra de los pinos, cuando vemos surcar las nubes por el cielo
¿Qué le aporta caminar a su filosofía?
Yo creo que, como decía Friedrich Nietzsche, el sedentarismo es un pecado del espíritu. Nietzsche admitía, hablando de su obra, que no se le había ocurrido ninguna idea brillante que no fuera al aire libre. Esa experiencia, curiosamente, sigue siendo subversiva y provocadora. Yo, incluso habiendo publicado libros y con reconocimiento y tal y tal, veía esa suspicacia en mis compañeros. Es decir, como si salir a pasear o a filosofar bajo los árboles fuera a diluir el trabajo, por mucho que les haya explicado que la filosofía nació así, que la filosofía peripatética, a la que se le llamaba el olvidado arte de pensar con los pies, es fundamental.
En estos últimos años, médicos y neurocientíficos le han dado el valor justo a esto. Consideran que la mente funciona mejor cuando está en movimiento, porque el ritmo del paseo, del caminar, estimula nuestros pensamientos, se ajusta muy bien a nuestro ritmo mental. Pertenezco a esa escuela de los pensadores exclaustrados que creen que el verdadero pensamiento, las ideas más interesantes, surgen al aire libre, en defensa del pensamiento salvaje, del llamado de lo silvestre, y rompiendo con la idea de encerrar el pensamiento en una caja, en los cuatro muros del aula.
¿Por qué en Jardinosofía apenas menciona otras culturas fuera de Europa? ¿Por qué están ausentes México y los jardines de Moctezuma, los jardines japoneses? Incluso en la cultura árabe solo se ajusta a su herencia en España, cuando libros como Las mil y una noches tienen muchísimas referencias a los jardines.
Soy un amante de los jardines zen, secos, minerales, y veía que, en Japón, en China, eran los pensadores quienes asumían la responsabilidad de diseñar los jardines, y me preguntaba si esto era equiparable a Europa. Como profesor de filosofía, sabía que los jardines habían sido el marco de expresión donde habían nacido las escuelas filosóficas y que se habían convertido en un instrumento de transmisión de saberes y conocimientos. Jardinosofía fue un trabajo de años y años. La mayoría de los libros consultados no son de filosofía, sino de diseño de jardines, de arte, de botánica. Muchas veces me encontré viajando a los países, visitando jardines, haciendo el rastreo en bastantes lenguas. En un momento, me planteé que no podía ir a Oriente y a Occidente, al Nuevo Mundo, ni siquiera a la cuna de los jardines, Persia.
¿A qué quiso llegar con sus siguientes libros?
Mis siguientes libros han explorado la dimensión planetaria de los jardines. Plan(e)ta, algunos de cuyos capítulos ocurren en México, hace referencia a que la experiencia del jardín, del cultivo, es transcultural. De hecho, eso ha sido el motor de estos trabajos de ampliación de campo: el jardín es una experiencia que ofrece un lenguaje universal, con símbolos comunes, una narrativa compartida por todos los terrícolas, al margen de credos, ideologías, estatus, niveles educativos, procedencias. Ese ideal de ajardinar está en todas las lenguas, con distintos nombres y matices, pero en muchas de ellas se incluye tanto un ideal de vida como un proyecto de sociedad que se centra en el cuidado y la belleza. Jardinosofía es como una historia cultural de la jardinería occidental, aunque su primera traducción fue al chino.
¿Cómo se manifiesta esto en su más reciente título, Filosíntesis?
Hay referencias, historias, a la visión que Occidente ha tenido de los jardines y la cultura del jardín. Un punto muy importante: los jardines botánicos fueron una institución clave del Renacimiento. Surgieron por toda Europa, en todas las facultades de medicina. Ahí había una perspectiva, un sesgo eurocéntrico muy claro, porque esas instituciones surgieron después de que los europeos conocieron los jardines prehispánicos, que, como relató Bernal Díaz del Castillo, eran deslumbrantes, con una enorme riqueza botánica.
En una de las partes, el libro habla de esta miopía eurocéntrica, y, al final, cuenta un episodio poco conocido en Hispanoamérica y España. El hijo de Cristóbal Colón, Hernando Colón, intentó emular las proezas de su padre. Buscó construir una biblioteca y un jardín universal en Sevilla, cuyos restos son los Archivos de Indias. El jardín universal llegó a reunir cinco mil plantas traídas del Nuevo Mundo. A su muerte, no quedó más que un ombú traído de América, que vivió hasta el siglo XIX.
¿Cómo encontró la relación fundamental entre los jardines y las utopías?
Nunca se ha vendido Jardinosofía como una historia cultural de la utopía, pero en realidad lo es. Los jardines han sido una metáfora visual de la buena vida, una de las maneras que los seres humanos han tenido de vislumbrar un mundo ideal, la posibilidad de un mundo mejor. Esta es parte del enorme potencial del jardín. Si uno lo medita con cuidado, en los jardines el deseo de escapar de la realidad se confunde con el de retornar a la naturaleza y la añoranza del paraíso. Los jardines han sido una puerta a la utopía.
¿Por qué? Si son algo concreto, realizable.
La utopía se respira en todos los jardines, porque son espacios eutópicos, bellos y felices, por definición. Los jardines vienen de una genealogía que se remonta al Génesis. El paraíso terrenal es el arquetipo de todas las utopías. En mi caso, la chispa se encendió leyendo las utopías del Renacimiento: Utopía, de Tomás Moro; La ciudad del sol, de Tommaso Campanella; Nueva Atlántida, de Francis Bacon. Me di cuenta que los jardines eran fundamentales y que juegan un papel protagónico. Y me pregunté: ¿esto es extrapolable a la historia de la civilización? Vi que sí, que muy a menudo los seres humanos hemos recurrido a los jardines para imaginar cómo podría ser un mundo ideal. Son, decía Michel Foucault, espacios heterotópicos porque reúnen el universo en un solo espacio y son al mismo tiempo muchas cosas, ventanas a un mundo ideal. Eso está en la concepción de paraíso perdido y paraíso prometido.
¿Y qué hay de las distopías, tan recurrentes en nuestro imaginario actual? Usted las aborda en el cine y la literatura.
En nuestra época, la ausencia de jardines es un elemento distintivo, un rasgo definitorio de las distopías, como en 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldos Huxley, o Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. Tenemos una ambivalente y contradictoria relación con la naturaleza, que ha servido a las distopías o a las utopías para formar parte de la narrativa, tanto literaria como filosófica, en libros que intentan concebir un mundo mejor o retratar los peligros de derivas sociales. Entre el mito y el ideal, entre la Arcadia y la Utopía, entre la promesa y la añoranza, entre el paraíso perdido y el prometido se ha movido siempre el jardín. Quizás la emoción fundacional del jardín sea la glorificación del Edén, pero su verdadero sentido, su razón de ser, es imaginar, soñar un mundo más justo y hermoso.
¿Cuál es la dimensión ética de los jardines? Usted recuerda en sus etimologías que paraíso es la palabra persa que dio origen a jardín. En abril pasado Donald Trump amenazó con destruir una civilización entera, Irán, la antigua Persia, en una noche.
En Saltillo, hablaba de eso, cuando Trump amenazó con acabar en una noche con una civilización milenaria, la persa. No hay que olvidar que Persia es la patria cultural del jardín. Esa semana, mientras el presidente de la potencia mundial más importante lanzaba una amenaza terrorífica contra la civilización, el astronauta Victor Glover (después condecorado por Trump), que piloteaba la nave Artemis II con la misión de fotografiar la cara oculta de la Luna y el fondo del espacio exterior, lanzó un sermón a los terrícolas en el que decía: “Vosotros también vais en una nave espacial surcando el desierto cósmico”. Nunca, en los últimos siglos, hemos estado tan lejos de la humanidad como en esa presuntuosa y al mismo tiempo cruel y terrorífica amenaza de Trump, ni tan lejos de nuestra casa Tierra como cuando esa nave espacial pilotada por humanos se alejó tanto de nuestra casa Tierra.
Cuando las promesas de la tecnociencia, esa tecnociencia que nos ha permitido explorar el espacio exterior, se desacoplan de la ética, el progreso se vuelve reaccionario y los avances ya no significan un avance. La cultura jardinera es una cultura ética, es una cultura del cuidado y de la belleza y de la asunción de que vivimos en un jardín planetario. Hay un viejo dicho de la cultura jardinera que está en casi todas las lenguas: que la valla sea el jardín. Esa naturaleza cultivada para disfrute, provecho, consuelo de los seres humanos, está muy unida a la noción del límite, y la noción del límite es también el principio fundacional y rector del pensamiento ecológico. Si esto se podría resumir en una sola frase, podría ser algo así como que el jardín planetario tiene unos límites biofísicos que impugnan la idea del crecimiento ilimitado. Nunca nos cansaremos de repetir que nos hallamos limitados por la ausencia de límites al crecimiento.
AQ / MCB