Si Dios creó al hombre a su semejanza, ¿a semejanza de quién o de qué crearía al ángel, cuándo y para qué? A ojos y voz del Libro de Job, los ángeles ya existían antes de que tierra y mares quedaran conformados por el Creador. Se dice que fueron creados para atestiguar y celebrar la gran Obra, pero también para formar cuadrillas en el gran ejército celestial: mensajeros y vigilantes, celadores de la voluntad divina. Si atendemos lo escrito en este libro sapiencial, Dios desde su condición infinita siempre ha ejercido el principio fundamental de la filosofía idealista de George Berkeley: ser es (sobre todo) ser percibido o ser visto; a través de sus obras, agregaríamos.
“Hay una duda razonable de que Dios exista”, escribe Ruth Vargas Leyva en Sima infinita. Y la duda es muy posible que surja de una de las creaciones más enigmáticas del Todopoderoso: el ángel. Inasible y fugaz, pero bien parapetado como vigilante o fiscalizador de la memoria y la acción humanas, el ángel despliega sobre la gran concavidad del mundo su caudillismo de máscaras y reflejos de y hacia lo humano. También hay ángeles caídos, nos recuerda la poeta, y están muy vivos en el presente. Al recordarnos lo que hemos olvidado, al sancionar con sus presencias nuestras faltas, los ángeles nos cercan y nos muestran la materia que vibra sobre su condición espiritual: el átomo de la conciencia: la decisión entre el Bien y el Mal, ese roce fallido con la eternidad. Desde los ángeles de Dante hasta el ángel rilkeano (el “terrible”) y el naufragio angélico propiciado en las hondonadas de la gran concavidad del mundo actual, la sima infinita, la poeta Ruth Vargas Leyva nos trae la presencia fugaz, huidiza pero implacable de los seres puro espíritu a través del espejo (negro, quizá) de una de las evidencias de la existencia de Dios: el lenguaje. “La fe no basta / hay que bajar a los abismos”, escribe la poeta. ¿Los abismos de qué? De la poesía misma. Todo un canto a las obras (paradisíacas e infernales) del Creador y de su semejanza: el ser humano, con condición de los días contados y con canto que no escapa a la duda y, a la vez, con ratificación de fe en el milagro de la palabra.
AQ / MCB