• Tamara de Lempicka y Cuernavaca en la ficción de Pedro Ángel Palou

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‘Tamara’, la más reciente novela de Pedro Ángel Palou reconstruye, desde la ficción, la vida fabulosa de la pintora polaca Tamara de Lempicka en Cuernavaca.

Guadalupe Alonso Coratella
Ciudad de México /
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¿Qué hacía una famosa pintora de origen polaco en Cuernavaca? ¿Cómo fue que se congregó ahí una comunidad de intelectuales, artistas y aristócratas de distintas latitudes? En los años setenta, Cuernavaca era una fiesta, afirma el escritor Pedro Ángel Palou, haciendo eco del libro París era una fiesta, de Ernest Hemingway. ¿Qué encontró Tamara de Lempicka en ese enclave enigmático y vibrante? ¿Por qué eligió la Quauhnáhuac de Malcolm Lowry para construir una casa y desaparecer, devorada por el Popocatépetl? Reconocido por una extensa obra en la que predominan la novela histórica y el retrato de personajes como Xavier Villaurrutia, Emiliano Zapata o Lázaro Cárdenas, este integrante de la Generación del Crack apuesta por darle voz a una mujer y repasar, junto con ella, un siglo XX fascinante y trágico. De eso trata su más reciente novela, Tamara (Planeta).

¿Cómo llegas a Tamara de Lempicka?

Fue Cuernavaca la que me llevó a ella. Tuve una gran amistad con Vicente Leñero. Me hablaba mucho de Lemercier, ese monje benedictino que desató un escándalo en los años sesenta cuando introdujo el psicoanálisis en su monasterio. Leí de joven a Iván Illich y supe que en Cuernavaca habían pasado cosas extrañas en los años setenta. Me preguntaba cómo pudo ser posible, porque si lo contrastas, fueron años de gran represión en América Latina, incluso en la Ciudad de México: las redadas en los bares gays, por ejemplo. En Cuernavaca, en cambio, todo podía pasar. Me pregunté quiénes eran los verdaderos protagonistas en ese territorio de libertad. No fueron los mexicanos que iban de fin de semana, sino los expatriados que decidieron afincarse ahí. Robert Brady, por ejemplo. Basta con ver su casa: ¡es una locura! Compró la sacristía junto a la catedral. También estaban Barbara Hutton, heredera del imperio Woolworth, Mohammad Reza Pahleví, el sha de Irán. Y, entre ese grupo de expatriados, la más exótica, la más echada pa’delante, la más cosmopolita y, artísticamente, la más importante, era Tamara de Lempicka. Que haya escogido Cuernavaca para morir ya era digno de investigar.

El narrador, cronista y ensayista Pedro Ángel Palou, autor de ‘Tamara’. (Foto: Octavio Hoyos)

La novela narra en paralelo los años setenta en Cuernavaca y el siglo XX en Europa. Es Tamara quien protagoniza estos dos momentos excepcionales.

Empecé a explorar al personaje y era tan fascinante que dije: “No puedo quedarme con Cuernavaca y Tamara, tengo que contar su vida porque me da la oportunidad de recorrer el siglo XX entero”. Además de ser longeva, le toca vivir en lugares y momentos decisivos: la caída del zarismo en San Petersburgo, los años locos de París y las grandes vanguardias artísticas, los años posteriores a la Primera Guerra Mundial y a la fiebre amarilla. Fueron años de una libertad profunda. Al investigarla, descubrí que se encontraba con un nuevo París en los años veinte. Luego, en los años setenta, con Cuernavaca donde, ya octogenaria, puede darle vuelo a la hilacha con amigos jóvenes y de su edad, con una aristocracia enorme e intelectuales que empiezan a buscarla porque es una figura a la que hay que conocer, entender, conversar. Se hace amiga de Octavio Paz. Tiene encuentros interesantísimos: Marcela Olabarrieta, fundadora del club Ácratas, el primer feminismo lésbico de América Latina; jóvenes que llegaron a recuperarse de operaciones transgénero; el movimiento de Erich Fromm; gente tan exótica como ella: María Félix, Pita Amor, quien, ya vieja y sobremaquillada, declamaba desnuda frente a la casa de Luis Echeverría. Una comunidad que parece sacada de la imaginación de un novelista, pero que existió. Sin embargo, cuando haces investigación hemerográfica, encuentras otro material riquísimo para reconstruir los últimos años de Tamara.

¿Cuál fue el reto de entrar en la voz de este personaje tan singular?

Como hombre, es el reto más grande. Tamara escribió muy poco, entonces había que inventar, no imitar. Está el reto lingüístico, el de no tener una voz para comparar o que pueda escucharse, y que es una mujer quien escribe. Tengo una teoría personal: creo que la llamada autoficción, sobre todo, escrita por hombres, se ha vuelto muy problemática para la primera persona masculina. Si haces un rasero desde Emmanuel Carrère hasta Karl Ove Knausgård, encuentras una especie de masculinidad testosterónica. Lo he dicho, no me gusta la autoficción escrita por hombres. Literariamente hablando, es pobre, muy poco sensible, muy masculina. La intimidad se puede contar de manera muy distinta si es una mujer quien reflexiona sobre sí misma, con una mirada clara y una intuición profunda de lo que está viendo. Ahí están Amélie Nothomb o Annie Ernaux. Ese fue el reto: conseguir que se reconociera la voz de una mujer.

Hubo momentos definitorios, por ejemplo, lo que descubres en el documental La verdadera historia de Tamara de Lempicka y el arte de la supervivencia, de Julie Rubio.

Ver el documental alteró dos cosas. La primera es que profundiza en su bisexualidad. Yo solo tenía en la novela tres escenas. Una con la cantante Suzy Solidor, una de sus primeras amantes, pero descubrí otras relaciones importantes como la que tuvo con Ida Perrot. La segunda es que Julie Rubio entrevista a un historiador polaco que encontró la tumba de la abuela, Klementyna Dekler, en un panteón judío en Polonia. Esto es importante para sostener la negación del judaísmo por parte de Tamara. Nunca aceptó que era judía. Es más, en su casa de Cuernavaca, “Tres bambús”, construyó una capilla católica, como si rezara. Otro dato que me obligó a replantearme la cronología de la novela fue que Tamara se quitó ocho años. Eso cambió muchas cosas, incluso el último párrafo.

Encuentro que el personaje te tocó profundamente. Hay momentos narrados con emoción.

Haber vivido lo que vivió y salir avante, recomponerse, haberse reinventado con otra identidad. Frente a la vida de Tamara, las nuestras son un aburrimiento total. Imaginaba a Tamara rehaciéndose una y otra vez, en cosas que no son tan glamorosas pero resultan importantes para la construcción de una vida, como haber sobrevivido al hambre y a la pobreza extrema en París o enfrentar situaciones como la escena en que el asqueroso de Gabrielle D’Annunzio quiso violarla. De pronto, el glamur no nos deja ver cómo se construye una vida, muchas veces picando piedra, literalmente.

Es notable el modo en que resuelves los diálogos. ¿Hasta qué punto te arriesgas mientras tratas de llenar los huecos de la historia? Pienso en escenas como alguna reunión de Tamara con el obispo Sergio Méndez Arceo o su relación con Iván Illich.

Es un gran riesgo. Hablando de Méndez Arceo, sé, y puedo documentarlo, que Tamara asistió a muchas de sus homilías y que él se refería a ella en público: “Aquí está la baronesa Tamara de Lempicka, esta gran pintora que es vecina”. Hablaba francés, era un hombre cosmopolita. Iba a visitarla a su casa. No hay registro de ninguna conversación, mucho menos con Méndez Arceo o con Iván Illich. No solo se trata de proyectar posibles ideas de Tamara en conversaciones inventadas, sino construir personajes e imaginar diálogos que pudieron haber ocurrido. Entonces sí, hay que hacerlos muy reales, aunque hay algunos que la realidad no te permite; por ejemplo, con Cantinflas, que ya de por sí es Cantinflas, o con María, que se inventó su propio personaje: María Félix. El novelista arriesga, usa la imaginación para llenar huecos de la historia, pero no se inventa todo lo demás.

“Yo pinto con navajas en los ojos”, me parece una descripción muy elocuente de la pintura de Tamara. ¿Pintar fue también una manera de romper límites?

Todos hemos visto al menos un cuadro de Tamara. Tuve la oportunidad de ver una retrospectiva en Bellas Artes. La encontraba cercana al brutalismo arquitectónico: unas presencias enormes, donde el hueco es tan mínimo que apenas se ve un edificio detrás, pero la figura humana es central, determina todo. Aunque casi no se habla del viaje a Italia con la abuela, cuando empiezo a estudiar me doy cuenta de que todo está en el Renacimiento italiano. Tamara es una pintora muy clásica que ha estudiado el cuerpo. Luego viene el rompimiento: el deseo es femenino. Si lo pensamos, la mujer desnuda había sido un objeto de lo que en inglés llaman the male gaze: es la mirada masculina la que contempla el desnudo y, por tanto, todo está mediado por el deseo masculino, por una forma idiosincrática de ver el cuerpo. Tamara se atreve no solo a plasmarlo, dibujarlo y contarlo, sino a sensualizarlo con otra mujer o con dos mujeres. Está rompiendo límites: pinta la realidad y la corta con esas navajas, pero también, con ellas, corta la historia del arte. A partir de Tamara no se puede pintar a la mujer de la misma manera.

Cuando hablas del brutalismo surge la relación con el futurismo, ese movimiento encabezado por Marinetti a principios del siglo XX cuando se exaltaba la velocidad, las máquinas, como símbolos de una nueva era.

Ella lo retoma. Es notorio en El marinero, un cuadro con formas geométricas, grises y metálicas que recuerdan las estructuras de los barcos de la época. Ella se incluye en ese movimiento, sabe que hace algo importante. Está pintando estos retratos, pero ya tiene en mente el Adán y Eva, un cuadro de enorme sensualidad, obra cumbre del art déco. Y está pensando en qué salón va a exhibirlo, porque el proceso de selección era durísimo. Ella expone primero como T. Lempicki, el apellido polaco en masculino, y la T, que podría ser Tamara o Tadeus, su marido.

En cierto punto de la novela dices que la imaginación y la palabra son otra forma de pintar. Me pregunto si en tu escritura estás dando ciertas pinceladas que se relacionan con el trazo geométrico, impetuoso y enérgico, de Tamara.

Por supuesto. Es una intención estética. Si lo ves musicalmente parecería un staccatto, pero no estoy escribiendo sobre música, sino sobre una pintora. Inventé el recurso de una libretita azul que Tamara lleva por todos lados porque ella también escribe por las noches, con pinceladas muy breves, una especie de diario. Eso me sirvió para integrar ese lenguaje pictórico, expresado en palabras, en el otro narrador, el que relata la parte europea. A mi narrador le interesan las texturas y los colores.

Hay dos temas que recorren la vida de Tamara: por un lado, el exilio y cómo la marcó; por el otro, el binomio memoria-olvido.

Es un tema que me toca muchísimo. Vengo de una familia exiliada y conozco, en la sensibilidad de la piel, lo que significa haberlo perdido todo, cómo el vendaval de la historia altera por completo las vidas. En Tamara me interesaba el exilio como su única forma de vida, porque va exiliándose del exilio anterior. El hecho de que la Polonia donde vivió su familia estuviera tomada por el ejército ruso representa un primer exilio. Luego viene el exilio en París. Ahí la salva su conocimiento del idioma, pero no tiene nada. Y cuando por fin Tamara es alguien, y está en un lugar, viene la Segunda Guerra Mundial y otro exilio extraordinario. El exilio es pérdida permanente y puede ser muy malo o liberador, porque te da la posibilidad de reinventarte. Nadie sabe quién fuiste. Y esto tiene que ver con el otro tema: memoria y olvido. Te obligas a rememorar lo que quieres pero también a olvidar. El último deseo de Tamara responde a estas preguntas. Ella elige su manera de trascender: pulverizarse y dispersarse. Para mí fue muy importante, por eso cambié la frase final tantas veces. La mujer que tanto deseó no ser olvidada le pide a su hija algo enorme y elocuente: “Tírame en el cráter del volcán Popocatépetl”. Si algo ha de quedar, que sea mi gestualidad, y queda eso: el gesto maravilloso de Tamara dispersándose en la nada. “Tu voluntad es desaparecer cuando toda la vida quisiste permanecer”, escribí. Y por primera vez se revela en un libro su nombre completo cuando digo: “Tamara Rozalia Gurwik-Górska pudo al fin dispersarse en el vacío”. Era un homenaje que le debían a la verdadera identidad, oculta detrás de todas las ficciones que construyó sobre su vida.

Portada de ‘Tamara’, de Pedro Ángel Palou. (Planeta)

AQ / MCB

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