Un caso de drogadicción antigua

Bichos y parientes

¿La experiencia espiritual puede reducirse a una explicación científica? Los Misterios de Eleusis reabren el debate entre conocimiento empírico, sabiduría y experiencia simbólica.

Detalle de la Tablilla de Ninnío, 370 a. C. Representación de los misterios eleusinos. (Wikimedia Commons)
Julio Hubard
Ciudad de México /

A veces la ciencia es el arte de temer el vuelo espiritual.

Es una persistente obstinación de la modernidad, porque las ciencias empíricas nos salieron tan buenas, que queremos pasar todo por su baño de ácido. Está bien, pero no todo saber puede ser inducido hasta llamarse conocimiento y la ciencia produce conocimiento; la sabiduría es otra cosa. O nos veríamos obligados a decir que cualquier empleado de farmacia es más sabio que Lao Tze.

En los Estados Unidos, el empirismo tiene un giro de notable precisión. Se llama pragmatismo, y es su aportación más importante a la filosofía. Pero tiene agujeros y un costado de ingenuidad contagiosa: la suposición de que todo (espíritu, alma, mente, sensación, sentimiento) terminará siendo descrito por las ciencias, empíricamente, como cosa de bioquímica. Por eso, en buena medida, los Estados Unidos son el imperio drogadicto.

Hace poco leí un artículo que presumía la solución de los misterios de Eleusis. El autor se refería y ampliaba las investigaciones de un importante libro de tres autores notables: Robert Gordon Wasson, Albert Hofmann y Carl A.P. Ruck, El camino a Eleusis (FCE, 1980). Hofmann es un químico que describió la estructura de la quitina, aisló la molécula del LSD, y buen escritor; Ruck fue un filólogo clásico; Wasson, un escritor un poco orate que quiso fundar la etnomicología y describir las culturas por su relación con los hongos y los alucinógenos. Los llama “entéogenos”: la noción de un dios interior que se despierta al llamado de las sustancias rituales ingeridas.

Todo comienza con el himno homérico a Deméter, que describe la composición de la bebida sagrada: el kykeón era una mezcla harina de cebada y poleo (menta). Sus argumentos se anclan en Heráclito y su “Vida”, según la relata Diógenes Laercio. Un fragmento resulta clave: “El kykeón, si no se agita, se descompone”. Con frecuencia, la cebada se contamina naturalmente con cornezuelo, un hongo que produce alcaloides ergóticos con potentes efectos psicoactivos. Y este dato conecta con la muerte de Heráclito: el filósofo habría padecido hidropesía y buscado curarse enterrándose en estiércol. Una de las consecuencias del ergotismo crónico es precisamente la hinchazón. Sin embargo, entre Heráclito y Diógenes Laercio median casi siete siglos.

La secrecía mistérica era mortal. Los misterios no podían divulgarse. En 415 a.C., Alcibíades parodió los misterios en una fiesta privada y fue condenado a muerte. Libró el castigo porque el día de la sentencia se hallaba comandando una flota en Sicilia. Quedó desterrado. Tiempo después, los atenienses lo perdonaron y lo rehabilitaron porque necesitaban sus servicios militares.

El elenco de iniciados en los Misterios de Eleusis es amplísimo. Filósofos como Platón, Sófocles, Aristóteles (y probablemente Sócrates) y Plutarco; militares como Alcibíades; romanos notables como Cicerón, Augusto, Marco Aurelio y Adriano. Hasta figuras míticas como Dioniso y Heracles. La última gran referencia eleusina conocida corresponde a Juliano el Apóstata (331-363).

Plutarco es el único que logra describir la experiencia eleusina sin violar el secreto: “En un principio hay extravío y vagar, fatiga, carreras de aquí para allá en la oscuridad sin meta; luego, inmediatamente antes del fin, todo terror posible: escalofríos, temblores, sudores fríos y asombro. Pero después de esto, una luz maravillosa sale al encuentro, y se abren campos puros y praderas, con voces, danzas y la majestad solemne de sonidos y visiones sagradas”. (Moralia, Fragmento 178).

Por supuesto, es tentador interpretar todo como un viaje enteogénico. ¿Y qué ganamos? Ya sabíamos del uso ritual de sustancias psicoactivas en muchas culturas. Es perfectamente posible que se utilizara cebada contaminada con ergot, que Heráclito y Plutarco aludieran a sus efectos y que la transformación iniciática tuviera un componente farmacológico. El aporte de Wasson, Hofmann y Ruck es valioso e iluminador, pero al final, esa explicación no es más profunda que decir que el vuelo de un águila se produce por la comida. Los requerimientos materiales nunca han sido suficientes para explicar el universo simbólico que organiza una cultura ni el sentido de una vida.

No se crea que la explicación científica es el final del asunto. La paradoja: las interpretaciones de los científicos americanos y Hofmann son documentales; la única descripción empírica es la de Plutarco. Drogas o no, los Misterios siguen en el misterio.

AQ / MCB

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