Una mujer: sostener el cuerpo, desafiar la edad

Lejos de Ítaca

Donna Jean Wilde mantiene el cuerpo en tensión durante horas y transforma un récord de resistencia en una manera de cuestionar los límites que la edad parece imponer al cuerpo y a la voluntad.

“Dorian Grey versus Jean” (IG: @donnajeanwilde)
María José Solano
Ciudad de México /
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@mjsolanofranco

Es una mujer. Jubilada. Directora de colegio durante media vida. Ciudadana canadiense de 59 años, madre y abuela (no “abuelita”, como han titulado algunos periódicos). Se llama Donna Jean Wilde y hace unos meses saltó a la vida pública porque decidió tumbarse boca abajo sobre el suelo, apoyar los antebrazos y tensar el cuerpo como una tabla. Una plancha abdominal, la llaman en los gimnasios. Griegos y romanos lo habrían llamado, simplemente, resistencia. Con ese gesto, Wilde ha superado el récord anterior —cuatro horas y veinte minutos— que poseía otra canadiense, Dana Glowacka. Más de diez minutos de diferencia que, en esa posición equivalen (les doy mi palabra de honor) a una eternidad. Y, lo hizo, además, con dolores crónicos en manos y brazos. Es decir, con el enemigo ya dentro de la muralla. Ahí se ve quién manda: ella, siendo dueña y señora de su voluntad. Por eso, lo confieso, he cambiado de Wilde. Ya no me interesa mi adorado escritor Oscar y su inolvidable personaje de eterna juventud que, sin embargo, envejecía ocultando su retrato. Dorian Grey versus Jean. Mi metáfora perfecta de la belleza es desde hace meses esa mujer enfrentada al tiempo sin ocultarlo.Que no esconde las arrugas, sino más bien lo contrario; las atraviesa despacio, como quien cruza una tormenta helada. Porque el frío de la edad, con suerte, llega. Al rostro y a las mañanas en que el cuerpo tarda un poco más en ponerse de acuerdo consigo mismo.

Y ahí estaba ella, sosteniendo su propio peso, no contra el suelo, sino contra el mundo, la gravedad y el tiempo. Contra esa voz que empieza a oírse a cierta edad y que dice: ya no puedes, ya no es el momento. La mayoría obedece y se sienta. Otras, en cambio, apoyan los antebrazos en el suelo. Y aguantan mientras el cerebro protesta, los músculos arden, y el reloj avanza.

Hay en ese gesto algo que me gusta especialmente: su absoluta inutilidad práctica. No sirve para nada, pues ni salva vidas, ni arregla el mundo. Ni siquiera busca seducir a los hombres, sino demostrarse a sí misma algo mucho más importante. Que el cuerpo envejece (el de las mujeres, además, cruelmente sometido a exigencias sociales y dolorosos cambios fisiológicos) pero la voluntad, si uno la entrena, puede seguir siendo una criatura joven y feroz. Y esa actitud, en tiempos de rendiciones cómodas y cirugía salvaje, resulta profundamente inspiradora. Al menos para mí.


María José Solano es autora, entre otros libros, de La RAE para lectores curiosos (Almuzara, 2026)

AQ / MCB

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