“Mi meta final es la conquista mundial”, revela el escritor Kiko Amat

El escritor español habla de 'Dick o la tristeza del sexo', su novela más perturbadora, guarra, sexosa y divertida.

Kiko Amat dice que no le teme a la cultura de la cancelación. (Foto: Ariel Ojeda)
Ciudad de México /

Kiko Amat (Sant Boi, 1971) no es un escritor “normal”. De entrada, no deja de hablar; se mueve como Elvis en sus mejores épocas y su cuerpo es un mapa de tatuajes. Es un escritor “raro” que ha vuelto a México después de muchos años para promocionar Dick o la tristeza del sexo (Anagrama), su novela más sexual, perversa y divertida.

Dick o la tristeza del sexo explora con crudeza el despertar sexual de un adolescente. Dick Loveman, el protagonista de la fantasía, es un galán espaciotemporal que vive peripecias lujuriosas a través de los siglos. Por desgracia, Dick solo habita en la mente de Franki Prats, un quinceañero católico, virgen y profundamente erotizado, a quien atormentan su propia imaginación desbordada y los placeres solitarios en una España que aún cruje.

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—¿Eres un outsider?

Lo soy, no lo niego. Pero mi deseo va en otra dirección. Vengo del pop, del rock and roll, y me gusta la idea del éxito, de lo popular. No tengo una idea romantizada del underground; funciona como base para que las cosas verdaderas se generen. Mi meta final es la conquista mundial; me encantaría que mis libros, sin modificarles un punto y coma, fueran increíblemente populares. Claro, eso me destruiría en el proceso, como ha destruido a casi todo el mundo que ha tenido éxito, pero la idea me encanta.

—¿Qué opinas del fracaso?

No es guay, no es divertido, pero es inevitable. Es una vida de fracaso pospuesto, como decía Graham Greene. Y lo he aceptado como modus vivendi, tanto artística como comercialmente. El plan de jubilación de un escritor es nuestra obra. Que mi catálogo permanezca en activo es la forma en la que voy a sobrevivir; mis hijos serán ricos (risas). Si el libro desaparece de los estantes, el escritor muere.

—¿Cómo te enfrentas a ti mismo cuando escribes?

Me da mucha grima la idea del sufrimiento del escritor. Creo que el malditismo y una vida de exceso, de sordidez, de encamarte en lupanares de mala vida y beber láudano, no son conductivos para hacer novelas que chuten. No se puede erigir una carrera solvente sin el aislamiento absoluto, sin la no socialización, sin la regularidad de movimientos, sin la disciplina. Es lo contrario del glamour. Claro que me enfrento a heridas, traumas o mierdas, si quieres llamarlas así, pero rechazo la idea del artisteo malditista.

—¿Por qué regresas regularmente a los ochenta?

No me interesa la nostalgia. La encuentro un movimiento infructuoso que no produce nada y encima es mentirosa. No hay frase que me dé más asco que “esto es de mi época”, porque implica que ya pasó tu mejor momento. Sin embargo, los asuntos y las cosas irresueltas son de los ochenta. Flannery O'Connor siempre decía que si habías sobrevivido a la infancia y la adolescencia, tenías material para una carrera entera. En mi caso, es totalmente verdad. Los traumas se forjan ahí y solo nos queda intentar explicarlos el resto de la vida.

—¿Entonces no es necesario vivir las experiencias extremas para escribir sobre ellas?

No me creo la falacia hemingwayana de que tienes que ir a cazar tiburones para escribir con intensidad. No funciona así. Primero, porque vienes con heridas de la infancia que te van a durar toda la vida y de las que puedes extraer una carrera. Escribimos porque parte de lo que hacemos depende de la pura imaginación y ya está. Tienes que erigir un mundo que no existía. Si solo escribes lo que vives, eres un cronista, no un novelista.

—Vende tu novela a los lectores de este diario

Claramente no lo puedo hacer, porque no se está vendiendo (risas). No escribo novelas con tesis o tema previo. Pero empecé con una novela criminal con ángeles del infierno, nazis y traficantes, pero me aburría mortalmente. Pero dentro de ella había un sicario con trauma sexual que lloraba todo el rato y su bagaje era sexual. Ahí entró en juego el instinto: aquí está la historia, lo demás no tenía interés. La ficción es encontrar el rastro de sangre y seguirlo.

—¿La novela nace de un trauma personal no explorado?

Llevaba toda mi vida pensando que escribiría sobre mi adolescencia subcultural en un grupo de punks, pero de golpe, me di cuenta de que también había una parte de trauma sexual adolescente no relatada. Es como una novela de iniciación. Pero en realidad es una tragedia. Si eliminas el humor de Dick, es una de las novelas más tristes que uno puede leer. No hay luminosidad, es pura oscuridad, una novela de rechazo, de amor no correspondido. La gente se parte de risa en el proceso con las tragedias; esa es la idea.

—¿Le temes a la cultura de la cancelación?

No me da miedo. Mi novela es clara y explícitamente antimacho. Nunca pensé que tendría problemas con esto. El problema es que Dick ha caído entre las grietas. No se puede cancelar porque no viene de algo incancelable, pero tampoco forma parte del discurso woke ni de nuevas masculinidades; no encaja en ninguna. Yo siempre tengo confianza en lo póstumo. Muerto, todo el mundo dirá que soy el mejor.

Kiko Amat, autor de 'Dick o la tristeza del sexo'. (Foto: Ariel Ojeda)

La charla con el escritor sucede en un restaurante; Amat prefiere el bullicio para la entrevista y no la solemnidad; dice estar cómodo con la rareza y que, como todo freak, tiene un talento innato para localizarlos entre la multitud. Lo acompaña el escritor mexicano J. M. Servín, quien interviene en la entrevista y define la relevancia de su amigo barcelonés, al que no había visto en décadas.

Es un gran escritor, es potente y está en las periferias del apelmazamiento de la industria editorial. Es importante hacer contrapesos en todo. Él no está manejando lo que mucha gente se acostumbra a entender como literatura: solemne, polvosa, cobarde. Él no está en ningún canon. En México, si vas a una librería grande, no lo ves en las novedades. Pero tiene un chingo de lectores. Él se sostiene porque tiene la calidad literaria para ganarse al lector a partir de lo extraño.

Durante la charla, Kiko Amat lanza frases como dardos; se ríe, no se cansa de reírse de todo, tiene la actitud para acabar la noche en algún bar de mala muerte de la ciudad y presume con orgullo un podcast sobre cultura popular que conduce junto a Benja Villegas.

—Pudiste aprovecharte de tu actitud para vender libros

¡Es peligrosísimo! Para mí hubiese sido fácil deslizarme hacia la extravagancia punky del autor y es lo que quiere la cultura seria: que seas el Funko Pop del punk; a mí me encanta lo popular, pero no creo que lo que hago se pueda convertir en popular… pienso que nunca.

La charla con Kiko Amat podría seguir durante horas y terminar en una larga parranda, pero es momento de que el autor presente su novela como el rockstar que, según dice, no quiere ser. Se tiene que subir al escenario a provocar a sus lectores. ¿Después? La noche dirá.

PCL

  • Vicente Gutiérrez
  • vicente.gutierrez@milenio.com
  • Periodista desde hace 25 años y especialista en temas culturales, la industria del entretenimiento y cinematográfica. Por su experiencia y conocimiento, también ha participado en temas de política y de negocios. Es reportero de cultura en Milenio y locutor en “La Taquilla”, programa de Radio Fórmula 104.1 FM.

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